El Gobierno vende un México donde los homicidios caen como si hubieran firmado un acuerdo de paz con la realidad. En los powerpoints oficiales todo baja: homicidios, delitos de alto impacto, violencia letal; en la calle lo que sube es la sensación de que alguien está maquillando el acta de defunción del país.
Mientras el relato celebra “menos homicidios”, el mapa se llena de fosas, morgues saturadas y cadáveres que se vuelven problema administrativo antes que evidencia de un crimen. Es un país que presume estadísticas, pero que ni siquiera puede llevar la cuenta de sus muertos sin armar pleito entre estados por ver quién se queda o se deshace de los cuerpos.
El otro México
En las Jornadas por la Reducción de la Violencia Homicida lo que apareció no fue un país pacificado, sino una geografía de la crueldad donde la violencia dejó de ser excepción para convertirse en rutina, advierte Ernesto Lopez Portillo. Treinta y cinco especialistas dibujaron un mapa que no cabe en la conferencia de prensa: territorios donde la violencia crónica no se reduce, se ramifica.
¿Menos homicidios y más desapariciones y fosas clandestinas?
¿Menos homicidios y más personas buscadoras asesinadas, más ataques contra integrantes de órdenes religiosas, más periodistas ultimados y más mujeres muertas por arma de fuego desde la infancia hasta la vida adulta?
¿Menos homicidios y mayor reclutamiento de jóvenes para el sicariato?
¿Menos homicidios y expansión urbana y no urbana de la violencia letal?
¿Menos homicidios y más armas de fuego de fácil acceso, aligeradas para ser manipulables por niñas y niños?
¿Menos homicidios y más desplazamiento forzado precedido precisamente por la amenaza letal?
¿Menos homicidios y más cuerpos acumulados en servicios forenses y fosas comunes?
La ecuación es tan absurda como brutal ,el Estado celebra que bajó el plomo en las estadísticas mientras sube el terror en la vida cotidiana.
Trucos con los muertos
Detrás del optimismo oficial hay trucos viejos con nombres nuevos: manipulación de registros, desapariciones que nunca llegan a la base de datos, cadáveres que se pierden en el limbo burocrático o muertos que no se cuentan porque son abatidos, aunque esten muertos.
Hay disputas entre entidades para ver quién reconoce a los muertos y quién los barre bajo la alfombra numérica, lo mismo en N.L que Tamaulipas.
La impunidad es el pegamento que mantiene todo este teatro en pie: se investiga a los gatilleros, se protege a los cerebros, se administra el escándalo, se normaliza la masacre. Las instituciones oscilan entre la torpeza, la negligencia y la franca captura criminal, pero eso sí, cada mes producen un nuevo gráfico triunfal.
Niños armados y jóvenes reciclables
La narrativa oficial no sabe dónde meter a los niños que ya pueden manipular armas de fuego “aligeradas” para sus manos. Tampoco sabe qué hacer con el reclutamiento de jóvenes al sicariato, convertidos en insumo desechable de una industria de matar o morir que el Estado observa a prudente distancia.
La violencia se expande en ciudades y zonas rurales como si fuera un negocio en franquicia: más desplazados, más rutas controladas por el crimen, más gente que huye para no morir y termina secuestrada, explotada y obligada a matar antes de ser asesinada. El homicidio ya no es solo un delito, es el eje que ordena una cadena de violencias que administra territorios completos.
Dos países, una mentira
Hoy coexisten dos Méxicos: el que se cuenta en la conferencia matutina y el que se excava con palas en fosas improvisadas. En uno, las muertes violentas van en descenso; en el otro, la impunidad convirtió al asesinato en lenguaje de gobierno de facto.
Cuando un país necesita esconder a sus muertos para sostener su relato, lo que se desplomó no fue la tasa de homicidios, sino la poca credibilidad que le quedaba al Estado. Ese es el México de las geografías de la crueldad: donde la estadística es optimista porque la realidad está siendo enterrada.
Con informacion: NOROESTE/ERNESTO LOPEZ PORTILLO

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