Las aduanas mexicanas cerraron el año como empezaron: oliendo a gasolina y diésel contrabandeado a billetes sudados. El despido fulminante de Alex Tonatiuh Márquez Hernández, hasta hace poco director de Investigación Aduanera, fue apenas la cereza en un pastel podrido. Su pecado no fue menor: un estilo de vida de magnate con salario de burócrata y la mala suerte de caer justo cuando las aduanas están bajo el reflector y sin maquillaje.
Márquez Hernández tenía una misión noble en el papel: combatir el huachicol fiscal, ese arte negro de importar combustible disfrazado de aceitito inocente para no pagar impuestos. Ironías del destino, fue ese mismo delito el que terminó por dinamitar no solo su cargo, sino también la reputación de la Secretaría de Marina, que quedó embarrada hasta el cuello tras descubrirse que una de las mayores redes de contrabando del país era dirigida por dos hermanos almirantes. Sí, almirantes. De esos supuestamente incorruptibles.
El escándalo explotó en marzo, cuando en Tamaulipas el buque Challenge Procyon quiso pasar como repartidor de aditivos para lubricantes, pero terminó exhibido como lo que era: un petrolero cargado de combustible ilegal.
El cateo posterior fue de antología: 10 millones de litros de diésel, casi 200 contenedores y decenas de vehículos. El huachicol fiscal dejó de ser rumor y se volvió espectáculo nacional. Según la presidenta Claudia Sheinbaum, en el animo de defender a Márquez Hernández,dijo que fue el quien levantó la ceja y dio el pitazo,cuando desde muchos antes fue exhibido el trafico descarado.
Detrás del telón estaban Manuel Roberto y Fernando Farías Laguna, sobrinos del entonces secretario de Marina de López Obrador. Desde 2023 y durante casi dos años, coordinaron al menos 69 operaciones de contrabando en puertos mexicanos. Ganaron más de 150 millones de dólares y colocaron a su gente en aduanas clave usando el uniforme como pase VIP al crimen organizado.
El golpe llegó en septiembre: 14 detenidos, titulares ruidosos y la promesa del mayor combate a la corrupción del nuevo Gobierno. Pero también fue un balazo directo a la credibilidad de las fuerzas armadas. Alias ridículos —Capitán Sol, Los Primos, El Santo—, bolsas negras llenas de efectivo y muertes sospechosas de marinos completaron el cuadro de una trama digna de serie, pero financiada con dinero público.
Lo peor es que no era un caso aislado. Durante años, al menos 21 aduanas en 13 Estados inflaron de forma absurda la importación de aceites lubricantes. Entre 2021 y 2022 entraron “de más” 27 mil millones de litros. Traducido: unos 2,700 barcos petroleros fantasma y un boquete fiscal de 120 mil millones de pesos. Todo mundo veía el elefante, pero nadie quería preguntarle por qué olía a gasolina.
Los documentos filtrados por Guacamaya Leaks confirmaron lo que ya se sospechaba: el huachicol fiscal floreció desde 2019, justo cuando las aduanas pasaron a control militar por la supuesta “incorruptibilidad” castrense. El resultado fue un regalo envenenado: uniformes verdes, vicios civiles y corrupción con charreteras.
Con el desastre ya inocultable, Sheinbaum sacó la aplanadora legislativa. En octubre, y en tiempo récord, el Congreso aprobó una reforma profunda a la Ley de Aduanas: más responsabilidad para los agentes aduanales, menos recovecos fiscales y más dientes para inspeccionar. Entrará en vigor en 2026, porque hasta el contrabando necesita periodo de adaptación.
Así, cuando en diciembre se anunció el cese de Márquez Hernández, el mensaje fue claro: alguien tenía que caer. Aunque la presidenta insiste en que ayudó a desmantelar la red de los Farías Laguna, su salida deja más preguntas que respuestas. La investigación contra la Marina sigue abierta, pero no hay nuevos detenidos. Y uno de los peces gordos sigue nadando libre.
El contraalmirante Fernando Farías Laguna continúa prófugo. El mayor caso de corrupción de los últimos años sigue incompleto y la impunidad por litro es escandalosa y habla de protección oficial selectiva.
Las aduanas mexicanas, mientras tanto, siguen intentando convencer al país de que esta vez sí, ahora sí, ya se acabó el huachicol… aunque huela exactamente igual que antes.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/CARLOS CARABAÑA/

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