En Tenancingo,en el Estado e Mexico,gobernado por Morena, no hubo secuestro: hubo guion. Y no cualquier guion, sino uno digno de esa escuela política donde la realidad siempre estorba y la narrativa se escribe primero.
Nancy Flores Pacheco —alcaldesa morenista,presidenta del Consejo Estatal del partido, formada en la disciplina del movimiento y reciclada desde 2017 en sus filas— denunció un plagio exprés con todos los elementos del melodrama: comando armado, amenaza de muerte para toda la familia, rescate de 40 millones y una fuga milagrosa en menos de una hora. Un crimen tan eficiente que ni el crimen organizado lo presume: secuestran, negocian, fracasan y liberan… todo en el mismo acto.
El detalle incómodo es que la historia no resistió ni el primer contraste. Declaraciones contradictorias, tiempos imposibles, decisiones absurdas —como sugerir que el rescate saliera directamente de las arcas municipales— y una logística más cercana a la improvisación que a cualquier operación criminal real. No era un secuestro: era contabilidad creativa con pistola de utilería.
La Fiscalía del Estado de México hizo lo que rara vez hace el poder cuando se investiga a sí mismo: no compró el relato. Y lo que encontró fue más revelador que cualquier denuncia. Según la investigación, el “secuestro” llevaba meses planeado; la propia alcaldesa habría trazado rutas para evadir cámaras, coordinado a los supuestos captores y, cuando un testigo real apareció —ese elemento molesto que no viene en los planes—, ordenó abortar la operación con una frase que resume todo: “esto se salió de control”.
Lo que se salió de control no fue un crimen, sino una coartada. El objetivo, según la autoridad, era simple: justificar un faltante de 40 millones de pesos en las finanzas municipales. Es decir, convertir un desfalco en tragedia personal. La corrupción convertida en víctima.
Y entonces aparece Morena, ese partido que se autodefine como regeneración pero que en los hechos opera como administración de daños. Porque aquí no hay oposición, no hay adversarios externos: todos los actores —alcaldesa, Fiscalía, gobierno estatal— son del mismo color. Morena investigando a Morena por presuntamente robar en un gobierno de Morena. La “cuarta transformación” convertida en circuito cerrado.
La respuesta del partido fue la esperada: abrir un procedimiento interno y suspender derechos. El clásico movimiento de contención, donde la ética se activa justo cuando el escándalo ya es público. Antes, silencio; después, “no somos iguales”.
Mientras tanto, la alcaldesa se declara víctima: de secuestradores, de la Fiscalía, del aparato político y, por supuesto, de un complot. En su versión, todo es persecución; en la de la investigación, todo es simulación. Entre ambas, hay un dato que no cambia: los 40 millones.
Tenancingo, con sus cifras reales de secuestro y violencia, quedó reducido a escenario. Porque en este caso el crimen no fue la privación ilegal de la libertad, sino la banalización de ella. Usar el lenguaje del horror cotidiano como herramienta administrativa.
Y si algo retrata esto con precisión quirúrgica, no es la torpeza del montaje, sino la normalidad del mecanismo: inventar, desviar, culpar, resistir y, al final, disciplinar internamente para que el daño no trascienda.
Morena no es la excepción a la vieja política. Es su versión más sofisticada: la que denuncia la corrupción mientras la reinterpreta, la que promete transformación mientras perfecciona la simulación.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ERNESTO NUÑEZ/







