El presupuesto público no sólo revela prioridades: también delata cinismo. Mientras gobiernos estatales y alcaldías encontraron cerca de 317 millones de pesos para convertir la noche del Grito en una feria de artistas, drones, pirotecnia, banquetes y aplausos protocolarios, hospitales, universidades, víctimas y familias de personas desaparecidas tuvieron que seguir haciendo lo que siempre se les exige en México: sobrevivir con la cartera vacía y la dignidad en oferta.
El dinero sí aparece, pero con mariachi
No es que no haya dinero. Esa es la primera mentira que se cae cuando uno mira las cifras. Dinero hay; lo que falta es la voluntad de dirigirlo hacia donde duele. Para el espectáculo patrio, la administración pública despliega una eficacia casi milagrosa: se contratan escenarios, se cierran plazas, se montan pantallas, se afinan luces, se programan drones y se pagan estrellas de la música. El Estado, cuando quiere montar una verbena, no conoce la austeridad: conoce el presupuesto, los proveedores y la chequera.
Pero si se trata de un hospital sin medicamentos, de una universidad pública que apenas logra sostener aulas y nóminas, de una comisión de búsqueda sin personal ni herramientas, o de hijos huérfanos por la violencia, entonces comienza el repertorio oficial de siempre: “no hay margen”, “hay que racionalizar el gasto”, “la situación financiera es complicada”, “se revisará en el próximo ejercicio”.
Para los vivos que necesitan atención médica, para los jóvenes que necesitan estudiar y para las familias que buscan a sus desaparecidos, la respuesta es la calculadora. Para el estruendo de una noche, la respuesta es el espectáculo.
La patria como producción escénica
El reporte de Proceso documenta que, en 23 estados y 11 demarcaciones de la Ciudad de México, el gasto de los festejos patrios de 2025 rondó los 317 millones de pesos. El monto, además, rebasó en diversos casos presupuestos anuales destinados a universidades públicas, salud, procuración de justicia, atención a víctimas, huérfanos de la violencia y trabajos de identificación de restos humanos.
Es decir: hubo gobiernos capaces de gastar más en el momento exacto en que un funcionario sale al balcón a repetir nombres históricos que en la tarea, menos luminosa y mucho más incómoda, de evitar muertes, formar estudiantes o devolver identidad a los restos de quienes fueron arrancados de sus familias.
La comparación es brutal porque no admite demasiados adornos. Un concierto se termina cuando se apagan las bocinas; una emergencia hospitalaria no. Los drones aterrizan después de dibujar una bandera en el cielo; las madres buscadoras siguen caminando bajo el sol, entre brechas, fosas y oficinas que les piden regresar mañana. La pirotecnia dura segundos; la falta de recursos para identificar cuerpos puede durar años y multiplicar el dolor de familias enteras.
En este país, parece que el presupuesto tiene oído musical: reacciona de inmediato al corrido, al pop y al espectáculo masivo, pero se vuelve sordo ante la camilla, el pupitre y la pala de quien busca a un hijo.
La reserva como confeti burocrático
El escándalo no se agota en cuánto se gasta, sino también en cuánto se oculta. Varios gobiernos estatales no transparentaron sus erogaciones y la Presidencia clasificó los gastos como reservados con el argumento de la seguridad nacional.
La fórmula es extraordinaria: la fiesta es pública, televisable, fotografiable, transmisible y celebrada desde balcones oficiales; el dinero, en cambio, se vuelve secreto de Estado. Los ciudadanos pueden ver los fuegos artificiales, pero no necesariamente la factura. Pueden escuchar el grito, pero no la explicación del costo. Pueden aplaudir el show, pero no revisar con facilidad quién cobró, cuánto cobró y por qué se decidió pagar eso antes que otra necesidad.
La “seguridad nacional” se ha convertido, una vez más, en esa cobija burocrática que todo lo tapa. No importa que se trate de un festejo masivo en plazas públicas: el gasto se administra como si revelar el contrato de un cantante pudiera poner en riesgo la soberanía del país. Quizá la verdadera amenaza no sea que se conozcan los montos, sino que la gente compare.
Y comparar es precisamente lo que incomoda: una noche de patriotismo coreografiado frente a todo un año de carencias institucionalizadas.
La austeridad selectiva
La austeridad gubernamental suele ser una criatura caprichosa. No visita el templete, no le cobra IVA al espectáculo de drones y jamás le pide moderación al banquete de invitados especiales. En cambio, se instala con comodidad en los hospitales, en las universidades y en las oficinas que atienden a las víctimas.
Allí sí se vuelve severa. Allí reclama eficiencia. Allí exige que se haga más con menos. Allí considera que un trabajador puede atender a decenas de pacientes, que un investigador puede arreglárselas con equipo insuficiente, que una universidad puede resistir otro recorte y que una familia puede esperar otro año para encontrar respuestas sobre su desaparecido.
La austeridad, pues, no funciona como una política financiera, sino como una escala moral invertida: se ahorra en lo urgente y se derrocha en lo ceremonial. Se escatima donde la ausencia estatal cuesta vidas y se presume generosidad donde el rendimiento político se mide en aplausos, fotografías y tendencias en redes sociales.
No se trata de negar el valor simbólico de las celebraciones patrias ni de proponer un país sin plazas, música o memoria colectiva. El problema aparece cuando la ceremonia deja de ser ceremonia y se convierte en prioridad presupuestal; cuando el patriotismo oficial se paga con recursos que hacen falta para sostener derechos básicos.
Un gobierno que destina más a la fiesta que a la búsqueda de desaparecidos no está celebrando a la patria: está administrando su imagen. Un gobierno que presume austeridad mientras financia fastuosamente una noche de espectáculo no combate el dispendio: lo ilumina, lo amplifica y le pone sonido envolvente.
La conclusión es incómoda, pero sencilla: para la administración pública, la patria parece valer más cuando cabe en una tarima que cuando exige una cama de hospital, un laboratorio forense, un aula digna o una respuesta para quienes siguen buscando a los suyos.
Con información: PROCESO/

















