En Reynosa, las balas hicieron su parte; los únicos que siguen sin aparecer son la justicia y la vergüenza institucional. A casi tres años, ni el ataque contra policías ni el atentado contra Hector Joel Villegas,aun Secretario general de Gobierno con vocación de bandido, los responsables del Cartel del Golfo,liderados desde Jalisco por Cesar Morfin Morfin,alias «Primito y sus carnales», han pisado el territorio del castigo.
Dos ataques, una misma sombra
El 8 de marzo de 2023, en Las Fuentes Sección Lomas, una persecución terminó con un policía estatal muerto y una camioneta abandonada con equipo táctico, entre ellos chalecos con la leyenda “fresa”, según se difundió en redes. Esa pieza de utilería de guerra apuntaba, al menos en el imaginario colectivo, hacia estructuras criminales que las autoridades identifican como «desconocidos»,pero suelen ser de un Cartel muy conocido, el Cartel del Golfo en Reynosa,de la facción de los Metros.
El 15 de julio de 2023, en el Boulevard Morelos, en la zona conocida como “La Cascada”, la escena se repitió con más brutalidad: agresión directa contra la Guardia Estatal, dos agentes asesinados y varios más heridos. Las imágenes del ataque, la Tacoma negra y los disparos circulan en redes como pieza de archivo de una masacre impune, mientras en los expedientes públicos la historia sigue en blanco.
El fantasma llamado “El Fresa”
En los circuitos digitales, apareció un nombre propio: Carlos Reyna Garay, alias “El Fresa”, señalado como implicado en la agresión de La Cascada. El problema no es que se le mencione, sino que, hasta hoy, nadie aclara si existe vinculación a proceso, orden de aprehensión, ni mucho menos una resolución judicial firme contra él por estos hechos.
El apodo viaja mejor que las investigaciones: “El Fresa” se volvió personaje de nota roja y rumor en chats locales, mientras la Fiscalía mantiene bajo llave o en la nada los datos que confirmarían su calidad de asesino a sueldo que tiene a sueldo a la policia.
Las carpetas congeladas
Las investigaciones habrían quedado radicadas en la Agencia del Ministerio Público Unidad 2 de Reynosa, bajo responsabilidad del agente Delfino Morales Villanueva. A estas alturas, lo único claro para la ciudadanía es lo que no hay: no hay claridad procesal, no hay peritajes públicos contundentes, no hay decisiones judiciales transparentadas.
Tres años después, el expediente parece más un mueble administrativo que un instrumento de justicia: nadie sabe en qué etapa real están las carpetas, si se agotaron líneas de investigación, si se llamaron a declarar mandos, o si todo se redujo al ritual de “estamos trabajando en ello”. Lo que sí se sabe es que ni los autores materiales ni los intelectuales de los ataques han recibido castigo alguno, ni en tribunales ni en términos políticos.
El otro ataque que tampoco existe
Paralelo a estos hechos, Reynosa arrastra el expediente incómodo del ataque contra el Secretario General de Gobierno, otro golpe de alto perfil que, en teoría, debería haber movilizado hasta la última fibra institucional. En la práctica, el mensaje ha sido el mismo: silencio, opacidad y cero consecuencias visibles para quienes ordenaron o ejecutaron ese atentado.
Que ni el asesinato de policías ni la agresión contra uno de los hombres más poderosos y mas bandidos del gabinete estatal hayan derivado en castigos concretos es una radiografía brutal de prioridades: la vida de los agentes es desechable y la seguridad de los altos cargos es negociable. En cualquier Estado que se respete, un ataque a un Secretario General es un terremoto político, por menos de eso los persiguen por cielo, mar y tierra en EE.UU; en Tamaulipas apenas alcanzó para unas notas de coyuntura y luego el cómodo refugio del olvido institucional, cuya inacción se convierte en una invitación formal para volver a intentarlo.
Reynosa de metros impunes,Matamoros de Escorpiones igual
Estos casos no son anécdotas aisladas, son ejemplos de laboratorio de cómo se normaliza la violencia contra fuerzas de seguridad en una ciudad atrapada entre grupos criminales y autoridades que solo reaccionan para la foto y dejan impunes afrentas cuando son tiroteados hasta el domicilio donde se guarece el uniforme.
Cuando una Tacoma negra puede sembrar muerte en plena vía pública y, tres años después, nadie sabe oficialmente quién disparó, quién financió, quién protegió y quién encubrió, lo que está en crisis no es la seguridad, es la idea misma de Estado.
En Reynosa los muertos tienen nombre, los vehículos quedan grabados, las armas se aseguran, los chalecos con apodos circulan en fotos… y aun así, el sistema es incapaz de producir algo tan elemental como una sentencia.
El mensaje final es devastador: aquí se puede atacar policías, emboscar patrullas, atentar contra un secretario general de Gobierno y seguir caminando, porque la verdadera línea de fuego está no en las calles, sino en la decisión —muy cómoda— de no castigar a nadie, porque resulta que la linea entre crimen y gobierno ta se difuminó completamente.
Con informacion: MEDIOS/REDES







