Se cumplen siete años del primer culiacanazo, aquel episodio del jueves 17 de octubre de 2019 que le dejó a la vida culichi una cicatriz que no cierra. Desde entonces, nada volvió a ser igual. El miedo encontró dónde instalarse: en la cabeza de quienes salen a trabajar antes del amanecer; de quienes buscan un rato de descanso por la noche; de quienes entonces iban en secundaria o preparatoria y pasaron horas encerrados en una plaza, tirados en el piso; de las madres que, en una ciudad como esta, nunca terminan de quitarse la angustia de encima.
Aquel día se quedó clavado. En un abrir y cerrar de ojos los ciudadanos entendieron que la ciudad no era suya y tampoco del Gobierno, por mucho uniforme, oficina y discurso que tuviera. Era de los narcos.
El enfrentamiento fue contra las fuerzas gubernamentales, pero también abrió más una herida dentro del propio negocio criminal: la relación de los Chapitos con Ismael Zambada García, el Mayo, el capo más emblemático de la historia moderna de Sinaloa y de México. Los operadores de los hijos de Joaquín Guzmán pidieron refuerzos a las células del Mayo. La ayuda nunca llegó. Los Chapitos se batieron solos y terminaron ganando la batalla.
El objetivo era recuperar a Ovidio Guzmán, detenido por fuerzas federales en una de sus casas del Desarrollo Urbano Tres Ríos. Con Culiacán en llamas y el Gobierno contra las cuerdas, el bajo mundo interpretó aquella jornada como la “graduación” de los Chapitos. Su ceremonia de titulación tuvo balazos, muertos y una ciudad entera de rehén.
Al caer la tarde, el Gobierno cedió. Entregó a Ovidio y apaciguó la furia de sus hermanos. Para entonces, según el recuento de Rio Doce, un integrante de la Guardia Nacional había muerto y al menos una decena de soldados estaban heridos.
La misma crónica señala un saldo oficial de 12 civiles muertos, sin contar los cuerpos de los gatilleros que sus propios cómplices retiraron de los escenarios de la guerra minutos después del acuerdo con el gabinete de seguridad. Para esa faena, sostiene el relato, el Gobierno les concedió tiempo y espacio. La autoridad puso la retirada; ellos recogieron los restos.
Días después, el autor de la crónica vio videos de cámaras domésticas de la colonia Chapultepec: comandos reunidos en una calle, hombres bajando de camionetas con las armas a la espalda, apretones de manos, abrazos y festejos. Eran las seis de la tarde. Lo habían conseguido. Mientras la ciudad intentaba volver a respirar, ellos celebraban.
Pero los Chapitos también tomaron nota de quién no había llegado.
La relación con el Mayo ya venía enfriándose. Su padre había sido condenado a cadena perpetua en Nueva York, y los testimonios de Vicente Zambada Niebla, hijo del Mayo, y de Reynaldo Zambada García, su hermano, habían sido determinantes para hundir al Chapo. Tambien trascendió que el propio Mayo había pedido a los Chapitos que convencieran a su padre de declararse culpable: que era lo mejor para todos. Para todos, claro, salvo quizá para quien iba a cargar con la condena.
No ocurrió. Y después del 17 de octubre de 2019, la distancia entre las dos facciones dejó de ser un asunto disimulado.
Apenas pasó un mes antes de que comenzaran las fricciones entre sus comandos. El 25 de noviembre de aquel año aparecieron 11 policías municipales de la sindicatura de Tepuche con las nalgas molidas a tablazos. Según el relato, los responsables fueron pistoleros del Ruso, identificado como Jesús Alexandro Sánchez Félix, operador del Mayo. Los municipales trabajaban para los Chapitos y a los otros no les hizo ninguna gracia: aquella plaza, consideraban, era de los mayos. La distribución del territorio se hacía a golpes; la de las lealtades policiales, también.
Por esos días, un comando encabezado por el Nini, Néstor Isidro Pérez Salas, entró con patrullas clonadas a Agua Caliente, el poblado donde nació. La incursión encendió las alarmas de los mayos. Después vinieron los encuentros en las brechas, los choques en el norte de Culiacán y las confrontaciones en avenidas de toda la ciudad. El Mayo terminó frenando las hostilidades al enviar al Ruso a la frontera.
Pero el huevo de aquella guerra ya se incubaba desde el juicio del Chapo en Brooklyn.
Los Chapitos siguieron la escuela de su padre: invirtieron tiempo y recursos en levantar un ejército de sicarios, con Culiacán como plaza principal y presencia en los demás municipios donde operaban. Según la crónica, también reprodujeron el método de los viejos jefes: apropiarse de las policías municipales y sobornar a mandos estatales y federales. La herencia no consistía únicamente en contactos y dinero; incluía el manual para comprar autoridad y administrar impunidad.
Ya no eran simplemente los hijos del Chapo. Eran los Chapitos: una facción del Cártel de Sinaloa, con Iván Archivaldo Guzmán Salazar al frente.
Bola y cadena: de las armas a las urnas
Y, como los viejos, también metieron las manos en la política. Porque controlar calles y policías no les bastaba: faltaba intervenir en quién se sentaba a gobernar.
El artículo atribuye a sus operaciones un papel vital en las victorias de Morena en algunos municipios y en la elección estatal de 2021, cuando Rubén Rocha Moya ganó la gubernatura y Américo Villarreal,hoy gobernador de Tamaulipas,fue delegado de Morena.
Aqui Rio Doce describe lo ocurrido en Badiraguato, Concordia y Escuinapa como un despliegue de narcopolítica sin pudor aun sin castigo.
En 2022, Rocha organizó una posada en Jesús María y llevó miles de regalos y cientos de bicicletas. Era el pueblo de Griselda López Pérez, madre de Ovidio Guzmán, y el lugar donde este se refugiaba, custodiado por cientos de pistoleros, de acuerdo también con Rio Doce.
Veinte días después de aquella fiesta, las fuerzas federales detuvieron a Ovidio a sangre y fuego. Del reparto de regalos al operativo armado: veinte días de distancia.
Sentido contrario: Ovidio, el Mayo y la guerra
Después de esa captura, los Chapitos cambiaron sus prioridades. Defender a Ovidio en los tribunales estadounidenses se convirtió en un asunto central. No iban a dejarlo solo.
La crónica sostiene que se pusieron de acuerdo con agencias estadounidenses y planearon el secuestro del Mayo. Es una acusación que el texto presenta como parte de su explicación del conflicto, no un hecho acreditado aquí de manera independiente.
Conocían las debilidades del Gobierno mexicano y, según ese relato, las aprovecharon.
Y estalló la guerra. La factura, otra vez, quedó para la ciudad.
Con información: ISMAEL BOJORQUEZ/RIO DOCE/publicado el 18 de octubre de 2026 en la edición impresa 1238 del semanario .










