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miércoles, 23 de septiembre de 2026

“NO sabe POR QUÉ y se HIZO el SORPRENDIDO”: ABOGADOS PROTESTAN VS. DIRECTOR del REGISTRO PÚBLICO USADO por el CDG para DESPOJAR PROPIEDADES “LEGALMENTE”… todo Matamoros lo sabe.


Mientras abogados litigantes se manifestaban para exigir su destitución, Rogelio Aguirre —director del Registro Público de la Propiedad en Matamoros— dijo desconocer el motivo de la protesta. Es decir: el funcionario a cargo de una oficina cuestionada por retrasos, costos y trámites que impactan directamente en el patrimonio de las familias, apenas se enteró cuando los inconformes llegaron a hacer ruido afuera de su puerta.

El problema no es sólo que abogados litigantes exijan la salida de Rogelio Aguirre: es que el director del Registro Público de la Propiedad en Matamoros responde a una protesta por cobros y retrasos con la vieja receta burocrática de “yo no sabía” y “vengan a decirme qué quieren”. Y, de paso, defiende un sistema que cobra extra por hacer con rapidez lo que, por obligación, debería tramitar con eficiencia.

La explicación del director fue tan institucional como cómoda: que no sabía cuál era la irregularidad, que iba a hablar con los manifestantes y que, si había expedientes pendientes, se les daría seguimiento. Como si los abogados hubieran acudido a solicitar una cortesía y no a reclamar por una oficina que, según denuncian, tarda y cobra mientras administra documentos que pueden decidir quién conserva —o pierde— una propiedad.

Aguirre defendió especialmente el llamado “pago urgente”, una tarifa de alrededor de 1,673 pesos aplicable, dijo, a certificados y escrituras. Según su versión, el dinero no lo cobra directamente el Registro, sino la Oficina Fiscal del Estado, y está contemplado en la Ley de Hacienda.

El argumento es legalista, pero no responde la pregunta de fondo: ¿por qué un ciudadano debe pagar un sobreprecio para que el gobierno haga rápido lo que, en condiciones normales, tendría que hacer bien?

Porque en Matamoros y en Tamaulipas bajo el gobierno de Morena y Americo Villarreal, la eficiencia parece haber sido convertida en producto premium. Si quieres que tu documento no quede empolvándose entre sellos, folios y escritorios, paga la modalidad urgente. La burocracia, al parecer, encontró cómo monetizar su propia lentitud: primero deja que el trámite avance a paso de tortuga; luego vende la posibilidad de que camine.

El director aseguró que los trámites ordinarios pueden tardar hasta un mes y que no existen documentos con más de dos meses de atraso. Para él, un mes no representa un retraso considerable; para quien necesita registrar una escritura, obtener un certificado o resolver una operación patrimonial, puede significar una compraventa detenida, un crédito congelado, una sucesión atorada o un conflicto legal agravado por la inacción oficial.

Aguirre también atribuyó las demoras al volumen de trabajo y a una plantilla de aproximadamente 17 personas. Pero la sobrecarga laboral no borra la responsabilidad institucional ni convierte el atraso en servicio público aceptable. Menos cuando la salida ofrecida al ciudadano consiste en pagar para que el expediente reciba la atención que debería tener sin tarifa adicional.

La protesta cobra una dimensión todavía más delicada por el contexto en que opera el Registro Público y el aparato catastral de Matamoros: dependencias que manejan información y documentos fundamentales para acreditar la propiedad de casas, terrenos, ranchos y negocios. 

En Valor Tamaulipeco hemos difundido señalamientos sobre una red de despojo inmobiliario vinculada al Cártel del Golfo y sobre sus conexiones con estructuras municipales y estatales ligadas a Notarios ,abogados del CDG y el Registro Publico de la Propiedad.

Precisamente por eso, cualquier opacidad, retraso o cobro que parezca abrir una vía de privilegio en oficinas registrales no es un asunto menor. Cuando se trata de escrituras, certificados y antecedentes de propiedad, la obligación pública no puede ser “pague para que le resolvamos pronto”. Debe ser certeza, trazabilidad, plazos claros y acceso igualitario.

En lugar de explicar por qué el ciudadano tiene que desembolsar casi 1,700 pesos para no quedar atrapado en la fila burocrática, Aguirre sostuvo que todo pago urgente lleva ticket, sello y recibo. Qué bueno que haya recibo. Pero un recibo no transforma en buen servicio el hecho de cobrar por acelerar la obligación elemental de una oficina pública que trabaja rápido cuando se trata del Cartel del Golfo.

El reclamo de los litigantes, entonces, no se reduce a una protesta contra un funcionario. Es un recordatorio incómodo: en Matamoros, donde la propiedad necesita controles especialmente estrictos, el Registro no puede operar con la lógica de que la lentitud es normal y la prontitud se vende por ventanilla. El gobierno no debería cobrar por dejar de tardarse. Debería dejar de tardarse, punto.

Con información: MEXNOTICIAS/

“TERCER LUGAR MUNDIAL en CRIMEN ORGANIZADO: PODRÍAMOS decir que SHEINBAUM PROTEGE a MORENOS NARCOS, pero NO lo VAMOS a DECIR”… se le llama “buena relación” al negocio de no mirar completo el incendio.


Luego de que Donald Trump colocó a México como “epicentro” de la violencia de los cárteles —como si la demanda de drogas y el tráfico de armas fueran fenómenos que cruzan la frontera por generación espontánea—, la presidenta Claudia Sheinbaum ensayó una réplica cuidadosamente diplomática: Estados Unidos consume drogas a y produce armas, pero no lo va a decir. Bueno, sí lo dijo; sólo aclaró que no lo estaba diciendo.

Desde Palacio Nacional, Sheinbaum respondió a los señalamientos del presidente estadounidense, quien ante la Asamblea General de la ONU sostuvo que resulta “inaceptable” que Estados Unidos comparta frontera con un país presuntamente controlado por organizaciones criminales. 

Casi enseguida,el mismo Trump, despues de diagnosticar a México como territorio tomado por cárteles, procedió a destacar la “buena relación” con el Gobierno mexicano. 

“Yo podría decir: ‘Es muy difícil vivir junto a un país que tiene un nivel tan alto de consumo de drogas’, o podría decir: ‘Es muy difícil vivir junto a un país que tiene tanta producción de armas’, pero no lo voy a decir”, expresó Sheinbaum. La precisión importa: no lo dirá… después de decirlo frente a cámaras nacionales.

La mandataria reclamó que diversos medios rescataran exclusivamente la parte incómoda del discurso de Trump, esa donde México aparece como patio trasero del crimen organizado, y no el segmento donde el republicano elogió la coordinación bilateral. 

Porque, al parecer, el verdadero problema no es que desde la ONU se describa a México como un país bajo control criminal, sino que alguien tenga la descortesía de titularlo.

Sheinbaum sostuvo que ambos gobiernos mantienen colaboración y avances en materia de seguridad, bajo el ritual obligatorio de la cooperación “respetando la soberanía”. Es decir: México coopera, Estados Unidos presiona, Trump regaña desde tribunas internacionales y Palacio Nacional responde que la relación va muy bien. Una relación madura, estable y libre de tensiones, salvo por los cárteles, las armas, las drogas, las amenazas arancelarias y los discursos de campaña.

La Presidenta también atribuyó parte de la retórica de Trump al calendario electoral estadounidense, al recordar que políticos, senadores y congresistas suelen utilizar a México como utilería de campaña. 

“Mejor fíjense en los problemas de Estados Unidos”, recomendó Sheinbaum. Un consejo razonable, aunque difícil de conciliar con la narrativa oficial mexicana de que todo marcha bajo control, pues mientras la presidenta discute quien es peor vecino,el país acumula regiones disputadas por cárteles, desapariciones sin resolver, extorsiones normalizadas y autoridades atrapadas entre la omisión, la incompetencia y/o complicidad»

Porque sí: Estados Unidos tiene un problema de consumo de drogas y un mercado de armas que alimenta la violencia regional. Pero México tampoco puede fingir que el crimen organizado es sólo un producto de exportación estadounidense. 

La frontera no es una lavadora moral: de un lado salen armas y dinero; del otro cruzan drogas, redes criminales emparentadas con Morena y una realidad que ningún gobierno ha logrado desmontar.

Pero no lo vamos a decir. O sí. Sólo que, oficialmente, no.

Con información: ELNORTE/

«NARCOPEGADOS: CARICATURA DIBUJA la FUSIÓN, NO la INFILTRACIÓN de MORENA y CRIMEN AUTORIZADO»… en un país donde la democracia llega escoltada por sicarios.


La caricatura de Paco Calderon para EL Norte acierta en lo esencial, aunque se quede corta en la metáfora: el problema no es que el narco haya “infiltrado” a Morena como quien mete humedad a una pared. La crítica que plantea es más brutal: una fusión de intereses, silencios, candidaturas impresentables y territorios donde la política dejó de combatir al crimen para aprender a convivir con él.

El INE ya decretó que a Morena no se le puede llamar “narcopartido”. Y, en un país donde las palabras incomodan más que las balas, la autoridad electoral se puso el uniforme de aduana semántica: no revisa el origen del dinero, no desmonta los pactos, no desarma las redes territoriales; pero sí inspecciona el vocabulario de quien se atreve a señalar el elefante armado en la sala.

Porque, claro, “narcopartido” suena feo. Mucho más feo que ver Diputados o Diputadas, alcaldes, candidatos, operadores y estructuras políticas coexistiendo con el crimen organizado como si se tratara de una alianza de desarrollo regional. 

Mucho más escandaloso que las fotos, los testimonios, los levantones electorales, los municipios capturados y los pactos de facto que convierten al Estado en espectador —o socio pasivo— de la violencia.

La caricatura lo resume sin modales: no es que el narco haya infiltrado a Morena; es que en demasiados rincones del país la frontera entre poder político y poder criminal parece haber sido borrada con marcador guinda. No una infiltración quirúrgica, sino una fusión práctica: el narco pone control territorial, miedo y dinero; la política pone candidaturas, impunidad y discursos de “no exageren”.

Y entonces llega el INE a corregir el insulto, no la realidad. A ordenar que se borre la palabra, como si al censurar el rótulo desapareciera el cadáver político que deja el fenómeno. El problema, dice la burocracia electoral, no es la posible captura criminal de espacios públicos; el problema es que alguien la nombre con demasiada precisión.

Morena podrá exigir que no le digan “narcopartido”. Está en su derecho de litigar su reputación. Pero la reputación no se limpia con medidas cautelares ni con prohibiciones de seis palabras: se limpia con investigaciones serias, expulsiones reales, transparencia sobre candidaturas, ruptura verificable con operadores criminales y justicia para los territorios donde votar se convirtió en una actividad de alto riesgo.

Porque si no se puede decir “narcopartido”, habrá que decirlo de otra manera: un proyecto político que, en demasiados casos, parece caminar de la mano con la criminalidad mientras finge que no la conoce. Y eso no es calumnia gramatical. Es la cruda realidad que ninguna resolución puede bajar de las redes.

El INE no investigó la podredumbre: reguló el olor. Y mientras prohíben decir “narcopartido”, el país sigue preguntándose quién gobierna en los territorios donde la democracia llega escoltada por sicarios.

Con información: ELNORTE/PACO CALDERON/

“¿PORQUE YA estoy VIEJA, GÜEY ?”: DIPUTADA PRIISTA que PERDÍA VOTACIONES en SU CASILLA, QUE NO VIO, NO SUPO y NO OYÓ NADA, se JUBILA»… no son pocos los polvos del mismo lodazal que escapan.


La aun Diputada Local del PRI en Tamaulipas, Paloma Guillén, hermana del subcomandante Marcos ,veterana de la nefasta burocracia tricolor que no ganaba su casilla en ningúna contienda politica donde no fuera plurinominal, anunció que “cierra” su ciclo político porque, según su propia filosofía de vida pública, “ya estoy vieja, güey”.

Una razón impecable: no todos los días una figura del viejo PRI decide bajarse del carrusel político no por rendición de cuentas, no por autocrítica, no por haber explicado qué vio —o qué prefirió no ver— durante los años dorados del régimen, sino porque el calendario, ese fiscal implacable, le ganó la partida.

Guillén quien en los lamentables hechos es polvo del mismo lodazal, no llega a la política en calidad de turista. Fue secretaria general de Gobierno de Tamaulipas entre 2002 y 2004, durante la administración de Tomás Yarrington, posteriormente procesado en Estados Unidos por delitos ligados al lavado de dinero y que deja una pregunta política difícil de barrer debajo de la alfombra: ¿qué tan cerca hay que estar del poder para no enterarse de nada ?

La exfuncionaria ha sostenido antes que no conoció ni le constaron las actividades atribuidas a Yarrington. Una postura que, traducida al dialecto clásico del priismo, podría leerse así: “Yo estaba en la sala de máquinas, pero nunca vi el humo”. Guillén fue secretaria general de Gobierno en aquel sexenio; es decir, no era una espectadora que pasaba por ahí buscando la salida de emergencia, sino una pieza relevante de la putrida estructura política estatal.

Yarrington, por su parte, no era precisamente un personaje de bajo perfil administrativo: fue gobernador de Tamaulipas de 1999 a 2004 y ha enfrentado acusaciones graves relacionadas con narcotráfico y lavado de dinero; en 2025, Guillén incluso salió públicamente a defenderlo y expresó confianza en que se reivindicaría.

Ahora Paloma dice que se va porque ya está vieja. Está en su derecho. Lo que queda pendiente no es su acta de nacimiento, sino el balance político de una generación que administró Tamaulipas cuando el poder priista parecía eterno, intocable y, sobre todo, perfectamente entrenado para responder que no vio, no supo, no oyó y, si acaso, ya se le olvidó.

Porque una cosa es retirarse de la nómina pública y otra muy distinta retirarse de las preguntas incómodas. Y esas, por desgracia para la vieja guardia, no se jubilan.

Con información: HOYTAMAULIPAS/

LA “RENUNCIA del MILLÓN de DÓLARES”: con LÁGRIMAS en los OJOS y TODO el DOLOR de la FISCAL de FGR ante SHEINBAUM,OBTUVO el PERDÓN CRIMINAL y se FUE ULISES LARA»…con la cola entre las patas.


La fiscal General de la República,Ernestina Godoy, se presentó con lágrimas en los ojos ante su jefa, la presidenta Claudia Sheinbaum. Llevaba bajo el brazo una vergüenza, una confesión: habían descubierto a su protegido, Ulises Lara, en un acto de corrupción por el equivalente a un millón de dólares.

Para la fiscal Ernestina Godoy era un golpe político y un golpe personal. Ella había invertido mucho de su capital político en Ulises Lara, para dotarlo de los mejores cargos y oportunidades a pesar de su paupérrimo historial. Era su discípulo favorito.

Cuando a ella la ascendieron a titular de Fiscalía General de Justiciade la Ciudad de México, nombró a Ulises Lara su vocero, un cargo con enorme visibilidad. Cuando ella renunció a su cargo de fiscal local para irse de candidata de Morena al Senado, se enlodó por él para dejarlo como su sustituto: para cubrir los trámites, a Ulises Lara le dieron el título de Licenciado en Derecho en 24 horas en una universidad “patito”, en lo que constituyó un descaro que lo marcó para siempre. Cuando la presidenta Sheinbaum destituyó al fiscal Alejandro Gertz Manero para poner en su lugar una ficha 100% suya, eligió a Ernestina Godoy para encabezar la Fiscalía General de la República. Ella de inmediato le dio a Ulises Lara un cargo de primera importancia. Lo nombró al frente de la Fiscalía Especial en Investigación de Asuntos Relevantes, con funcionestambién de vocero.

Duró medio año en el puesto. El 16 de julio pasado, sin que mediara mayor explicación, se informó de manera muy sucinta que Ulises Lara renunciaba a la FGR por “motivos estrictamente personales”. Así lo explicaron tanto Lara en sus redes sociales como la FGR en su comunicación con periodistas. No trascendió mayor cosa. Pero la renuncia era muy rara, tratándose del protegido de la fiscal Ernestina Godoy y además de un hombre que perteneció a la realeza de la izquierda mexicana: estuvo casado con Lenia Batres, hoy ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, e integrante de una de las familias privilegiadas del obradorato.

Así que cuando llegó entre lágrimas la fiscal Ernestina Godoy con su jefa, la presidenta Sheinbaum, y le explicó lo del millón de dólares de Ulises Lara, fue un duro golpe, doble golpe, político y personal. Las dos, presidenta y fiscal, tomaron la decisión difícil. Lo despidieron… pero le tendieron un puente de plata: la posibilidad de tapar el escándalo bajo una renuncia con el vago “motivos estrictamente personales” y que no existiera una investigación que lo persiguiera por este asunto. Es más de lo que normalmente hace el régimen con sus corruptos, que además de no investigarlos, los deja en el cargo.

Ulises Lara se diluyó en silencio, tratando de no hacer olas, intentando no atraer la atención. Casi nadie supo por qué se dio su salida, excepto algunas fuentes de primer nivel en Palacio Nacional que atestiguaron estos hechos y compartieron conmigo la información.

Fuente.-Carlos Loret/ELUNIVERSAL+/

LES “VALE WILSON” la CONSTITUCIÓN: la 4T QUIERE REGISTRAR el HUMOR como CONTRABANDO y VAN con CÁRCEL contra MEMES y PARODIAS… van a tener mucho trabajo y van a faltar prisiones.


La bancada de Morena en el Senado alista una reforma a la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial que pretende castigar con prisión de 3 a 7 años a quien realice parodias utilizando la identidad gráfica del Gobierno.

La reforma no equivale, por sí sola, a “cárcel por cualquier meme”: el proyecto exige uso a escala comercial y la finalidad de inducir a error o engaño. Pero ése no es un salvoconducto suficiente. 

Su redacción mete en la misma licuadora la suplantación fraudulenta y la sátira política; con penas de tres a siete años, multas y responsabilidad para personas jurídicas, el riesgo no es sólo condenar: es investigar, amedrentar y lograr que el chiste crítico se autocensure antes de nacer. 

La 4T quiere registrar el humor como contrabando

No les bastó con gobernar entre mañaneras, slogans, logotipos y campañas de propaganda institucional. Ahora Morena pretende convertir la identidad gráfica del Estado en una especie de estampita intocable: quien la use, reproduzca, imite o incorpore —según el proyecto de nuevo artículo 403 Bis de la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial— podría enfrentar de tres a siete años de prisión y multas de mil a diez mil UMA si lo hace “a escala comercial” y con el propósito de inducir a error o engaño. 

En otras palabras: el gobierno dice que quiere perseguir fraudes; la letra que propone puede terminar persiguiendo el derecho a reírse del poder. 

Y no se trata de una caricatura exagerada del dictamen. La iniciativa presidencial se presenta como parte del cumplimiento de obligaciones de propiedad intelectual y combate a la piratería, vinculadas a tratados comerciales como el T-MEC. Ésa es la envoltura. 

Pero dentro del paquete aparece un tipo penal nuevo para blindar la “identidad gráfica institucional” de los poderes públicos, órganos autónomos, dependencias y entidades de los tres órdenes de gobierno. Como si el verdadero problema nacional fuera que un meme imitó una tipografía oficial, y no la corrupción, la impunidad, la violencia o la opacidad que suelen alimentar esos memes. 

La pregunta no es si deben castigarse los sitios que se hacen pasar por una dependencia pública para robar datos, vender trámites falsos o estafar a ciudadanos. Claro que deben perseguirse. Ya existen razones jurídicas y penales para sancionar el fraude, la suplantación, el uso engañoso de dominios y la falsificación. 

La pregunta es por qué, para combatir al estafador, se quiere redactar una norma lo bastante amplia como para que el caricaturista, el periodista, la página satírica, el administrador de redes o el ciudadano que comparte una parodia tengan que medir su humor con el código penal en la mano.

Porque la cárcel no es un asterisco. Siete años no son una llamada de atención, ni un “baja el meme”. Son una amenaza penal de calibre mayor, comparable o superior a la prevista para conductas mucho más graves. Cuando el Estado coloca el instrumento más severo de su arsenal —la privación de la libertad— junto a expresiones que pueden ser críticas, satíricas, incómodas o mordaces, el mensaje práctico no es “no defraudes”; es “mejor no te metas con nuestros símbolos”.

El choque constitucional

La Constitución mexicana no trata la libertad de expresión como una concesión decorativa para los días patrios. 

El artículo 7 establece que es inviolable la libertad de difundir opiniones, información e ideas por cualquier medio; además, prohíbe que se restrinja por vías indirectas, incluidos medios y tecnologías de la información y comunicación, para impedir la circulación de ideas. Ninguna ley ni autoridad puede imponer censura previa o coartar esa libertad fuera de los límites constitucionales. 

También el artículo 1 obliga a interpretar los derechos humanos favoreciendo siempre la protección más amplia a las personas. Es decir: ante una norma ambigua, no se debe elegir la lectura que más fácilmente encierre al crítico, sino la que preserve con mayor fuerza el debate público. El problema del 403 Bis no es únicamente lo que sus promotores dicen que quieren castigar; es lo que su texto permite perseguir cuando la autoridad que investiga o denuncia tiene poca tolerancia a la burla. 

La Convención Americana sobre Derechos Humanos —parte del parámetro de derechos que México debe respetar— protege la libertad de buscar, recibir y difundir ideas de toda índole, por vía oral, escrita, artística o mediante cualquier procedimiento. Permite responsabilidades ulteriores, sí, pero sólo si están expresamente fijadas por ley y son necesarias para proteger derechos ajenos, la seguridad nacional, el orden público, la salud o la moral públicas. También prohíbe restricciones indirectas destinadas a impedir la comunicación y circulación de ideas. 

Ahí está el nudo: perseguir una suplantación realmente engañosa puede ser legítimo; usar una norma vaga, con pena de prisión desproporcionada y sin una excepción inequívoca para crítica, periodismo, parodia, investigación, sátira y uso no confusorio de signos oficiales, no lo es. 

El Estado no puede defender la “confianza pública” destruyendo el espacio donde la ciudadanía verifica, cuestiona y ridiculiza al poder que exige esa confianza.

La sátira no es un error del sistema democrático. Es una alarma. Cuando una administración se vuelve demasiado solemne para soportar un fotomontaje, demasiado susceptible para tolerar una parodia o demasiado poderosa para resistir un logo intervenido, el problema no está en el meme: está en el espejo.

El truco de “escala comercial”

Los defensores del dictamen podrán repetir que éste sólo aplica “a escala comercial” y cuando exista intención de engañar. Muy bien: entonces que lo digan con precisión, que lo delimiten con rigor y que excluyan expresamente los usos periodísticos, críticos, satíricos, artísticos, docentes, de investigación y de interés público. Si no quieren castigar memes, que no redacten una ley que permita fabricar expedientes contra quien los haga.

Porque “escala comercial” puede ser una puerta giratoria. ¿Monetizar un video en YouTube cuenta? ¿Tener anuncios automáticos en una página de Facebook? ¿Publicar una parodia en un medio digital con pauta? ¿Vender una camiseta crítica con una versión alterada de un emblema? ¿Un periódico que incluye una caricatura o una captura de un meme en una nota informativa? El poder suele descubrir que una palabra elástica se estira todavía más cuando quien incomoda lleva un logo oficial manipulado.

Y luego viene el ingrediente más peligroso: el proceso. Aunque una denuncia no termine en condena, puede costar tiempo, dinero, reputación, defensas legales, aseguramientos, comparecencias y desgaste. La censura moderna no siempre necesita borrar publicaciones con una goma; le basta con hacer que publicar resulte demasiado caro. A eso se le llama efecto inhibidor: no hace falta meter a miles a prisión si basta con que todos sepan que podrían ser los siguientes.

Ricardo Anaya ha denunciado justamente que la propuesta carece de excepciones expresas para periodistas y parodias, y que esa omisión abre la puerta a criminalizar la crítica. Su posición es partidista y debe leerse como tal; pero el reclamo jurídico de fondo no depende de simpatías panistas: una norma penal que toca expresión política debe ser más precisa que un discurso de campaña y menos elástica que un chicle. 

La otra mordaza

En la Cámara de Diputados corre en paralelo otra reforma, ahora sobre derecho de autor, que pretende obligar a proveedores de servicios de internet a retirar de forma expedita contenidos presuntamente infractores, incluidos materiales modificados o alterados, incluso con inteligencia artificial. Las multas proyectadas van de 5 mil a 40 mil UMA, es decir, hasta alrededor de 4.69 millones de pesos. 

La comisión respectiva aplazó la discusión, de acuerdo con reportes publicados ayer martes. Eso no elimina el problema: apenas da un respiro antes de que vuelva el dictamen, quizá con otro maquillaje legislativo. 

Aquí el truco es distinto, pero el resultado puede parecerse. En vez de castigar al autor del contenido, se presiona a la plataforma o al proveedor para que retire primero y pregunte después. Con multas millonarias como incentivo, la decisión racional de cualquier intermediario será bajar lo cuestionado ante la menor amenaza: mejor tumbar diez parodias legítimas que arriesgarse a una sanción de millones. Es privatizar la censura bajo la etiqueta de “cumplimiento”.

No es que el derecho de autor, la imagen personal o la protección frente a montajes dañinos no importen. Importan. La inteligencia artificial puede servir para fraude, difamación, extorsión, pornografía no consentida y suplantación. Pero una ley seria distingue entre daño real y reutilización satírica; entre deepfake fraudulento y parodia manifiesta; entre plagio y comentario; entre explotación comercial parasitaria y crítica política. La ley floja, en cambio, mete todo al mismo costal y le pone encima una multa tan grande que la plataforma se vuelve censor por miedo.

Van a faltar carteles. No porque haya una orden explícita de colgar un letrero en cada esquina que diga “prohibido burlarse del gobierno”, sino porque el mensaje ya vendría impreso en la amenaza: “Aquí la sátira puede salir cara; el silencio, en cambio, es gratis.”

El espejo internacional

Conviene no usar con ligereza la palabra dictadura. México no se convierte automáticamente en una dictadura por un dictamen, ni toda regulación digital es autoritarismo. 

Pero las democracias no suelen perderse de golpe, con una sirena y un decreto que anuncie “a partir de hoy se acabó la libertad”. Se erosionan mediante leyes presentadas como protección frente al fraude, la desinformación, la seguridad, la moral o la propiedad intelectual; fórmulas de apariencia razonable que terminan siendo armas disponibles contra críticos selectos.

El patrón internacional suele repetirse:

  • Se invoca una causa legítima: combatir delitos digitales, falsificaciones, contenidos manipulados o daños a terceros.
  • Se usan conceptos amplios: “información falsa”, “ofensa”, “desprestigio”, “orden público”, “uso no autorizado”, “engaño”.
  • Se trasladan decisiones de libertad de expresión a policías, fiscales, burócratas o plataformas que prefieren censurar por precaución.
  • Se castiga menos la mentira dañina que la disidencia molesta, porque el poder siempre encuentra más ofensivo un chiste eficaz que un fraude mal redactado.
  • Se consolida la autocensura: periodistas, humoristas y usuarios aprenden a borrar antes de que alguien les enseñe un citatorio.

Ese mecanismo se ha visto, con distintas intensidades y pretextos, en regímenes autoritarios y democracias degradadas: leyes contra “noticias falsas” o “ofensas” usadas para asfixiar prensa y sátira; normas de ciberseguridad que sirven para vigilar opositores; obligaciones de retiro de contenidos que convierten a empresas tecnológicas en policías preventivos de la conversación pública. El parecido no significa identidad. México no es Venezuela, Nicaragua, Rusia o Turquía por una iniciativa. Pero quienes normalizan cada pieza del andamiaje suelen descubrir demasiado tarde que la jaula no apareció completa: se armó barrote por barrote.

La comparación responsable no es “ya somos una dictadura”. Es más incómoda: éstas son las herramientas con las que las democracias pueden deslizarse hacia prácticas autoritarias si no fijan límites antes de que el poder decida usarlas.

Lo que debe corregirse

Si Morena y sus aliados de verdad buscan combatir fraudes y cumplir obligaciones internacionales, no tienen por qué penalizar la burla ni dejarle a un fiscal la facultad de decidir si un meme era suficientemente gracioso como para merecer protección constitucional.

El dictamen debería, como mínimo:

  • Limitar el tipo penal a la suplantación intencional de una autoridad pública para obtener beneficio indebido, datos personales, pagos, trámites o ventajas patrimoniales.
  • Exigir prueba clara de una probabilidad real de engaño, no la mera imitación, reproducción o utilización de una identidad gráfica.
  • Eliminar la prisión para conductas que no impliquen fraude material, daño patrimonial o afectación concreta a derechos de terceros.
  • Incluir una excepción expresa y robusta para periodismo, caricatura, parodia, sátira, crítica política, investigación, docencia, expresión artística y usos no comerciales o no confusorios.
  • Evitar que la “escala comercial” se use como coladera para perseguir medios, creadores, activistas o páginas que tengan publicidad incidental.
  • Garantizar debido proceso, notificación verificable, contranotificación, revisión humana e impugnación judicial antes de retirar contenidos digitales.
  • Prohibir que proveedores y plataformas sean sancionados por no retirar de inmediato materiales controvertidos sin resolución de autoridad competente, salvo supuestos excepcionales y estrictamente definidos.

El Estado puede perseguir al estafador que clona un portal gubernamental para robar dinero. Debe hacerlo. Pero no puede fingir que un montaje satírico, una caricatura política y un sitio de phishing son la misma cosa. Uno roba credenciales; el otro incomoda credenciales. Confundirlos no es técnica legislativa: es tentación autoritaria con membrete de propiedad industrial. 

Y si de verdad quieren que no se les acuse de fabricar una “ley antimemes”, la salida es elemental: escriban las salvaguardas en el texto, no en entrevistas. Las buenas intenciones declaradas ante micrófonos no protegen a nadie cuando llega una denuncia; lo que protege es una norma precisa, proporcional y compatible con la Constitución.

Cpon informacion: ELNORTEELUNIVERSAL/