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martes, 20 de octubre de 2026

LA «PATRIA NO es GOBIERNO: JÁUREGUI, PEDRO, los MUERTOS de la CIA y la SOBERANÍA que se OFENDE cuando le TUMBAN NARCOLABORATORIO»… No todo lo legal es justo; debiera ser justo para ser legal.


En Chihuahua, un operativo contra narcolaboratorios terminó con cuatro muertos, dos agentes estadounidenses expuestos y un exfiscal en prisión. Ahora viene la parte que exige algo más que ponerse de pie para escuchar el Himno: determinar si César Jáuregui Moreno permitió una intervención extranjera ilegal y, sobre todo, si eso alcanza para acusarlo de traición a la patria. 

Porque entre violar las reglas de cooperación y pretender someter a México a un gobierno extranjero hay una distancia que no se recorre envolviéndose en la bandera. Se recorre con pruebas.

Los hombres detrás del escándalo

Richard Leiter Johnston III, de 36 años, y John D. Black, de 44, fueron identificados por la prensa como los agentes de la CIA que murieron el 19 de abril de 2026 en la Sierra Tarahumara. Viajaban con Pedro Román Oseguera Cervantes, director de la Agencia Estatal de Investigación de Chihuahua, y su escolta, Manuel Genaro Méndez Montes. El vehículo cayó a un barranco de aproximadamente 200 metros y se incendió cuando regresaban del despliegue contra instalaciones de producción de drogas sintéticas en las inmediaciones de El Pinal, municipio de Morelos.

El operativo había desmantelado seis laboratorios clandestinos. Pero el accidente abrió otro expediente incomodo: los estadounidenses presentados inicialmente como instructores de la Embajada no eran, según las investigaciones periodísticas posteriores, simples capacitadores de paso. Su presencia terminó por exhibir una colaboración que el Gobierno federal sostuvo no haber autorizado, que también exhibe al gobierno y sus prioridades.

Lo que debía explicarse como un golpe al narcotráfico se convirtió también en un caso de intervención extranjera y ocultamiento institucional ademas de justicia selectiva, unos si, otros no.

El Gobierno mexicano NO puede convertir cualquier cooperación irregular en una conspiración para entregar la República. Una cosa es investigar qué hicieron los extranjeros; otra, inflar el expediente hasta que quepa en él el delito políticamente más escandaloso de traición a la patria.

La última vuelta de tuerca: de enfrentar el proceso en libertad a terminar en el Altiplano

El episodio que llevó a Jáuregui a la cárcel tuvo dos tiempos. Fue detenido el 17 de octubre por una causa estatal relacionada con el operativo, con imputaciones reportadas por ejercicio ilegal del servicio público y coalición. Después, cuando un juez le permitió continuar ese proceso fuera de prisión, la Fiscalía General de la República ejecutó una orden de aprehensión federal por traición a la patria. Su salida de una causa en libertad desembocó en otra captura y en el traslado al penal del Altiplano. La puerta giratoria, esta vez, no daba a la calle.

La acusación federal no se reduce, según la orden judicial descrita por la prensa, a que Jáuregui hubiera recibido ayuda estadounidense. La FGR le atribuye reuniones con cuatro agentes de la CIA, haber coordinado o facilitado su participación armada en el operativo y haber omitido deliberadamente informar a la Federación,una conducta que replican autoridades del partido en el poder.

Hay una precisión incómoda para cualquier relato simplón: la propia FGR sostiene que destruir el narcolaboratorio no constituye el delito. Lo que persigue es la supuesta intromisión operativa de agentes extranjeros sin autorización y la evasión de los controles federales. Esa es su tesis. La pregunta pendiente es si demostrar esas conductas basta para acreditar traición a la patria o si se está usando un delito de enorme gravedad para castigar hechos que requieren otra clasificación jurídica.

El candado de López Obrador: qué se añadió y qué permite controlar

El cerrojo tiene fecha: 18 de diciembre de 2020. Ese día se publicó el decreto que añadió a la Ley de Seguridad Nacional un título sobre cooperación con gobiernos extranjeros, incluidos los artículos 68 a 76. No fue una ley inventada enteramente por una firma presidencial: fue una reforma aprobada por el Congreso y promulgada por Andrés Manuel López Obrador. 

Las adiciones a la Ley de Seguridad Nacional colocaron la cooperación bajo controles federales concretos para impedir la colaboración fluida en momentos en que el partido en el poder es multiseñalado por sus ligas con el narco:

  • El artículo 69 permite autorizar el ingreso temporal de agentes extranjeros para intercambio de información y deja su acreditación en manos de Relaciones Exteriores, previo acuerdo con Seguridad, Defensa y Marina.
  • El artículo 70 exige a las autoridades locales informar por escrito sus contactos con esos agentes dentro de tres días; las reuniones requieren autorización previa y presencia de un representante de Relaciones Exteriores.
  • El artículo 71 impide que los agentes ejerzan facultades reservadas a autoridades mexicanas y les prohíbe realizar o inducir detenciones, entre otras restricciones.

El objetivo jurídico declarado mas que regular la cooperación es impedir que funcionarios extranjeros actúen por su cuenta. El efecto institucional también es claro: el Gobierno federal concentra la llave de acceso, los canales de comunicación y la supervisión. 

Esa concentración admite una crítica política severa: si quienes administran la llave tienen conflictos de interés o protegen redes criminales, el control puede convertirse en un filtro para estorbar investigaciones incómodas. 

Lo escrito no se vuelve justo por aparecer en el Diario Oficial

La discusión de fondo no debería agotarse en el cómodo «es lo que dice la ley», lo que nos recuerda las palabras de López «Hablador»: «No me vengan con que la ley es la ley».

Una norma no se vuelve justa porque un presidente la promulgue, una mayoría la apruebe o un fiscal la recite con voz de ceremonia. La exigencia democrática va al revés: debería ser justa para merecer ser ley, no reclamar justicia automática por haber conseguido publicarse.

Ahí está el punto decisivo del caso Jáuregui. El artículo 70 de la Ley de Seguridad Nacional remite los incumplimientos a responsabilidades administrativas o penales conforme a las leyes respectivas; no convierte automáticamente cada infracción en traición a la patria.

La imputación federal invoca el artículo 123, fracción I, del Código Penal Federal, que exige actos contra la independencia, soberanía o integridad nacional realizados «con la finalidad de someterla a persona, grupo o gobierno extranjero». No basta con acreditar una colaboración no autorizada: hay que demostrar esa finalidad.

El adjetivo «traidor» no puede utilizarse como puente para saltarse lo que falta en el expediente.

Jáuregui debe responder por las conductas que puedan acreditarse, no por las que produzcan mejores titulares. Y la FGR debe explicar por qué los hechos que atribuye demuestran el propósito de someter al país, en lugar de pedir que la gravedad de la palabra «traición» haga el trabajo que corresponde a la investigación. La orden de aprehensión no equivale a una condena.

Porque la patria no es propiedad del Gobierno, la soberanía no es un permiso para administrar silencios y la justicia no consiste en encontrarle un preso a cada discurso. Si hubo delitos, que se prueben y se sancionen. Si hubo intervención extranjera ilegal, que se investigue completa. Pero si lo que falta es demostrar la traición, que no pretendan rellenar ese hueco con confeti tricolor.

Con información: ELNORTE/

lunes, 19 de octubre de 2026

“OTRA VEZ el GENERAL AUDOMARO: DE MAULEÓN EXHIBE RED de TRÁFICO de HUACHICOL en CADEREYTA; SALE RASPADO PRIMITO y el ‘TOÑÍN’, ALIAS ‘R1’… ex-financiero de CABEZA de VACA”.


Los problemas del general Audomaro Martínez Zapata, exjefe del Centro Nacional de Inteligencia en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, siguen escalando.

El gobierno de Estados Unidos investiga su presunta vinculación, como mando estratégico y facilitador de protección institucional, a una red de tráfico de combustible ilegal dirigida por Joaquín Israel Arzate Rodríguez, personaje que inició su trayectoria criminal en el Cártel del Golfo, y consolidó la alianza entre César Morfín Morfín, El Primito, y Audías Flores Silva, El Jardinero, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, aprehendido en Nayarit en abril pasado.

Apenas tres días antes del fin del sexenio de López Obrador, Audomaro, uno de los hombres más cercanos al expresidente, ocultó su declaración patrimonial hasta septiembre de 2029. 

No logró ocultar, sin embargo, los escándalos que persiguen a su familia. El año pasado la periodista Peniley Ramírez localizó registros públicos que revelan que la esposa y el hijo del general crearon una empresa de seguridad que recibió 500 millones de pesos en contratos federales, Sedregal, la cual gozó de condonaciones de impuestos a lo largo del sexenio.

La familia de Martínez creó también una docena de compañías de comercialización de combustibles que operaron en varios estados en un sexenio en el que el tráfico de combustible robado a Pemex, así como el llamado huachicol fiscal, alcanzaron niveles sin precedentes.

A Audomaro Martínez se le ha ligado con las operaciones de Sergio Carmona, El Rey del Huachicol, asesinado por sujetos de aire militar en 2021 de acuerdo con los testigos, luego de que había financiado con dinero ilegal las campañas de siete gobernadores de Morena, así como de decenas de alcaldes, y quien acababa de entregar información a Estados Unidos en busca de un acuerdo.

En abril pasado, sin reportar un solo detenido, la Fiscalía General de la República localizó un punto de almacenamiento ilegal de combustible en el municipio de Cadereyta, Nuevo León, dentro de la zona metropolitana del estado.

En el lugar se aseguraron 671 mil litros de hidrocarburo, y otros 400 mil de un líquido de “color negro y amarillo” que se mandó analizar: además del millón de litros, había tractocamiones, autotanques, dollys, 409 cubitanques, varios silos de almacenamiento vertical, motobombas, un remolque de plataforma y plantas de luz dotadas de remolque.

Era solo uno de los centros de almacenamiento del Cártel de Cadereyta, el grupo criminal de Joaquín Arzate Rodríguez, El Chimuelo.

De acuerdo con la investigación estadounidense, la red está estrechamente ligada una empresa central de logística: Transportes Cadega, representada por Guillermo Raciel Cantú Cruz, la cual funciona como brazo operativo de la red para el traslado de combustible con guías falsificadas. La red de Arzate almacena y mueve desde la región incluso hidrocarburo sustraído ilegalmente en Estados Unidos.

Un documento revisado por el columnista traza la estructura de empresas fachada destinadas al blanqueo de capitales.

Entre estas figuran Inmobiliaria HAGROD, S.A. de C.V, y JIAR Comercial, S.A de C.V., vinculadas a Raúl Emilio Arzate Rodríguez, hermano de Joaquín Israel, dedicadas a la adquisición de inmuebles, la facturación de servicios simulados y la dispersión de efectivo.

Otra empresa ligada a Raúl Emilio Arzate es STRUKTIND, S.A. de C.V., dedicada a la triangulación de recursos “y el apalancamiento financiero”.

En la red aparece también una constructora, PESA KJE, ligada a Emilio Pérez Ojeda, El Ganso o El 47, un líder criminal detenido por delitos contra la salud en noviembre del año pasado, considerado operador de primer nivel de Arzate Rodríguez, a cuyo cargo está la vigilancia de rutas, el control territorial y los grupos de choque.

La investigación incluye empresas dedicadas a bancarizar flujos monetarios y comercializar de manera directa el combustible ilegal en una red de gasolineras a lo largo del país, entre estas se menciona la razón social K-petrom.

Marco Antonio Haro Rodríguez, El R-1, y Ernesto Ezequiel Ochoa, El Cheque, forman parte de la red y están encargados de ejecuciones y ataques armados. 

Israel Portilla Hernández, sigue el documento, tiene a su cargo el monitoreo tecnológico y la colocación de rastreadores GPS. José Armando García Cuéllar es el jefe de escoltas y encargado de la protección personal de Arzate Rodríguez.

La red distribuye el combustible en Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y San Luis Potosí, y lo baja hacia gasolineras del centro del país.

La investigación en curso señala que Arzate tejió la red y estableció las alianzas. Según las fuentes consultadas, el rastreo y la dispersión de flujos llevará a Estados Unidos hasta los beneficiarios de una red en la que el general Martínez Zapata, jefe inteligencia de AMLO, es presentado en el documento nada más y nada menos que como “mando estratégico”.

Fuente.-Hector de Mauleón/EL UNIVERSAL+/

«YO SÍ HUBIERA ENTREGADO a GARCÍA LUNA: CALDERÓN MARCA DIFERENCIAS con la 4T que PROTEGE a ROCHA MOYA»… Bajo su gobierno, «Genarco» era elogiado como García Harfuch.


Felipe Calderón arremete contra López Obrador y el gobierno de Morena, pero cuando Adela Micha pone sobre la mesa a García Luna, el expresidente cambia el terreno de la discusión: de lo que él sabía a lo bien que los estadounidenses trataban a su secretario de Seguridad. Su defensa cabe en tres argumentos: lo condecoraban, compartían información con él y nunca le pidieron extraditarlo. Dicho sin envoltura: si Washington le abría la puerta, ¿por qué él habría de cerrársela? Esa es la lógica de su respuesta, no una explicación de los controles que ejerció sobre su colaborador.

La pregunta de Micha apuntaba a la responsabilidad presidencial: recuerda la frase de López Obrador de que nada ocurre en un gobierno sin que el presidente se entere y vuelve a interrogarlo sobre García Luna. Calderón contesta destacando su interlocución con las agencias estadounidenses y asegura que, de haber recibido una solicitud de extradición, lo habría entregado. El recurso tiene una comodidad evidente: el «yo lo hubiera entregado» describe una decisión hipotética; no responde qué supo, qué investigó o qué supervisó mientras gobernaba.

Rocha Moya: de la defensa propia al contraataque

Calderón utiliza el caso de Rocha Moya para marcar una diferencia entre su administración y la actual. Según sostiene en la entrevista, contra Rocha y otras nueve personas ya existe una actuación judicial estadounidense que debería llevar al gobierno mexicano a proceder. Desde esa premisa, exige que vaya ante la corte y remata con el «que nada debe, nada teme». Así construye su acusación de protección: a él, argumenta, no le solicitaron entregar a García Luna; al gobierno actual le reprocha no actuar ante lo que afirma que ya se solicitó.

El golpe político está claro: Calderón quiere que la diferencia sea entre un presidente que asegura que habría colaborado y un gobierno al que acusa de no hacerlo. Pero el contragolpe no liquida la pregunta original. Comparar solicitudes de extradición no equivale a explicar la vigilancia presidencial sobre un secretario de Seguridad

Harfuch: el parecido está en el trato, no en una culpabilidad

Aquí aparece el paralelismo con Omar García Harfuch, y conviene hacerlo sin fabricar equivalencias: el parecido documentable está en la interlocución privilegiada, el intercambio de inteligencia y el reconocimiento público de Estados Unidos. En marzo de 2026, Harfuch sostuvo reuniones en Washington con los directores de la DEA y del FBI para abordar la cooperación en seguridad. En agosto, el director de la DEA, Terry Cole, lo presentó como un «socio de confianza» y un «buen amigo» de Estados Unidos.

Ese trato recuerda precisamente las credenciales que Calderón invoca para defender su confianza en García Luna: cercanía con las agencias, información compartida y reconocimiento estadounidense. No se trata de afirmar que ambos funcionarios sean iguales, sino de advertir que el mismo tipo de aval puede convertirse en escudo político. Calderón lo utiliza retrospectivamente; el reconocimiento a Harfuch muestra que Washington sigue distinguiendo públicamente a sus interlocutores mexicanos en seguridad.

La conclusión no es que Harfuch deba cargar con las responsabilidades de García Luna. Es que una reunión con el FBI, un elogio de la DEA o una relación estrecha de cooperación no deben confundirse con una auditoría independiente de la conducta de un funcionario. El apretón de manos acredita una relación institucional; convertirlo en absolución es otra cosa.

Ni siquiera Calderón mete a los dos gobiernos en el mismo saco

La entrevista también contiene un matiz que el estruendo del título puede esconder: Calderón reconoce que las áreas de seguridad del gobierno actual están intentando rectificar errores o complicidades del pasado reciente. Su crítica más dura apunta a la estrategia del sexenio de López Obrador y a una reforma judicial que, según sostiene, obstaculiza la reconstrucción institucional. Es decir, distingue entre la política anterior y los esfuerzos actuales de seguridad, aunque cuestione al gobierno en otros frentes

En conjunto, combina una defensa de su trayectoria democrática y de su honestidad personal con acusaciones de corrupción, deterioro institucional y endeudamiento contra Morena; también reprocha a la oposición haberse quedado administrando cargos en lugar de reconstruir una base ciudadana. 

Pero el núcleo más revelador para entender su postura sobre García Luna está en otro lado: cuando le preguntan por su responsabilidad, saca la credencial de Washington. Y esa credencial, ayer como hoy, merece escrutinio, no reverencia.

La entrevista completa:

Con información: La Saga/Adela Micha/

"MARU y la LEALTAD DESECHABLE: ABOGADO de EXFISCAL en el TAMBO ACUSA la TRAICIÓN de GOBERNADORA de CHIHUAHUA"... Una "aberración", dice la esposa.


En el poder, la lealtad puede tener garantía de por vida… hasta que al jefe le llega la primera factura. Entonces, el colaborador indispensable corre el riesgo de convertirse en estorbo con expediente.

Ese es el retrato que hacen de Maru Campos el abogado y la familia del exfiscal de Chihuahua, César Jáuregui: acusan a la gobernadora panista de darle la espalda a quien, según su defensa, se desvivió por protegerla. No describen una simple ruptura política, sino una traición con todo y membrete institucional. 

Luis Villegas Montes, abogado del exfuncionario, puso el ventilador frente al lodo:

“Nunca había visto en mis más de 30 años de experiencia en el ámbito político panista una traición, una mezquindad y un acto tan vil y traicionero”.

En otras palabras: según la defensa, Jáuregui habría confundido la cercanía con un seguro contra el abandono. Y ahora descubre que, en ciertas relaciones de poder, la gratitud no incluye asistencia jurídica ni cobertura contra deslindes.

El exfiscal fue detenido el sábado 17 de octubre por señalamientos relacionados con el operativo de abril en la Sierra Tarahumara, donde se desmanteló un narcolaboratorio y cuya colaboración con agentes de la CIA está bajo investigación. 

Al expediente estatal se sumó una acusación federal por presunta traición a la patria. Son dos vías distintas: una corresponde a las autoridades de Chihuahua y otra a la Fiscalía General de la República.

La escena tiene suficiente pólvora política sin necesidad de inventarle culpables: un antiguo aliado detenido por la institución que antes encabezaba, una gobernadora señalada por la defensa y un caso de seguridad convertido en pleito abierto dentro del panismo.

Mientras sus seguidores protestaban, Angélica Moreno, esposa de Jáuregui, calificó lo ocurrido como “una aberración de la Gobernadora”.

Lo que diría Robert Greene: el favorito también puede ser desechable

La conexión más directa con el libro «Las 48 leyes del poder«, de Robert Greene, está en la ley 26: mantener las manos limpias. No se refiere precisamente a una campaña de honestidad: describe cómo preservar una apariencia impecable haciendo que otros ejecuten las tareas incómodas o carguen con los errores. El mecanismo incluye intermediarios y chivos expiatorios.

Aplicada como lectura política —no como prueba contra Maru Campos—, la pregunta sería: ¿Jáuregui está respondiendo por decisiones propias o está absorbiendo responsabilidades que deberían investigarse más arriba? .La defensa sostiene una narrativa de traición.

Greene añade una vuelta especialmente venenosa: el sacrificado puede ser un colaborador cercano. La llamada “caída del favorito” resulta persuasiva porque al público le cuesta imaginar que alguien entregue deliberadamente a uno de los suyos; por eso puede interpretar el abandono como confirmación de su culpabilidad. 

La otra conexión es la ley 2: no confiar demasiado en los amigos y aprender a utilizar a los enemigos. Greene advierte que la amistad no garantiza lealtad dentro de una relación de poder. Traducido al idioma del pasillo político: compartir partido, campañas y sobremesas no constituye una póliza contra la conveniencia.

«En política, el error no siempre es ser leal. A veces es creer que la lealtad del otro viene incluida«.

Con información: ELNORTE/

«GENERAL la CORRIÓ en CALIENTE: ÁNGELA ACUSÓ a MANDO MILITAR del MUNDO MAYA TRANSA de ABUSO SEXUAL y FUE DESPEDIDA ENSEGUIDA»…el consentimiento no se obtiene por grado militar.


A Ángela la contrataron porque los militares no sabían hacer museos. Ella sí. Lo que no imaginaba era que, además de aportar experiencia, tendría que defender su derecho a trabajar sin soportar insinuaciones, contactos no consentidos y el miedo a perder el empleo por decir que no.

Entró a Grupo Mundo Maya convencida de que la famosa “disciplina” militar era garantía de seguridad. Según su testimonio recogido por el diario español, EL PAÍS, terminó enfrentándose a una versión bastante menos patriótica del mando: un general señalado por abuso sexual, superiores que le recomendaban mantener un “bajo perfil” y una oficina de Recursos Humanos que despachó su salida en menos de un minuto.

El 28 de junio de 2026 denunció ante la Fiscalía del Estado de México al entonces director general del grupo, Adolfo Héctor Tonatiuh Velasco. Dos días después la dejaron sin trabajo. La explicación oficial fue “término de contrato”. Ella sostiene que fue una represalia. La cercanía entre ambos hechos exige una investigación, no una reverencia ante las estrellas del uniforme.

La experta para trabajar; el general para disponer

Ángela —nombre ficticio para proteger su identidad— llegó con estudios y experiencia en México, España y Brasil, un libro publicado y exposiciones internacionales organizadas. No necesitaba que un general le enseñara a trabajar.

“Nosotros no sabemos hacer museos y usted es la experta”, le dijeron cuando la invitaron a incorporarse, en mayo de 2023.

En febrero de 2025, ya bajo la dirección de Velasco, recibió un ascenso por sus “conocimientos, dedicación y profesionalismo”. Poco después, según relata, el reconocimiento profesional dio paso a una invitación insistente a cenar.

Cuando ella intentó desmarcarse diciendo que avisaría a su esposo, el general respondió: “Ya sé que es divorciada”.

Ángela rechazó el acercamiento. A partir de entonces, afirma, comenzaron las exclusiones de reuniones y el aislamiento laboral. Uno de sus superiores le habría explicado la lógica del castigo con una frase demoledora: “Él está enojado con usted y no quiere que se involucre en nada”.

Vaya administración del talento: primero se reconoce la capacidad de una trabajadora; después, según su relato, se le cierran las puertas cuando no corresponde al interés personal del jefe.

El consentimiento no se obtiene por grado militar

La denuncia describe dos episodios ocurridos el 26 y el 28 de enero de 2026. Ángela sostiene que el general la jaló y la besó sin su consentimiento cerca de la boca: primero cuando ella estaba dentro de su automóvil y, dos días después, en un pasillo, frente a una compañera.

Relata vómitos, ansiedad, malestar físico y una sensación persistente de vulnerabilidad. Al periódico mostró recetas médicas correspondientes a esos días, así como comunicaciones con las que avisó a sus superiores.

No estaba pidiendo un privilegio. Estaba denunciando conductas que, según dejó asentado ante la Fiscalía, ocurrieron sin su consentimiento y fueron realizadas por la máxima autoridad de su centro de trabajo.

La respuesta que describe resulta reveladora: le recomendaron no denunciar y dejar que sus superiores “lidiaran” con el general. También le aconsejaron mantenerse fuera de su vista.

Como si la solución fuera esconder a la trabajadora y no investigar al jefe. Como si el problema fuera que ella apareciera en el pasillo y no lo que, según denuncia, él hacía cuando la encontraba.

Para escuchar la denuncia, paciencia; para sacarla, menos de un minuto

El 28 de junio Ángela acudió a la Fiscalía. Solicitó expresamente protección frente a posibles represalias laborales. Al día siguiente envió una copia de la denuncia al Órgano Interno de Control de Grupo Mundo Maya.

El 30 de junio la llamaron a Asuntos Laborales.

Le informaron que su contrato no sería renovado. Cuando preguntó el motivo, recibió una explicación circular: terminaba porque era término de contrato; no se renovaba porque podían no renovarlo.

“Más bien yo creo que es por el hostigamiento sexual y laboral por parte del general Tonatiuh. Yo no voy a firmar nada”, respondió.

La conversación terminó en menos de un minuto.

Para una institución que presume orden, la secuencia merece algo más que una fórmula burocrática: denuncia, aviso al órgano de control y salida de la denunciante en apenas dos días. Determinar si hubo represalias corresponde a las autoridades; presentar el calendario como un detalle irrelevante sería una tomadura de pelo.

Velasco dejó la dirección general ese mismo 30 de junio. El reportaje no establece que su salida haya sido una sanción ni que estuviera relacionada con la denuncia. No corresponde inventarle a la institución una rendición de cuentas que no ha explicado.

El uniforme no puede servir de blindaje

El caso ocurre dentro de Grupo Mundo Maya, el conglomerado militar encargado de administrar aeropuertos, hoteles, parques turísticos y otros negocios. Es decir: el Ejército no solo recibió infraestructura y responsabilidades empresariales; también asumió obligaciones frente a quienes trabajan en ellas.

Pero manejar empresas públicas no convierte a sus trabajadores en tropa obligada a callarse. Y ocupar una dirección general no concede derechos sobre el cuerpo ni sobre la voluntad de nadie.

Además, los antecedentes impiden despachar estas acusaciones como un asunto incómodo sin contexto. En 2022, EL PAÍS revisó más de mil archivos de la filtración de Guacamaya y documentó denuncias de violencia sexual dentro del Ejército, además de testimonios sobre amenazas, traslados y bajas de quienes denunciaban. Esos antecedentes no prueban el caso de Ángela, pero sí vuelven indispensable examinar cómo responde la institución cuando el señalado tiene mando.

Según el reportaje proporcionado, ni la Sedena ni Grupo Mundo Maya respondieron las preguntas del periódico y no fue posible localizar al general. Las acusaciones deben investigarse con garantías para todas las partes: una denuncia no equivale a una sentencia. Tampoco el rango militar equivale a una absolución.

Ángela dice que perdió el empleo, se mudó por miedo y no había recibido avances sobre la investigación al momento del reportaje.

“Yo quiero que esto no se repita”, reclama.

Esa es la prueba que la llamada disciplina militar tiene pendiente: demostrar que sirve para exigir cuentas al mando, no para imponer silencio a quien lo denuncia.

Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/BEATRIZ GUILLEN/