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miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL “CHARLATÁN MATASANOS”: VIDEO de AMLO PONIENDO de EJEMPLO al CÁRTEL de SINALOA EXHIBE la ESTRATEGIA PERTURBADORA»…convertida en política pública en TAMAULIPAS y en todo el PAÍS.


El expresidente Andres Manuel López Obrador «Hablador», no se expresó como jefe de Estado, sino como un médico extraviado que presume la fiebre baja de un paciente porque la infección ya conquistó todo el cuerpo.

El diagnóstico invertido

En una de sus intervenciones mañaneras, el expresidente ensaya una de las racionalizaciones más perturbadoras de su sexenio:donde una sola banda domina, dice, hay menos homicidios. Su ejemplo insinuado fue Sinaloa; el contraste, Michoacán, donde la pluralidad de grupos criminales produce guerra, cadáveres y disputa territorial. La tesis no era combatir el cáncer, sino celebrar que un tumor hubiera devorado a los demás.

Bajo esa lógica torcida, el problema no era que el crimen organizado gobernara territorios, extorsionara comunidades o sustituyera al Estado: el problema era que hubiera demasiados cárteles compitiendo por el control del paciente. La “paz” no se medía por instituciones funcionales, justicia o seguridad ciudadana, sino por la capacidad de una banda dominante para imponer silencio sobre las demás

El charlatán matasanos que recetó enfermedad

La metáfora médica resulta inevitable: el doctor López «Hablador» diagnosticó violencia criminal, pero en vez de extirpar el mal, pareció recomendar que la infección se estabilizara bajo una sola cepa.

  • Si hay diez bacterias peleando entre sí, como dijo sobre Michoacán, hay fiebre, hemorragia y muerte.
  • Si una bacteria elimina a las otras y coloniza el organismo completo, entonces baja el ruido de la guerra.
  • Y el médico, en vez de alarmarse por la septicemia, presume que el paciente “ya no grita”.

Eso es lo que destila aquella declaración en video: una normalización casi clínica de la captura criminal. No importa que el cártel controle rutas, policías, mercados, cobros de piso, municipios y vidas; mientras no haya balacera visible entre facciones, el expediente puede maquillarse como una mejora estadística.

La paz del absceso

AMLO que mas bien debería ser «MALO» ,reconocía que una parte central de los homicidios estaba asociada a enfrentamientos entre grupos criminales y señaló que seis estados concentraban 49% de los asesinatos: Michoacán, Guanajuato, Estado de México, Baja California, Jalisco y Sonora. Pero el remedio que se desprendía de su razonamiento no era recuperar el monopolio legítimo de la fuerza, investigar redes de protección política o desmontar finanzas criminales. Era aceptar, de hecho, la “estabilidad” que nace cuando una organización deja sin rivales a una entidad.

Es una doctrina de salud pública al revés: no curar la epidemia, sino escoger cuál variante habrá de contagiar a todos. No reconstruir el sistema inmunológico del Estado, sino dejar que una bacteria se vuelva hegemónica para que las demás dejen de pelear por el cadáver.

Y así, la reducción temporal o aparente de homicidios podía venderse como éxito que hoy paga Sinaloa, aunque debajo de la gráfica siguieran latiendo la extorsión, la desaparición, el control territorial, el miedo y la impunidad. Menos disparos no significan necesariamente más paz; a veces sólo significan que la banda ganadora ya no necesita disparar tanto.

El doctor de Palacio no ofreció cirugía contra el crimen. Ofreció cuidados paliativos para un Estado invadido por quienes crecieron paralelamente a Morena. Y mientras presumía que la violencia podía disminuir si una sola banda mandaba, convirtió la infección en política pública: dejar que el mal se concentre, se ordene y se extienda por todo el pais, con tal de que no haga demasiado ruido.

Con información: REFORMA/

«COMPLETA CÁRTEL y ESTRATEGIA de FUERZA BRUTA 2 BRUTALES AÑOS DE GUERRA con SINALOA en CALIDAD de REHÉN… atrapada entre criminales y quienes los combaten sin prisa.


Cuando ya se cumplen dos años de la guerra intestina entre facciones del mismo Cártel de Sinaloa, Culiacán vivió ayer otra jornada como rehén: ráfagas, casas baleadas, portones embestidos e incendios. Y, como en demasiadas ocasiones, la respuesta oficial llega después del estruendo, con operativos para “inhibir” lo que nunca pudieron impedir. 

No habrá pastel, pero sí la acostumbrada pirotecnia criminal: este miércoles se cumplen dos años de la guerra entre bandos de una misma banda, detonada por una traición interna en el Cártel de Sinaloa, animada por la conducta narca y la ambición de un gobernador de Morena, solapado por el poder institucional.

Culiacán recibe el aniversario con balazos, incendios, vehículos robados y portones de viviendas particulares convertidos en blanco de embestidas armadas.

Porque si algo ha dejado claro esta guerra de familia, es que la estrategia militarizada podrá llenar avenidas de uniformes, patrullas y comunicados, pero no ha conseguido lo elemental: evitar que la población quede atrapada en medio de una disputa criminal que parece no tener fecha de vencimiento.

En las colonias Chapultepec, Díaz Ordaz, Rafael Buelna y Colinas de San Miguel, grupos armados dispararon contra viviendas, incendiaron vehículos, despojaron a un conductor de su unidad y usaron automóviles para intentar derribar portones. La autoridad, fiel al libreto, pidió a la ciudadanía atender las indicaciones de las fuerzas de seguridad desplegadas en la ciudad; es decir, que los civiles se cuiden como puedan mientras el Estado intenta alcanzar a la violencia que otra vez le pasó por encima.

No se reportaron personas muertas ni heridas en esta oleada, y eso será presentado seguramente como un respiro. Pero que no haya cadáveres en el parte no significa que haya seguridad: hay familias encerradas, rutas alteradas, negocios paralizados y una ciudad obligada a normalizar que las balas decidan cuándo puede salir de casa.

Dos años después, el problema no es sólo que las facciones criminales sigan en guerra. El escándalo mayor es que, pese al despliegue militar y policial, la prioridad visible continúe siendo la captura, el golpe mediático o el decomiso, mientras la obligación más urgente —salvaguardar la vida, la integridad y los bienes de la población— sigue tratándose como daño colateral.

En Sinaloa, la guerra entre los mismos de siempre cumple años. Los ciudadanos, en cambio, siguen sin tener nada que celebrar y el que se iba quedar por orden presidencial hasta resolverlo, solo hizo visitas de doctor y terapia grupal de frustraciónes compartidas.

Con información: ELUNIVERSAL/ NOROESTE/

martes, 8 de septiembre de 2026

“DIARIO ESPAÑOL ESTUVO en NUEVO LAREDO y NARRA OPERACIÓN de LIMPIEZA SOCIAL COCINADA desde CUARTELES”…para cobrar la muerte de un comandante.


Si existe una red que mantiene a México en movimiento sin pedir permiso, sin presupuesto y sin aparecer en los organigramas del poder, es la de las mujeres. Invisible para quienes gobiernan desde oficinas blindadas, pero demasiado obstinada y poderosa como para que el país siga fingiendo que no la ve. He hecho una decena de reportajes sobre madres que buscan a sus hijos desaparecidos; sobre padres, ninguno. Son ellas quienes sostienen esa llama de lucha y dignidad en un país que parece diseñado sobre fosas clandestinas y que ya acumula más de 125.000 personas desaparecidas. Por ellos —casi siempre— son ellas las que preguntan, buscan, insisten y se niegan a guardar silencio.

Entre febrero y mayo de 2018, 30 hombres fueron secuestrados en Nuevo Laredo. El principal sospechoso no era una célula criminal más de las que administran el terror a balazos, sino el Ejército: una operación de limpieza social cocinada desde los cuarteles para cobrar la muerte de un comandante y hacer desaparecer a quienes, según su propia lógica, pertenecían al crimen organizado. Sin juicio, sin orden judicial, sin detención legal, sin rastro. El método mexicano para borrar problemas: convertir seres humanos en silencio.

En ese grupo estaba Israel. Una tarde tomaba cerveza, sentado en una silla del porche de su casa, cuando dos camionetas de la Armada frenaron frente a él. Pronunciaron su nombre en voz alta, lo subieron a golpes y se lo llevaron. Fin de la escena. Inicio de la desaparición.

Su esposa me lo contó sentada en ese mismo porche. También me mostró los videos de las cámaras de seguridad de la casa. No era una de esas historias que las autoridades despachan con el clásico “no se sabe qué pasó”. Se sabía demasiado bien.

De Marco Antonio tampoco se volvió a saber. Dos patrullas lo interceptaron mientras cargaba gasolina. Cuatro uniformados bajaron, lo metieron a culatazos en uno de los vehículos y dejaron la manguera colgando de la boca del depósito, como si la urgencia por levantarlo estuviera por encima incluso del teatro mínimo de fingir normalidad. Las cámaras de la gasolinera lo grabaron todo.

El caso de José Luis tuvo todavía menos pudor. Celebraba un cumpleaños infantil, rodeado de decenas de familias, cuando llegaron 20 militares. Ordenaron a todos tirarse al piso, incluidos los niños. Entre la multitud, el oficial al mando lo eligió a él. Lo hincaron de rodillas, lo golpearon varias veces con un trozo de madera y ordenaron llevárselo. Nada clandestino. Nada sofisticado. Terror administrativo: uniforme, armas, testigos y la seguridad de que nadie cobraría la factura.

La operación se repitió una y otra vez entre febrero y mayo de 2018. Treinta personas secuestradas en una ciudad que ni siquiera alcanza el medio millón de habitantes. Ninguna terminó en prisión. Ninguna volvió a casa. Ninguna tenía antecedentes penales. Ninguna fue detenida en flagrancia. Pero en México —sobre todo en ciertas fronteras— la presunción de inocencia puede durar menos que una patrulla detenida frente a tu puerta.

La frontera que devora historias

Tamaulipas, pegado a Texas, es la principal aduana terrestre de América Latina y una de las regiones más violentas del continente. Es la ruta más directa hacia Houston, Nueva York o Miami y, por eso mismo, una trituradora humana para migrantes de toda América. También funciona como corredor para cualquier mercancía ilegal que el mercado o la imaginación puedan procesar: fentanilo, niñas, órganos y animales exóticos hacia un lado; armas, dinero y prófugos hacia el otro.

Allí, Ejército y los Zetas del Cartel del Noreste comparten escenario y se disputan el control a cara de perro. Pero Tamaulipas también es la región más silenciada de México: un agujero negro donde la información entra, se asfixia y rara vez vuelve a salir.

Cuando llegué, los teléfonos viejos de reporteros que me habían ayudado una década antes ya no servían. No porque hubieran cambiado de número, sino porque muchos ya no estaban. Se habían ido, habían pedido asilo en Estados Unidos o habían abandonado el periodismo como quien abandona una casa en llamas: para seguir vivos.

Quedaban apenas un par de activistas de derechos humanos, gente dispuesta a jugarse la vida para realizar el trabajo que el Estado evade. En ese paisaje, Nuevo Laredo era el epicentro: una ciudad con las tasas de homicidio más altas de la región y el primer lugar nacional en personas desaparecidas.

Y, pese a todo, las mujeres salieron.

Madres, esposas, novias y hermanas de los desaparecidos se organizaron para exigir justicia. Durante seis meses, desde el primer “levantón”, recorrieron morgues, hospitales, cárceles, basureros, vertederos y descampados de la periferia donde sospechaban que podían haber arrojado los cuerpos. Caminaron por una tierra seca, árida y estéril, bajo temperaturas de hasta 48 grados, buscando huesos, ropa, botones, tierra removida; cualquier cosa. Una señal mínima. Una pista miserable que les permitiera pensar que los suyos estaban debajo de aquella tierra.

Durante esa semana en Nuevo Laredo entré a sus casas. Me dieron nombres. Me mostraron grabaciones de cámaras de seguridad donde se veía, con una claridad obscena, a los soldados llevándose a sus familiares. Todo era tan burdo que provocaba vergüenza ajena: los militares ni siquiera se molestaron en vestirse de civiles ni en esconder los vehículos. Ni máscara, ni coartada, ni esfuerzo. Apenas la tranquilidad de quien supone que nadie se atreverá a pedirle cuentas.

Ellas se plantaban una y otra vez frente a la Fiscalía para exigir investigación. No lograron nada. A sus protestas acudían menos de diez personas. Para las autoridades y para muchos vecinos, Karen, Erika, Gabriela y Azeneth eran “un hatajo de viejas mitoteras”: las incómodas, las escandalosas, las que caminaban juntas por los sitios hacia donde el resto había decidido no mirar.

Pero las “mitoteras” empezaron a multiplicarse.

Se sumaron otras madres y esposas con hijos y maridos desaparecidos. El pequeño grupo de supuestas revoltosas se convirtió en una red creciente de mujeres que se reunía todos los días, a la misma hora, para buscar a los suyos. Llevaban un paraguas para sobrevivir al sol y las herramientas precarias que hubiera a mano en casa: una pala, un martillo, una cuchara, un destornillador. Con eso enfrentaban el desierto, las fosas, el miedo y la indiferencia oficial.

Dos Karlas contra el aparato del silencio

Nosotros dormíamos del lado estadounidense, por seguridad, y cruzábamos todos los días a Nuevo Laredo para reportear. El caso me interesaba porque, después de seis meses de parálisis, la investigación empezó a moverse de la forma menos esperada: gracias a dos mujeres que no se conocían y vivían separadas por cientos de kilómetros.

En Ciudad de México, Karla Quintana era comisionada nacional de búsqueda de desaparecidos, al frente de una oficina que dependía de la Presidencia. Era un cargo creado por López Obrador al inicio de su gobierno, como parte del anuncio de que ahora sí las cosas funcionarían de otro modo. La realidad, en cambio, resultó más familiar: la oficina fue relevante mientras servía para la fotografía y dejó de importar cuando la inacción presidencial comenzó a recibir críticas.

Quintana detectó señales demasiado evidentes de participación de la Marina. El problema era que en Tamaulipas no había un solo juez dispuesto a inmolarse abriendo una investigación de semejante tamaño contra la élite militar mexicana. Entonces supo de Karla Macías, jueza de 44 años, originaria de Guanajuato, que meses antes había firmado una de las escasísimas condenas contra el Ejército por desaparición forzada.

Las dos hablaron. Quintana promovió un amparo previsto por la ley para trasladar un expediente cuando no existen condiciones para investigarlo en su región de origen. El caso salió de Tamaulipas y aterrizó en el Juzgado Noveno de Guanajuato, bajo la responsabilidad de Macías: a 350 kilómetros de Ciudad de México y a 900 kilómetros de Nuevo Laredo.

La jueza, de voz suave y cuerpo menudo, empezó a incomodar a gente que llevaba demasiado tiempo sin recibir preguntas. Presionó a la Fiscalía para que reuniera pruebas. Exigió a los mandos militares las bitácoras de los operativos y los nombres de los soldados participantes. Solicitó las grabaciones. Ordenó rastrear los GPS de los vehículos sospechosos.

No es normal que una jueza cuestione al Ejército. Tampoco es habitual que mujeres marchen con el rostro descubierto en Tamaulipas o salgan a buscar restos humanos allí donde el poder preferiría que no quedara ni memoria. Pero, de pronto, coincidieron madres, esposas y hermanas; una abogada; y una jueza que ni siquiera se conocían. Una mano invisible, fabricada con rabia, dolor y terquedad, empezó a cerrarse alrededor del Ejército.

En esa zona del país, donde protestar, marchar o remover la tierra buscando huesos puede costar la vida, eso equivale a una rebelión.

Lo que ellas sí movieron

Siete años después, las dos Karlas —Quintana y Macías— consiguieron empujar las investigaciones: hay siete elementos de la Marina en prisión. Las pruebas eran tan evidentes que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos señaló a las fuerzas federales mexicanas como responsables de más de 50 desapariciones.

La historia no alteró el curso general de las cosas. El periodismo tampoco cambia nada, aunque cada reportero se siente frente a la computadora convencido —al menos por unas horas— de que esta vez sí. El periodismo revela, documenta y expone; después, otros deciden si hacen algo con ello o si lo archivan debajo de la montaña nacional de impunidad.

Ellas sí cambiaron algo.

Ellas me enseñaron a mirar de otro modo el país donde vivía. Se conocieron en el peor momento posible: mientras buscaban los huesos de sus familiares. Pero verlas cada mañana era una descarga de energía. Iban con azadones, palas y destornilladores; buscaban casi sin esperanza, pero al encontrarse con otras mujeres también habían encontrado una forma de sanar. Una manera de caminar, de preocuparse y de existir en un país que se empeña en dejar a las víctimas solas.

Las escuché cantar. Las escuché contar chistes mientras revisaban basureros y removían tierra para encontrar los restos de sus hijos. Por eso hay que contar, lo mejor posible, las dos caras de una misma moneda: la de la pistola que desaparece; la de los huesos que aparecen —o no—; y la de las madres que se niegan a permitir que el país entierre a los suyos dos veces.

Con información; DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/JACOBO GARCIA/

“ZACATECAS PAGA la FACTURA de la PAZ NARCA NEGOCIADA entre CÁRTELES y GOBIERNO”… nunca son para siempre, como en Sinaloa.


Zacatecas ,bajo el gobierno de MORENA y David Monreal, no está viviendo un “repunte” aislado de violencia ni una racha de hechos desconectados: está pagando la factura de la ruptura de un arreglo criminal que mantenía los homicidios bajo control aparente. La llamada pax narca entre el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y la facción de Los Mayos —la Mayiza— se hizo pedazos, y el estado vuelve a ser tablero de una guerra por rutas, plazas y complicidades políticas.

Zacatecas: la paz era un pacto, no seguridad

La explosión de un coche bomba frente a la sede policial de Ojocaliente, el 30 de agosto, dejó al menos 11 personas heridas, daños en más de 63 viviendas y 15 vehículos. 

Pero reducir el caso a un atentado espectacular sería quedarse en la metralla: el ataque exhibe que los grupos criminales ya no sólo se disputan territorio, sino que han decidido aumentar el costo de la confrontación para autoridades y civiles. 

Las autoridades atribuyen la agresión, bajo sospecha, al CJNG. El mensaje no era sutil: Ojocaliente es un punto estratégico entre Aguascalientes y Jalisco y, además, se ubica en una franja considerada de influencia de la Mayiza. Es decir, el CJNG habría llevado la guerra al patio de su rival y la habría estacionado, literalmente, frente a una corporación policial. 

La ruptura entre CJNG y Mayiza

La Mayiza, encabezada por Ismael Zambada Sicairos, Mayito Flaco, ha extendido su presencia hacia el norte y centro de Zacatecas. Ahí choca directamente con el CJNG. Hasta hace poco, esa rivalidad parecía administrada por el gobierno mediante una tregua informal: menos homicidios no porque hubiera paz, sino porque los criminales habían pactado límites. 

El problema es que esos límites se desfondaron entre el 16 y el 18 de julio. Diez personas fueron asesinadas en Pánuco, Morelos y Sain Alto; cinco de ellas terminaron colgadas de puentes en la carretera Zacatecas–Saltillo. Tres días después, la Mayiza y su aliado, Los Cabrera, se adjudicaron los hechos y lanzaron una advertencia con olor a extorsión política: exigieron al gobernador David Monreal que “cumpla y respete” los supuestos acuerdos que integrantes de su gabinete tendrían con esa organización. 

No fue una acusación al aire. Entre las víctimas figuraban el exalcalde de Sombrerete, funcionarios y empresarios de Fresnillo, además de un exintegrante de un cabildo de Durango. La selección de blancos sugiere una ofensiva que no se limita a sicarios contra sicarios: toca redes locales de poder, protección, negocios y control territorial. 

La guerra se moderniza

La escalada también se mide por las herramientas. Zacatecas pasó de registrar un ataque con explosivos en 2024 a seis en 2025 y diez durante lo que va de 2026, según datos citados por el gobernador Monreal. Coche bombas, drones cargados de explosivos y minas terrestres ya forman parte del repertorio. 

Eso importa porque transforma el riesgo cotidiano. Una guerra de cárteles deja de estar confinada a brechas, rancherías o emboscadas entre convoyes: ahora puede estallar junto a una comandancia, una carretera o una comunidad. El civil deja de ser espectador; queda convertido en daño colateral previsible.

Lo que realmente ocurre

Zacatecas es una pieza codiciada por su posición: conecta corredores de movilidad y tráfico entre el centro, el norte y el occidente del país. Quien controle municipios, carreteras y autoridades locales no sólo gana una plaza; gana capacidad para mover droga, armas, dinero, personas y protección política.

La lectura incómoda es ésta: la disminución de homicidios que se presentó como mejora de seguridad fue , en buena medida, una pausa negociada y formada entre delincuentes y de testigo el gobierno. Cuando esos acuerdos se rompen, aparecen los cuerpos en puentes, los videos de “declaración de guerra”, las acusaciones de colusión y los coches bomba. 

Con información: INSIGHT CRIME/

LA “PIEDRA en el ZAPATO”: DIARIO ESPAÑOL NARRA ESCANDALOS e INFIERE el PODER de ANDY, que PARECE estar está por ENCIMA del NIVEL de SALARIO de SHEINBAUM»… es el único animal político que no necesita tramitar un amparo.


Andy López Beltrán no es un simple militante de Morena que busca ser Diputado Federal,tampoco es una incomodidad menor en el zapato de Claudia Sheinbaum. Es, más bien, la extensión política —con apellido, herencia y operadores— del poder que dejó Andrés Manuel López Obrador instalado dentro de Morena.

La Presidenta puede despachar desde Palacio Nacional, encabezar conferencias, firmar decretos y administrar el presupuesto federal. Pero hay un territorio que parece rebasar el organigrama, el protocolo ,el nivel de su salario y hasta la investidura presidencial: el de “Andy”, depositario informal de una influencia que no depende del cargo, ni de las atribuciones constitucionales.

No figura como jefe de Estado, no recibe el sueldo de una presidenta y no está sometido a los límites de una administración formal. Sin embargo, su gravitación en la vida interna de Morena exhibe una paradoja incómoda: mientras Sheinbaum gobierna el país con los instrumentos institucionales, el hijo del expresidente conserva margen para mover hilos en el partido que sostiene ese gobierno.

El problema no es únicamente familiar ni anecdótico. Es político. Porque cuando un heredero del obradorismo opera con un peso que parece escapar a la capacidad de contención de la Presidenta, Morena deja de ser sólo el partido en el poder y vuelve a parecer una casa donde el patriarca ya se fue, pero su apellido todavía manda.

Sheinbaum carga así con una presidencia de tamaño constitucional ; Andy, en cambio, parece jugar en una liga distinta: la del capital político heredado, sin oficina presidencial, sin mandato popular propio y, aparentemente, sin un freno visible desde Palacio.

Asi lo dice EL PAIS

La oposición en México atraviesa sus horas más bajas, según la mayoría de las encuestas, y batalla cada vez más para insertarse en la conversación, poner en el ojo público sus propuestas y alternativas a la hegemonía de Morena. Lo que, sin embargo, ha sabido hacer muy bien es aprovechar los derrapes del oficialismo, balones de aire para salir a flote de la irrelevancia. Lujos, despilfarro, arrogancia, nexos con empresarios, negocios turbios desde la política, todo aquello que Morena prometía combatir. Las polémicas de Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente y fundador de Morena Andrés Manuel López Obrador, lo han mantenido en los titulares durante las últimas semanas y han obligado a la mandataria Claudia Sheinbaum a entrar en la arena de la pugna política. Un frente más entre un sinfín de prioridades, desde la economía y la inseguridad doméstica a las enormes presiones de Estados Unidos.

Un hombre habituado a trabajar en solitario, siendo él su propio estratega, sin jefes (descontando si acaso la figura de autoridad de su padre y de Sheinbaum), López Beltrán, de 40 años, anunció en mayo sus aspiraciones a una diputación local por Tabasco, de donde es originario. Desde entonces, el marcaje de la prensa y de la oposición ha sido implacable, aunque la estela de escándalos viene de antes, desde que decidió salir de las sombras a que lo confinó López Obrador y hacer una carrera en la política desde la dirigencia de Morena. Los adversarios del oficialismo convirtieron a López Beltrán en el enemigo predilecto. Considerado una especie de extensión de López Obrador, como heredero, los yerros de López Beltrán pretenden alcanzar a su padre y de ahí al movimiento mismo.

“Narcopartido”, “narcogobierno”, “narcopresidenta” son los dardos recurrentes de la oposición, acentuados a raíz de las acusaciones de Estados Unidos a los supuestos nexos de políticos de Morena con el crimen organizado. Washington puso la gasolina y el cerillo, luego de acusar en marzo al ya exgobernador de Sinaloa Rubén Rocha de colaborar presuntamente con los sucesores en el cartel de Joaquín El Chapo Guzmán. A la par, varios morenistas han perdido sus permisos migratorios para viajar a EE UU, lo que ha alimentado especulaciones sobre supuestas indagatorias al otro lado de la frontera en su contra por corrupción o narco. Los mandatarios de Baja California, Tamaulipas y Sonora, todos de Morena, han sido señalados por perder sus visados. Si bien las razones de EE UU para revocar visas no son públicas, la oposición ha dado vuelo a un veredicto. Son “narcogobernadores”, ha lanzado.

El último protagonista de la saga de las visas fue López Beltrán. A mediados de agosto, él mismo dio a conocer la cancelación del documento mediante una inflamada carta, en la que denunció el “estilo hitleriano” de la decisión del Gobierno de Donald Trump. Aunque el hijo de López Obrador aseguró que Washington carecía de pruebas en su contra de “algún acto inmoral o delictivo”, la campaña de la oposición ha calado en parte de la opinión pública. De acuerdo con una encuesta de Enkoll, tres de cada diez mexicanos cree que EE UU le retiró la visa, precisamente, por algún acto ilícito. Son menos quienes piensan que la decisión obedece a diferencias diplomáticas entre los dos países, o que sea una medida para presionar al Gobierno de México, como señaló la presidenta Sheinbaum tras la carta de López Beltrán. “Tiene un sentido político esencialmente. No veo otra razón”, declaró la mandataria.

Ha sido difícil para el hijo del expresidente escudarse en el argumento de la politiquería luego de que aparecieran alusiones en el espinoso caso del huachicol fiscal que envolvió a la Marina. En el expediente, uno de los marinos implicados en la trama corrupta mencionó el nombre de un tal “Andy”. Políticos de la oposición y algunos columnistas han afirmado, sin más pruebas que esa mención, que se trata inequívocamente de López Beltrán, a quien sus cercanos llaman, justamente, Andy. Otra arista que presuntamente lo vincula al huachicol es su relación con el empresario Amílcar Olán, acusado de beneficiarse de su amistad con los hijos de López Obrador para obtener contratos en los grandes proyectos de la Administración anterior. Olán, supuestamente, está relacionado con una empresa investigada por la Fiscalía por contrabando de combustible, Portacelis Gas and Oil.

Al lado de estos graves señalamientos, queda muy pequeño aquel escándalo por sus costosas vacaciones en Japón en el verano de 2025, que le atrajeron críticas dentro y fuera de Morena -incluidas las de la presidenta- por contravenir los principios de vida austera que estableció el fundador del movimiento. La filtración de su viaje lo distanció de la entonces dirigente del partido, Luisa Alcalde -él era el secretario de Organización-, y ese conflicto condujo a Morena a una deriva que comenzaba a entorpecer el proyecto de Sheinbaum. La mandataria tuvo que intervenir para desatorar una parálisis surgida de dos políticos del mismo bando que no supieron entenderse.

No puede decirse que todos son yerros de López Beltrán. Hay también mucho de juego sucio. Cuando estalló el asunto del huachicol de la Marina, alguien tramitó amparos a nombre de él y sus hermanos —sin su conocimiento— para hacer creer que estos temían a la justicia. Recientemente, López Beltrán fue seguido hasta un restaurante y fotografiado en una reunión con dos empresarios. No se supo a ciencia cierta de qué se habló ahí, pero varios medios y articulistas especularon: huachicol, negocios por debajo de la mesa, pactos inconfesables. López Beltrán, como otras veces, salió a desmentir los señalamientos. El problema es cuántas veces. Es la enorme diana que carga en la espalda, que lo sobrepasa y atrae los tiros más allá de él.

Con información : DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS /ZEDRIK RAZIEL