Rodolfo Torre Cantú no sólo fue “el gobernador que no fue”: fue el parteaguas sangriento que empujó al PRI tamaulipeco del poder al olvido y dejó un expediente congelado como monumento al cinismo institucional.
El convoy al matadero
La mañana del 28 de junio de 2010 arrancó como tantas otras en la Tamaulipas de plomo: campaña, aeropuerto, cierre en la frontera, virtual triunfo asegurado, rutina del poder en vísperas de elección.
A las 10:00, el candidato de la coalición “Todos Tamaulipas” —PRI, Verde, Nueva Alianza— enfila por el libramiento Naciones Unidas rumbo al aeropuerto de Ciudad Victoria; le siguen tres vehículos que no llevan propaganda, llevan muerte.
En el kilómetro 9 de la carretera a Soto La Marina, uno de esos vehículos impacta la camioneta de Torre: dentro van él, su jefe de campaña Enrique Blackmore, su cuñado Enrique de la Garza y su secretario particular Alejandro Martínez; los escoltas viajan en otra unidad.
Hombres con uniforme militar bloquean la vía con vehículos para que nadie atestigüe nada; primero gritan, luego ordenan tirarse al suelo, finalmente descargan armas de alto poder hasta dejar regados 88 casquillos de calibres 7.62 x 39, .223 y 9 mm sobre el asfalto.
Rodolfo muere ahí mismo, junto con Blackmore y los escoltas Luis Gerardo Sotero, Rubén López y Francisco López Catache; sólo Enrique De la Garza y Alejandro Martínez sobreviven a un ataque que duró menos de dos minutos y cambió décadas de historia política.
El virtual gobernador de Tamaulipas cae emboscado a plena luz del día: ni siquiera les dieron el lujo de un misterio nocturno, fue un mensaje diáfano estampado en la carretera.
La hija, el duelo y el país que no sanó
Paulina tenía 15 años cuando le arrebataron a su héroe.
Ese lunes caluroso debía viajar con su papá al evento de Matamoros, pero él le dijo que mejor se fuera más tarde con su mamá: el tipo de decisión doméstica que nunca imaginamos que será la diferencia entre ver a alguien llegar o sólo ver su nombre en el pésame oficial.
Mientras el convoy era masacrado, en la casa corría otra narrativa: “Nos vamos a tener que esperar porque hay un enfrentamiento en la carretera”, le dice su madre, pero el celular del padre no contesta y las horas siguientes se vuelven un túnel sin señal.
En su libro Sí a vivir, publicado diez años después, Paulina escribe que entre gritos, golpes y balazos perdió el sentido de la vida, se ahogó en sus emociones y vio todo negro hasta que un día eligió ver colores; decidió resignificar el dolor, amar distinto y perdonar incluso al autor intelectual del magnicidio.
Ella tomó el camino de la tanatología, del acompañamiento, de hacer consciente un duelo que a los 15 años vivió en estado de shock, sin procesar, sin saber cómo se llora cuando el país entero opina sobre la muerte de tu padre.
Mientras tanto, el Estado mexicano prefirió otra terapia: archivar, clasificar por 12 años la investigación en la entonces PGR como “información reservada”, dejar que pasen 16 años sin que se sepa nada del expediente y confiar en que el tiempo también anestesia la indignación.
El PRI en shock… y en caída libre
El PRI-Gobierno entra en shock, sí, pero no al grado de suspender la elección; que se muera el candidato en la carretera no significa que se detenga el calendario electoral.
En medio de la crisis, deciden el relevo: el hermano del asesinado, Egidio Torre Cantú, político de bajo perfil, regidor, exalcalde suplente, empresario constructor, es presentado apenas dos días después del atentado y tres antes de la votación.
Las boletas conservan el nombre de Rodolfo, pero legalmente se sustituye por Egidio: una alquimia jurídica que convierte el voto sentimental en victoria aplastante.
Según el analista Evaristo Benítez, ése fue el último gran triunfo del priismo tamaulipeco: casi 700 mil votos, antes de comenzar una caída constante que seis años después, en 2016, dejaría al candidato Baltazar Hinojosa con poco más de 500 mil sufragios.
Del tricolor hegemónico pasaron al espectáculo del derrumbe: el PRI pierde gubernatura y mayoría en el Congreso, llega el PAN con Francisco García Cabeza de Vaca y más de 720 mil votos a punta de promesas de cambio, y luego Morena remata con Américo Villarreal y más de 730 mil votos.
Hoy, el priismo tamaulipeco araña apenas 65 mil votos en todo el estado y queda relegado como cuarta fuerza, rebasado incluso por Movimiento Ciudadano; del “Todos Tamaulipas” al “casi nadie los recuerda”.
Evaristo lo resume sin anestesia: el magnicidio fue parteaguas del declive electoral del PRI, y la falta de avances en la investigación sólo alimentó el desencanto y el desgaste del partido.
La memoria política es tan corta que incluso esa frase —“el gobernador que no fue”— se ha ido diluyendo; ahora son pocos los que todavía hablan de Rodolfo en esos términos, aunque su ausencia sigue siendo uno de los hechos más determinantes de la historia reciente tamaulipeca.
El expediente congelado y el olvido deliberado
Dieciséis años después, el caso se mantiene como capítulo no aclarado: el expediente sigue prácticamente congelado, sin voluntad institucional para profundizar, con la investigación de la PGR enterrada en la categoría de “información reservada”.
El mensaje es claro: el crimen organizado es una amenaza permanente, pero el archivo muerto también; la justicia se administra en dosis homeopáticas, mientras el silencio oficial crece como hiedra sobre la escena del crimen.
El PRI, además, decidió borrar a su personaje más querido de su propio imaginario: los homenajes de los primeros años fueron perdiendo fuerza hasta volverse actos desangelados, con escasa asistencia, como si el partido tuviera prisa por superar a su mártir incómodo.
Según Benítez, desaprovecharon la oportunidad de preservar la figura de un político carismático, cercano a la ciudadanía, cuya imagen pudo convertirse en faro en medio del naufragio; prefirieron que se disolviera en misas vacías y discursos de protocolo.
En el vacío de liderazgo que dejó Rodolfo, ninguna otra figura priista logró ocupar ese espacio; mientras el partido se despedazaba en divisiones internas, otros proyectos supieron capitalizar el descontento ciudadano.
El resultado es un mapa donde Morena domina, el PAN resiste y el PRI observa desde el rincón, como invitado que llega tarde al velorio y ya nadie recuerda que fue dueño de la casa.
Un magnicidio como espejo de país
El asesinato de Rodolfo Torre Cantú es más que una bala en la línea de tiempo del priismo: condensa un país donde matan al virtual gobernador a plena luz del día, la investigación se esconde bajo 12 años de reserva, el partido se apropia del voto sentimental y luego deja morir la memoria a fuerza de desaires.
Mientras la hija convierte el duelo en libro, en coaching, en acompañamiento, las instituciones convierten el crimen en estadística, en archivo congelado, en fosa burocrática.
Tamaulipas cambió de manos, de colores y de discursos, pero el kilómetro 9 de la carretera a Soto La Marina sigue ahí, como una línea subrayada en la biografía del estado: dos minutos de fuego y 88 casquillos bastaron para reescribir la historia política.
Que hoy casi nadie recuerde al “gobernador que no fue” habla menos de él y más de nosotros: de una cultura política que metaboliza magnicidios como si fueran trending topic de 24 horas, mientras los expedientes se pudren en silencio.
Con información: MILENIO/




