Joel René Cárdenas Carrillo volvió a Colima para celebrar el cumpleaños de su padre. Ahora está preso, acusado de robar combustible, y su esposa denuncia que lleva tres semanas sin saber a qué penal lo trasladaron. La FGR asegura que lo detuvo en flagrancia; la familia sostiene que lo arrestaron después de un partido de fútbol y que lo golpearon. Entre ambas versiones hay una pregunta elemental que sigue sin respuesta para sus familiares: ¿dónde está exactamente ?
Dos versiones, una celda
Cárdenas Carrillo tiene 46 años, es soldador, nació en Colima y lleva más de 25 años viviendo en Estados Unidos, donde se naturalizó en 2007. Reside con su familia en Visalia, California. Tras casi cinco años sin visitar su tierra natal, regresó el 16 de junio; tenía previsto volver a California el sábado 15 de agosto. Tres días antes, el miércoles 12, terminó detenido en Manzanillo.
Según su esposa, Verónica Sánchez, aquel día salió a caminar a un cerro y después acompañó a unos familiares a un partido del equipo amateur de su padre. Su colaboración, dice ella, consistió en llevar botellas de agua. Al terminar el encuentro, su padre y él salieron en vehículos separados. Joel iba con su amigo Leonel Cárdenas Rodríguez, quien también fue detenido. Varias patrullas les cerraron el paso y, de acuerdo con el relato de Sánchez, los policías golpearon a su marido y lo acusaron de huachicol.
La Fiscalía General de la República cuenta otra historia. En un comunicado de finales de agosto, afirmó que Joel “N” y otros cinco hombres fueron sorprendidos mientras sustraían hidrocarburos de un ducto que llega a instalaciones de Pemex en Manzanillo. También reportó que, en otro lugar presuntamente relacionado con sus actividades, aseguró siete pipas, tres camionetas y combustible robado, además de localizar dos tomas clandestinas. Esa es la acusación oficial, no una sentencia.
La cancha está junto a una instalación de Pemex y se accede por la calle Del Trabajo, donde suelen hacer fila camiones cisterna para cargar gasolina y diésel. A pocas cuadras se encuentra el puerto de Manzanillo. La cercanía forma parte del escenario; por sí sola, no resuelve qué hacía cada detenido ni cuál de las versiones se sostiene con pruebas.
Golpes denunciados, respuestas pendientes
Desde una cárcel de la ciudad de Colima, Cárdenas Carrillo escribió una carta: “No soy culpable de esas cochinadas”. También relató: “Nos bajaron y nos arrastraron para adentro. Nos golpearon y no dieron chanza de nada”. Le pidió a su esposa reunir su pasaporte estadounidense, los boletos de avión, las tarjetas de presentación de su negocio de soldadura y la ubicación de las cámaras cercanas a la cancha. No pedía un favor: pedía elementos para defenderse.
Sánchez, una trabajadora del campo de 47 años, viajó desde California apenas supo del arresto. Llegó cuando se celebraba la audiencia en la que le presentaron el cargo de sustracción ilícita de hidrocarburos. Lo vio con uniforme de reo, cabizbajo y desbordado. “Ahí fue cuando él me vio y se agarró llorando”, contó a EL PAÍS. Según ella, parecía estar en shock.
Durante una visita posterior, su marido le dijo que lo habían golpeado y que pasó varios días sin comida ni agua mientras estuvo detenido en una cárcel de Manzanillo. Ella denuncia que fue arrastrado, expuesto durante horas al sol sobre piedras y grava, y recibió patadas en la cabeza y el estómago. Sánchez considera que esos actos constituyeron tortura; el reportaje no recoge una determinación independiente que confirme esa denuncia.
Una jueza de control declaró legal la detención de los seis acusados y les impuso prisión preventiva, según el comunicado de la FGR. La siguiente audiencia está prevista para el 20 de octubre. Mientras el expediente tiene fecha para su próxima cita, la familia sigue sin tener claridad sobre el lugar de reclusión.
El paradero y el burocrático rebote
La Embajada de Estados Unidos confirmó que atiende el caso por la ciudadanía estadounidense de Cárdenas Carrillo y que está brindando asistencia consular. También indicó que permanece detenido en Colima, pero no ofreció más información, alegando privacidad y otras consideraciones. No se pronunció sobre los señalamientos de tortura.
El dato incómodo es otro: según la revisión realizada por EL PAÍS, su nombre no aparecía en el Registro Nacional de Detenciones de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, ni como mexicano ni como extranjero. Esa ausencia no demuestra por sí sola una desaparición, pero tampoco despeja la incertidumbre de una esposa que denuncia llevar tres semanas sin saber a qué penal lo trasladaron.
Las respuestas institucionales parecen una ventanilla que manda a otra ventanilla. La Secretaría de Relaciones Exteriores dijo al periódico que el asunto corresponde a la FGR. Un portavoz de la Fiscalía en Colima remitió las preguntas a la autoridad responsable en Manzanillo. Hasta la publicación del reportaje, las respuestas solicitadas no habían llegado. Mucha remisión; poca explicación.
“Quieren usarlo para cubrir a alguien; no sabemos. O que lo quieran desaparecer. Ese es el miedo”, declaró Sánchez. Sostiene que las autoridades tienen el teléfono, el pasaporte y las pertenencias de su marido. Su sospecha es grave, pero debe quedar donde corresponde: es el temor expresado por la familia, no un hecho probado.
Un abogado cobró y dejó de contestar
A la detención se sumó otro agujero: el dinero de la defensa. Sánchez denuncia que pagó 5.500 dólares a un abogado de Colima que prometió hacerse cargo del caso y después dejó de responderle. Según su relato, le pidió otros 8.000 dólares para “la fianza”, aunque en la audiencia se había mencionado que su esposo no podía salir bajo fianza. Cuando ella pidió tiempo para investigar, las llamadas se quedaron sin respuesta. Sánchez lo denuncia como un fraude.
Tampoco logró conseguir los videos que su marido le pidió buscar. El propietario de un negocio cercano a la cancha le dijo que alguien había acudido a destruir las grabaciones y que tenía miedo de hablar. Es otro señalamiento pendiente de corroboración, pero con una consecuencia concreta para la defensa: ella no consiguió ese posible registro de lo ocurrido.
Familiares de Cárdenas Carrillo y de Leonel Cárdenas Rodríguez han realizado manifestaciones para exigir su liberación. Mientras tanto, Sánchez intenta entender el proceso desde California, a unos 3.000 kilómetros de distancia, con el abogado sin contestar y los ahorros agotándose.
La familia también paga
Joel aprendió a soldar en Colima cuando era adolescente. Emigró a Estados Unidos a los 19 años para ayudar a sus padres y a su familia, según su esposa. Ambos se conocieron en Nebraska en 2000, se casaron y allí nacieron sus dos hijos, hoy de 23 y 24 años y ciudadanos estadounidenses. Después se mudaron a California. Él obtuvo la residencia permanente en 2005 y la ciudadanía dos años más tarde.
Tras trabajar durante años para empresas del ramo, constituyó recientemente su propio negocio de soldadura. Su esposa conserva fotografías de él con la careta puesta y trabajando en proyectos en Visalia, imágenes que presenta como parte de los elementos para acreditar su actividad laboral. Eso documenta un oficio; la responsabilidad penal tendrá que resolverse con las pruebas del caso, no con etiquetas de ninguna de las partes.
La ausencia del principal sostén económico ya golpeó la casa. Después de casi dos meses sin sus ingresos, Sánchez dice que los ahorros se acabaron, que su salario no alcanza para cubrir los gastos y que considera vender parte de la maquinaria de su marido. El equipo con el que él se ganaba la vida podría terminar pagando el costo de intentar recuperarla.
“Que se haga una investigación”, pide Sánchez, quien sostiene que la acusación es falsa y reclama su liberación. La exigencia no tiene misterio: esclarecer los hechos, responder por los abusos denunciados e informar con precisión dónde está detenido. Una acusación de huachicol no vuelve prescindibles esas respuestas.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ISAIAS ALVARADO/ANDRES RODRIGUEZ




