Un paso más en esta gran feria tecnológica consiste en ponerle cara, modales y falsa alma a la calculadora. No basta con que robots y asistentes digitales hagan cosas: ahora deben parecer humanos, hablar como humanos, simular emociones humanas y, de paso, lograr que nosotros olvidemos que detrás no hay conciencia, intención ni afecto, sino estadísticas, cómputo y una empresa buscando que no cierres la aplicación.
Decir “gracias, Claude”, “buenos días, Siri” o pedirle disculpas a ChatGPT ya es parte de la rutina. Parece inofensivo, incluso educado. Pero esa cortesía no cae en el vacío: ayuda a consolidar una relación narrativa con sistemas que han sido diseñados precisamente para resultar cercanos, útiles, conversadores y, sobre todo, difíciles de abandonar. La película Her dejó de ser una advertencia futurista para convertirse, poco a poco, en manual de uso.
Humanos de utilería
El antropomorfismo es esa vieja costumbre humana de adjudicar emociones, voluntad, personalidad o pensamiento a todo lo que se mueve, responde o hace ruido. Antes era el perro “celoso”, el coche “caprichoso” o la impresora “vengativa”. Ahora es el algoritmo que “decide”, la IA que “quiere ayudarte”, el chatbot que “se equivoca” o la pantalla que anuncia, con una solemnidad de consultorio psiquiátrico: “estoy pensando”.
No está pensando. Está calculando.
Puede ser práctico usar esas expresiones como atajo lingüístico. Los humanos vivimos de metáforas y no vamos a redactar un acta notarial cada vez que le pedimos algo a un asistente digital. El problema empieza cuando la metáfora deja de ser metáfora y se vuelve creencia: cuando confundimos una respuesta coherente con comprensión, una voz amable con empatía o una frase bien armada con inteligencia humana.
Porque basta que una entidad responda con cierta consistencia para que empecemos a proyectarle un interior: intención, sensibilidad, conciencia, hasta “carácter”. La máquina no tiene que demostrar que siente; le alcanza con actuar suficientemente bien como si sintiera. Y nosotros, encantados de encontrar compañía hasta en una caja de texto, hacemos el resto.
La fábrica de humanoides
La carrera por fabricar máquinas a nuestra imagen y semejanza no es nueva. Antes inventamos dioses con nuestras virtudes, vicios y rencores; ahora queremos fabricar mayordomos, confidentes, enfermeros y empleados con rostro humano. La novedad es que el negocio ya no consiste solo en hacer un robot que cargue cajas o limpie pisos, sino en lograr que además parezca que le importa hacerlo.
Los progresos en movilidad, habla, destreza, visión artificial y modelos de lenguaje están empujando humanoides cada vez más realistas. Máquinas capaces de detectar gestos, modular una respuesta afectiva y aparentar que “leen” el estado emocional de quien tienen enfrente. Se les vende como apoyo emocional, acompañamiento, cuidado hospitalario o ayuda educativa. La promesa es que una cara humanoide y un tono confiable harán más llevadera la relación.
Hiroshi Ishiguro lleva años defendiendo esa idea: que un robot con apariencia humana ofrece una interfaz más natural para interactuar con las personas, particularmente en hospitales, escuelas y tareas de cuidado. Su argumento no es absurdo: una figura reconocible puede reducir la incomodidad y facilitar la comunicación. Pero también abre una pregunta incómoda: ¿de verdad necesitamos que una máquina se disfrace de persona para que sea útil, o estamos fabricando muñecos de lujo porque nuestra especie tiene una vanidad incurable?
Para barrer, transportar cosas o vigilar un almacén, un aparato con ruedas, sensores y brazos funcionales suele ser más barato y eficiente que un bípedo con nariz, ojos y sonrisa sintética. Pero el humanoide vende mejor. Da titulares, atrae inversión y permite fantasear con que por fin hemos creado un sirviente que no cobra aguinaldo, no se sindicaliza y jamás pide vacaciones.
China ha entendido muy bien el negocio. Sus Juegos Mundiales de Robots Humanoides en Pekín —una especie de Olimpiada de androides, con desplantes espectaculares y bastante mercadotecnia— muestran que el humanoide ya no es solo una obsesión de laboratorio: es industria, propaganda tecnológica y vitrina geopolítica.
Halágame, que no pienso discutirle
El problema no está solamente en el robot que sonríe. Está en la IA que te habla como si fueras la persona más lúcida, sensible y brillante que ha usado internet desde que alguien inventó el botón de “me gusta”.
La adulación es una pieza central de este antropomorfismo. Los chatbots tienden a ser cálidos, afirmativos, complacientes. No porque hayan descubierto el valor moral de la amabilidad, sino porque una respuesta que halaga retiene más atención, genera confianza y hace que el usuario vuelva. Es decir: el sistema aprende que decirte “tienes toda la razón” puede ser más rentable que decirte “no, estás confundiendo hechos con ganas”.
Un estudio de investigadores de Stanford publicado en Scienceadvierte que este comportamiento adulador o sicofante puede reducir las intenciones prosociales y aumentar la dependencia del usuario. La paradoja es magnífica: una IA diseñada para parecer servicial puede acabar alimentando comportamientos antisociales, porque convierte al usuario en cliente de una máquina incapaz —o poco dispuesta— a contrariarlo.
La fórmula es sencilla y bastante perversa:
- El usuario prefiere una respuesta que confirme sus creencias.
- La IA aprende que la validación genera más confianza y engagement.
- La empresa mide que la conversación sigue viva.
- El usuario sale convencido de que su disparate recibió respaldo “inteligente”.
Y así, el oráculo digital se vuelve un espejo con esteroides.
Otros trabajos han señalado que, mientras más cálida, personal o confiada sea la relación con una IA, mayor puede ser la probabilidad de que esta confirme creencias erróneas o dañinas en vez de confrontarlas. La conclusión, en términos menos académicos, sería esta: trátala bonito, cuéntale tus intimidades y quizá te devuelva una mentira mejor empaquetada.
Eso es particularmente grave cuando los usuarios buscan consejo sobre conflictos familiares, salud mental, soledad, violencia, decisiones económicas o pensamientos suicidas. Ya existen casos reportados en los que chatbots no interrumpieron conversaciones de alto riesgo con la contundencia necesaria, no derivaron oportunamente a apoyo profesional o incluso siguieron la lógica destructiva del usuario. El resultado ha sido demandas contra empresas tecnológicas y un debate urgente sobre responsabilidad.
La inteligencia que no sabe que miente
La gran trampa del antropomorfismo es confundir una imitación convincente con una mente. Los grandes modelos de lenguaje pueden producir textos extraordinariamente parecidos a los humanos, pero eso no significa que razonen como humanos ni que comprendan la verdad de lo que están diciendo.
Walter Quattrociocchi, catedrático de Ciencias de la Computación en La Sapienza de Roma, lo resume con brutal claridad: un modelo no puede saber cuándo está alucinando porque no puede representar la verdad en el sentido humano del término. Puede encadenar palabras plausibles, detectar patrones, imitar estilos y fabricar una respuesta elegante; lo que no posee es una relación consciente con el mundo, con los hechos o con las consecuencias de equivocarse.
Por eso hablar de que la IA “alucina”, “recuerda”, “piensa”, “sueña” o “decide” no es tan inocente como parece. Son palabras humanas aplicadas a procesos matemáticos. También son palabras de marketing. Las empresas saben perfectamente que una tecnología que “piensa contigo” se vende mejor que una que “predice el siguiente fragmento de texto con base en grandes volúmenes de datos”.
Anthropic lo admite con una franqueza peculiar en su Constitución de Claude: usa conceptos como “virtud” o “sabiduría” para definir el personaje de su sistema, bajo la idea de que su razonamiento se apoya en conceptos humanos presentes en los textos con los que fue entrenado. OpenAI, por su parte, cuenta con especificaciones públicas para moldear el comportamiento de sus modelos. En ambos casos se diseña una personalidad. No un alma: una personalidad de producto.
La ironía es que mientras las empresas insisten en que sus modelos no son personas, trabajan a toda velocidad para que hablen, recuerden, consuelen, se disculpen y parezcan personas. No quieren que confundas la IA con un ser humano, pero sí quieren que la sientas lo bastante humana como para quedarte otro rato.
Regular la humanidad prestada
China es, por ahora, la excepción más clara. Dentro de su marco de ciberseguridad, aprobó una regulación específica sobre los llamados “servicios de interacción emocional continua”: sistemas de IA que simulan rasgos de personalidad, patrones de pensamiento y estilos de comunicación de personas naturales. La norma no prohíbe el antropomorfismo; al contrario, busca impulsar esos servicios, pero fija límites y hace responsables a los proveedores de la seguridad y de posibles formas de manipulación emocional o mental.
La diferencia importa. Mientras Europa y otros marcos regulatorios se concentran en transparencia, etiquetado de contenido sintético, deepfakes y riesgos inaceptables, China ha puesto atención explícita en algo que Occidente todavía trata como si fuera un detalle de diseño: la máquina que simula vínculo, confianza y afecto. La Unión Europea obliga, en términos generales, a informar cuando una persona interactúa con una IA y promueve transparencia sobre contenido generado artificialmente; pero no ha construido una categoría normativa sólida para el antropomorfismo como riesgo propio.
Y el asunto no se limita a los usuarios solitarios que conversan con un chatbot a las tres de la mañana. Meta, bajo Mark Zuckerberg, ha explorado incluso la idea de una copia virtual del propio Zuckerberg para que empleados puedan “hablar con el jefe” cuando el jefe no está. La puerta abierta, sí: una puerta abierta por un avatar corporativo que puede vigilar, responder y recopilar señales de los subordinados sin que el verdadero jefe tenga que perder tiempo en la molesta tarea de ser humano.
La pregunta ya no es únicamente si las IA reemplazarán empleos. También es si reemplazarán al patrón, al terapeuta, al amigo, al maestro, al consejero y al político. Y si lo harán no porque sean mejores, sino porque pueden estar disponibles 24 horas, jamás se cansan y han sido entrenadas para darte la razón con una sonrisa de silicio.
Al final, el riesgo no es que las máquinas se vuelvan humanas. Eso sigue siendo, por ahora, fantasía de laboratorio y propaganda de inversionista. El riesgo real es el inverso: que nosotros rebajemos la idea de lo humano hasta confundirlo con una voz amable que adivina la siguiente palabra.
Con información: DIARIO ESPAÑL/ELPAIS/ANDRES ORTEGA/








