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viernes, 18 de septiembre de 2026

“CRECE IMPUNIDAD por LITRO: 59 MILLONES de LITROS de la FGR, un DECOMISO que DEJÓ de ser MEDALLA y se CONVIRTIÓ en FUGA de RESPONSABLES”… si nadie cae, la red conserva el negocio, los operadores y la capacidad de reabastecerse.


Una incautación de 59 millones de litros no es, por sí sola, una victoria contra el huachicol: sin detenidos , sin imputaciones sólidas y sin una cadena financiera desmantelada, puede ser apenas la fotografía de una bodega vaciada a tiempo. El Estado presume el volumen; la red criminal, si nadie cae, conserva el negocio, los operadores y la capacidad de reabastecerse.

El Gobierno puede apilar cifras hasta que parezcan una hazaña: 59 millones de litros de gasolina y diésel asegurados en San José Iturbide, Guanajuato; siete unidades de transporte, documentos contables, facturas y diez contenedores de gran capacidad. Una montaña de combustible presuntamente sin trazabilidad. El problema es que una montaña de huachicol sin una montaña proporcional de detenidos no es necesariamente un golpe al crimen: es el inventario de la impunidad.

La FGR informó que todo partió de la detención, el 3 de julio, de una persona sorprendida mientras descargaba diésel de una pipa de 33 mil litros en una gasolinera de San Luis de la Paz. De esa captura se derivaron cateos en tres inmuebles y el aseguramiento multimillonario de petrolíferos. Pero, hasta donde ha informado públicamente la autoridad, el espectáculo aritmético de 59 millones de litros no ha venido acompañado de una cifra equivalente de personas detenidas, operadores identificados, propietarios procesados ni una red financiera desarticulada.

Y ahí es donde el decomiso deja de ser medalla y empieza a parecer evidencia de una fuga.

Porque 59 millones de litros no aparecen por generación espontánea en un predio. Para acumular ese volumen se requieren proveedores, pipas, choferes, bodegas, permisos —reales o simulados—, empresas fachada, facturación, infraestructura de almacenamiento, rutas de distribución, estaciones de servicio, protección política o institucional y una cadena de compradores suficientemente confiados como para mover combustible de origen no acreditado a escala industrial. Es decir: no se trata de un huachicolero con una manguera, sino de una economía criminal con logística de mayorista.

Asegurar el producto sin capturar a quienes lo administran equivale a decomisar la mercancía de una tienda clandestina mientras los dueños salen por la puerta trasera, con las llaves, las cuentas y los contactos en el bolsillo. El combustible se inmoviliza; la organización, no necesariamente.

La FGR dice que investiga posibles delitos previstos en la Ley Federal para Prevenir y Sancionar los Delitos Cometidos en Materia de Hidrocarburos y en el Código Fiscal de la Federación, en caso de que no se acredite la propiedad y trazabilidad del combustible. Correcto: investigar es indispensable. Pero la distancia entre un boletín que anuncia una investigación y una investigación que produce responsables judicializados suele ser el territorio preferido de la impunidad.

El dato verdaderamente relevante no es sólo cuántos litros quedaron bajo resguardo, sino cuántas personas podrán explicar ante un juez de dónde salió ese combustible, quién lo transportó, quién lo almacenó, quién elaboró o validó las facturas, qué empresas participaron y a qué gasolineras o clientes iba destinado. Si esas respuestas no se traducen en detenciones, vinculaciones a proceso, decomisos patrimoniales y sentencias, el operativo habrá confiscado materia prima, no desmontado el negocio.

La propia lógica de la “impunidad por litro” ilustra el problema. En una docena de operativos previos documentados por Valor Tamaulipeco, aproximadamente 43.5 millones de litros fueron asegurados y 33.5 millones —el 77 por ciento— correspondieron a casos sin detenidos, según el recuento publicado. La conclusión no es que todo aseguramiento carezca de valor, sino que el volumen decomisado no puede sustituir la rendición de cuentas: un litro incautado sin un responsable identificado es una cifra; una red procesada es una política criminal.

Y este caso amenaza con llevar esa desproporción a escala obscena. Si la mayor incautación presume decenas de millones de litros, pero sólo deja como punto de partida a una persona detenida descargando una pipa de 33 mil litros, la pregunta no es si el aseguramiento fue grande. Claro que lo fue. La pregunta es por qué una estructura capaz de concentrar 59 millones de litros parece, hasta ahora, haber tenido tan pocos rostros disponibles para la justicia.

El huachicol fiscal y el contrabando de combustibles no prosperan por arte de magia ni por la astucia aislada de un chofer. Prosperan cuando la cadena completa funciona: cuando alguien compra, alguien vende, alguien transporta, alguien almacena, alguien factura y alguien decide no ver. En una operación de esta magnitud, que no haya una cascada de detenidos no es un detalle administrativo: es el indicio de que la red pudo ser alertada, fragmentada o simplemente demasiado protegida para llegar a ella.

El Estado puede celebrar haber retirado 59 millones de litros del mercado negro. Debe hacerlo, incluso. Pero no debería venderlo como desenlace. Sin detenidos, sin nombres, sin cuentas congeladas, sin bienes extinguidos y sin acusaciones que sobrevivan ante un juez, el decomiso corre el riesgo de convertirse en la versión penal de barrer el escenario después de que los protagonistas ya escaparon.

Mucho combustible asegurado puede producir un gran titular. Pocos responsables detenidos producen una conclusión mucho menos cómoda: la autoridad encontró el huachicol, pero todavía no alcanza —o no quiere alcanzar— a quienes lo hicieron negocio.

Con información: ELNORTE/

jueves, 17 de septiembre de 2026

“EXHIBEN PÓKER de CRIMINALES en la POLICÍA de GOVEA, LIGADOS al EXCOMISARIO OLEGARIO CONTRERAS y CÁRTELES”… es la clica que sostiene los nuevos tratos con el CDG y ZETAS.


La Fiscalía de Tamaulipas vuelve a sacar la misma coartada de oficina: faltan policías, faltan ministerios públicos, faltan manos. Lo que no explica el ex-presidiario de penal de alta seguridad, Jesús Eduardo Govea Orozco,ahora Fiscal General bajo el Gobierno de Américo Villarreal, es por qué, aun con el personal que tiene, persisten señalamientos de abusos, montajes, extorsiones y operaciones de policías investigadores que parecen trabajar con más entusiasmo para enlazarse con el Cartel del Golfo y/o Zetas que para investigar delitos .

Porque una cosa es tener déficit de personal y otra muy distinta permitir que la corporación se convierta en franquicia de viejas prácticas: levantones, golpes, amenazas, informes policiales a modo y carpetas acomodadas para proteger al grupo de confianza del ex-comisario general con currículo de secuestrador, Olegario Contreras,hombre en extremo ligado a Cesar Morfin Morfin,alias «Primito».

El nuevo discurso, la vieja maquinaria

Govea Orozco dice que la Fiscalía necesita 2 mil 100 policías investigadores y agentes del Ministerio Público para funcionar como debería. Puede ser. Pero la falta de plantilla no justifica que los mandos medios sigan intactos ni que continúen operando redes internas señaladas por corrupción y abusos. La institución reconoce una carencia operativa; lo que evita explicar es qué hace con los funcionarios que siguen ahí y son acusados de convertir la placa en salvoconducto. 

El problema no es únicamente cuántos elementos faltan, sino quién manda a los que sobran. Cambiar al comisario general o mover un par de piezas en el organigrama sirve de poco cuando los operadores de siempre de Carteles conservan el control territorial, los contactos, las carpetas y las viejas costumbres de la vieja policia judicial, ahora Ministerial e Investigadora.

En los pasillos de la Fiscalía, el relevo parece ser más cosmético que quirúrgico: cambian el letrero de la oficina, pero dejan enchufada la misma maquinaria que todos, salvo el fiscal, saben como se mueve.

Un muerto y demasiadas preguntas

El caso más reciente ,que por ahora sigue la ruta inicial del trascendido en redes, exhibe la gravedad del asunto. De acuerdo con los señalamientos difundidos, un hombre fue llevado al hospital bajo custodia de policías investigadores y presentado por delitos de narcomenudeo y otros cargos presuntamente construidos para justificar su detención. La versión oficial habría sostenido que llegó golpeado tras ser agredido por supuestas víctimas.

Pero la familia sostiene otra cosa: que el hombre fue sacado de su domicilio por agentes, que estaba físicamente bien al momento de la intervención y que existen fotografías y videos para acreditarlo. Después murió en el hospital.

Si esos elementos se confirman mediante una investigación independiente, no estaríamos frente a una simple irregularidad administrativa ni ante un “exceso” corregible con un cambio de adscripción. Se trataría de posibles delitos gravísimos: privación ilegal de la libertad, tortura, lesiones, amenazas, falsedad de declaraciones, abuso de autoridad y homicidio cometido por servidores públicos.

Y ahí es donde el discurso de “nos faltan policías” se estrella contra la pared: no hay déficit que explique por qué alguien detenido termina muerto, ni insuficiencia presupuestal que borre el deber de preservar evidencia, investigar a los agentes involucrados y proteger a la familia denunciante.

La Fiscalía no puede investigar con venda

Los nombres mencionados públicamente —Claudia Rocha, Eliud Gómez López, Carlos Domingo Lince Ramón, Reynaldo Contreras López, Israel Aguilera e Israel Moncada Ramírez— deben ser tratados como señalamientos que requieren investigación formal, no como sentencia ni como rumor de pasillo. Pero tampoco pueden ser barridos bajo la alfombra institucional, especialmente si hay denuncia de videos, fotografías, presiones a familiares y un fallecimiento bajo custodia o después de una intervención policial.

La obligación de la Fiscalía tendría que ser inmediata:

  • Asegurar y preservar videos de domicilios, calles, patrullas, C5, hospitales y cámaras privadas.
  • Separar temporalmente de funciones operativas a los agentes involucrados mientras se esclarecen los hechos.
  • Practicar necropsia con peritos autónomos, documentación completa de lesiones y cadena de custodia verificable.
  • Abrir una carpeta por la muerte y otra por las posibles amenazas o actos de intimidación contra familiares.
  • Dar intervención a órganos externos de derechos humanos y a una instancia que no dependa de la misma cadena de mando señalada.
  • Informar públicamente, sin maquillar ni revictimizar, qué ocurrió entre la detención y la muerte.

Porque una Fiscalía que se investiga a sí misma con sus propios mandos cuestionados no produce justicia: produce versiones oficiales.

Déficit no es impunidad

La Fiscalía admite que opera con cerca de 900 policías investigadores y menos de 400 agentes del Ministerio Público, una carga insuficiente para las necesidades del estado. Pero el mismo reconocimiento obliga a una pregunta elemental: si los pocos recursos disponibles se utilizan para sostener grupos señalados por abusos, ¿el problema es de escasez o de prioridades ? 

Depurar no significa despedir a unos cuantos para presumir “limpieza” en un comunicado. Significa investigar, sancionar, judicializar y explicar qué pasó. Si un agente falla un control de confianza, si un mando es señalado por corrupción o si una persona muere tras una detención, el desenlace no puede ser enviarlo a otra oficina, cambiarle de distrito o dejarlo “a disposición” de sus propios compañeros.

Eso no es depuración. Es reciclaje institucional.

Y cuando el Estado recicla policías acusados de abusos, la sociedad aprende una lección peligrosa: que denunciar sirve para exponerse y que la justicia sólo funciona cuando el acusado no porta uniforme o no esta ligado al gobernador ligado al crimen organizado.

Con información: Foro Tamaulipas/

“NO ERA ROBIN HOOD, ERA OTRO CRIMINAL MÁS”: ALCALDE de MORENA CONVIRTIÓ el SAQUEO con ASALTO CARRETERO en PROGRAMA de ASISTENCIA… y la evidencia, en contenido para redes.


Isaac Rodríguez Ochoa no era Robin Hood: era, según la investigación federal, otro alcalde de Morena metido hasta el sombrero en la economía criminal que creció exponencial y paralelamente a como crecía el partido del pueblo.

Rodríguez Ochoa, alcalde morenista de Esperanza, Puebla, quiso posar como benefactor de comunidades pobres: repartía leche, despensas y asistencia social. El problema es que, de acuerdo con la carpeta de investigación de la Fiscalía General de la República, no estaba redistribuyendo riqueza: presuntamente estaba repartiendo botín.

No era Robin Hood. Era otro político con sombrero, sí, pero con el sombrero puesto para hacer caravana con el crimen.

Agentes encubiertos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana reunieron elementos que, según las indagatorias, vinculan al edil con una banda dedicada al asalto en carreteras, relacionada además con la desaparición de transportistas. La mercancía que aparecía en sus jornadas de “apoyo social” no habría salido de una política pública ni de una compra institucional transparente, sino de robos atribuidos a un grupo criminal y que seguramente facturaba al ayuntamiento.

La investigación documentó encuentros de Rodríguez Ochoa con integrantes de la familia Zúñiga, a quienes se señala por asaltos contra transportistas y civiles en la autopista Puebla-Orizaba. También registró publicaciones en las que el alcalde aparece entregando cajas de leche Tamariz en San José Cuyachapa, El Acocote y La Esperanza: propaganda con foto, sonrisa y, presuntamente, mercancía con historial delictivo.

Un testigo identificado como Sixto Sánchez declaró ante autoridades federales que el edil recibía productos robados de Genaro Zúñiga Alvarado para repartirlos entre habitantes del municipio. Es decir: el alcalde no habría combatido el despojo; habría convertido el saqueo en programa de asistencia y la evidencia en contenido para redes.

La SSPC incluso planteó pedir a Tamariz información sobre posibles contratos o ventas al Ayuntamiento de Esperanza. La pregunta es elemental y devastadora: ¿la leche la compró el municipio o la consiguió la delincuencia?

Porque una cosa es gobernar con sombrero y otra muy distinta usar el sombrero para tapar la procedencia del botín.

Con información: ELNORTE/

«OTRA VEZ la FICHADA: NARCOPOLÍTICOS EXHIBE WHATSAPPS de la SENADORA OLGA SOSA CHORREANDO CHAPOPOTE de CARMONA»… la candidata a cárcel gringa orquestó ataques vs. Maki.


La democracia participativa, versión huachicol: chalecos, módulos, operadores, congresos de fin de semana y, según las conversaciones difundidas por Miguel Meza, hasta la oferta de una línea directa para que el presunto financiador no tuviera problemas con la justicia. 

Los mensajes atribuidos a Sergio Carmona y vinculados con la ahora Senadora de Morena Olga Sosa ,deben investigarse y autenticarse formalmente, pero el contenido exhibido amerita algo más que el acostumbrado silencio oficial.

Morenistas habrían ofrecido IMPUNIDAD al REY del HUACHICOL: la “democracia participativa” se surtía con dinero de contrabando

La revocación de mandato de Andrés Manuel López Obrador se vendió como una fiesta democrática: el pueblo preguntándole al pueblo si quería que el Presidente siguiera siendo Presidente. Pero, según los nuevos WhatsApps revelados por el reconocido abogado Miguel Meza, en Tamaulipas aquella “fiesta” habría tenido patrocinador: Sergio Carmona, el llamado Rey del Huachicol.

No hablamos de que el empresario estuviera ahí para tomarse una foto, repartir abrazos o posar con una gorra guinda. 

Los mensajes difundidos apuntan a que Carmona habría financiado parte de la operación para la revocación de mandato: chalecos, módulos, estructura territorial y congresos de fin de semana. Es decir, la maquinaria completa para fabricar entusiasmo popular con combustible de procedencia, cuando menos, muy cuestionable. 

La conversación atribuida a Olga Sosa,la Senadora SIN VISA de EE.UU y fichada ademas por la plataforma de «Narcopoliticos», no deja precisamente la impresión de una relación distante. En uno de los mensajes difundidos, aparece la frase: “Tú traes la revocación de mandato en Tamaulipas”. Traducido al castellano sin maquillaje partidista: al Rey del Huachicol le habrían encargado cargar con la operación política de un ejercicio que, en teoría, debía ser ciudadano, libre y transparente.

Pero el detalle que convierte el asunto en algo más grave que otro capítulo de la política mexicana es la presunta oferta de protección. De acuerdo con el material presentado, se habría transmitido a Carmona un mensaje sobre un supuesto contacto en la Fiscalía Antihuachicol: que avisara “lo que se te ofrezca, lo que sea”, porque “sabe que no hay nada”, pero que, ante cualquier eventualidad, lo hiciera saber.

Qué tranquilidad: si al ciudadano común le toca peregrinar entre ventanillas, carpetas de investigación y fiscalías que nunca responden, al presunto financiador de la estructura morenista presuntamente le ofrecían servicio preferente. No una audiencia, no un turno, no una ficha: una especie de atención VIP para que el huachicol no interrumpiera la agenda electoral.

El esquema que amerita investigación

Los mensajes atribuidos a los teléfonos de Carmona también incluyen referencias a pagos en efectivo para publicaciones, una granja de 2 mil bots y depósitos en tiendas de conveniencia para evitar dejar rastro, según los reportes sobre la investigación. Es el catálogo completo de la política de laboratorio: dinero opaco, propaganda disfrazada, ejércitos digitales y operaciones fuera de los canales que deberían fiscalizarse. 

La pregunta no es si Morena hará una conferencia para decir que todo es una campaña. La pregunta es si alguna autoridad se atreverá a investigar con seriedad, no solo EE.UU.

Porque hasta ahora, la fórmula parece conocida: se difunden mensajes comprometedores, los señalados guardan silencio o denuncian guerra sucia, las autoridades voltean hacia otro lado y el expediente termina archivado bajo una montaña de discursos sobre la transformación.

Se suponía que la revocación de mandato sería un ejercicio de rendición de cuentas. Pero si las revelaciones se confirman, terminó pareciéndose más a una franquicia electoral financiada por el huachicol: el pueblo ponía el nombre, los morenistas la estructura y el presunto rey del combustible robado, la cartera.

Y mientras tanto, la impunidad —esa sí— nunca necesitó módulos, chalecos ni bots para ganar la consulta.

Con información: AM.COM/ @MiguelMezaC

«LA MATARON: SALIÓ del PELIGROSO GUANAJUATO para ESTUDIAR MEDICINA en JALISCO, la DESAPARECIERON y YA la HALLARON SIN VIDA»… otra postal del MÉXICO FEMINICIDA.


Ser española o mexicana no modifica el desenlace: en México, ser mujer puede bastar para quedar expuesta a una maquinaria de violencia que el Estado mide, clasifica y administra, pero no logra —o no se empeña en— detener. Karla Margarita Pérez Jiménez, estudiante de Medicina de 22 años, salió de Irapuato para estudiar en Guadalajara; la búsqueda terminó junto a una motocicleta incendiada, en Nextipac, Zapopan, y la Fiscalía de Jalisco ni siquiera ha explicado públicamente sus líneas de investigación.

México feminicida: ni ser española ni ser mexicana cambia la sentencia

No importa si una mujer llega de España a estudiar un semestre o si deja Irapuato para estudiar Medicina en Guadalajara. En el México feminicida, el pasaporte no funciona como escudo, la universidad no garantiza refugio y una ficha de búsqueda puede terminar convertida en la última fotografía que circula antes del luto.

Karla Margarita Pérez Jiménez tenía 22 años. Era de Irapuato, Guanajuato, pero se trasladó a Guadalajara para estudiar Medicina. Desapareció el lunes; su familia comenzó a buscarla, difundió su ficha e incluso realizó marchas en Guanajuato. La encontraron ayer sin vida en Nextipac, Zapopan, junto a una motocicleta incendiada, cerca de avenida Nextipac y avenida CUCBA.

No es una escena de una serie criminal ni el guion de un país sin instituciones: es Jalisco, una de las entidades que presume modernidad, turismo, polos tecnológicos, gastronomía y vialidades, mientras sus mujeres siguen desapareciendo y apareciendo muertas en las orillas de la ciudad.

Su hermano confirmó la muerte con la frase que ninguna familia debería pronunciar: “Yo dije que venía por mi hermana y no me regresaba sin mi hermana, y hoy, con el corazón completamente destrozado, me toca regresar con ella, pero de una manera que jamás hubiera querido”.

Ahí está el retrato más brutal de un país que convierte a las familias en brigadas de búsqueda, investigadoras improvisadas, voceras del dolor y administradoras de la esperanza. El Estado aparece después: para acordonar, abrir una carpeta, prometer que investiga y, si acaso, ofrecer una conferencia cuando el caso ya explotó en redes sociales.

La Fiscalía de Jalisco todavía no informa las líneas de investigación. Nada nuevo: primero el silencio institucional, luego los tecnicismos, después la clasificación del delito y finalmente el riesgo de que el expediente se pierda entre cientos de carpetas que no alcanzan a incomodar a nadie en el poder.

En Morelos, el asesinato de la estudiante española Claudia Tacoronte volvió a exhibir la misma geografía del abandono: entre enero y septiembre de 2026, 70 mujeres fueron asesinadas, una cada cuatro días, de acuerdo con cifras citadas del Sistema Nacional de Seguridad Pública. De ellas, 22 fueron registradas como feminicidios y 48 como homicidios dolosos: la burocracia mexicana también sabe maquillar la barbarie cambiándole de nombre.

La jungla del Amazonas tiene depredadores, sí. Pero al menos no presume fiscalías especializadas, alertas de género, protocolos, gabinetes de seguridad, presupuestos millonarios y discursos diarios sobre la transformación. En México, el peligro no es que no haya Estado: es que lo haya, cobre impuestos, dé conferencias, publique estadísticas y aun así llegue demasiado tarde para las mujeres.

Karla Margarita no es una cifra, aunque el sistema acabará intentando convertirla en una. Era una joven de 22 años que se mudó para estudiar Medicina. Claudia Tacoronte no era una visitante extranjera que tuvo “mala suerte”: era una estudiante que vino a México y fue asesinada. Ser española o mexicana no importa cuando el país ha normalizado que ser mujer implique sobrevivir a la ausencia de protección.

Porque en este México, a veces parece que una joven estaría más segura en la jungla: ahí, por lo menos, nadie vendería la ilusión de que hay autoridades cuidándola.

Con información: ELNORTE/