Las autoridades del penal de Aguaruto en Sinaloa, continúan celebrando decomisos espectaculares cada vez que hacen una revisión, como si las armas, celulares, módems y drogas aparecieran por generación espontánea, cuando son los mismos responsables quienes permiten su entrada y circulación en un ciclo enfermizo y absurdo.
Este show de operativos estatales,federales y militares en anuncios públicos es una burla y revela la podredumbre institucional que condena el penal a permanecer bajo una corrupción permanente.
Círculo vicioso de decomisos
Las inspecciones constantes y los hallazgos repetidos—armas, cartuchos, celulares, módems, radios, computadoras, cuchillos y hasta sistemas de internet satelital Starlink—demuestran que los intentos de “limpiar” el penal son sólo simulacros mediáticos.
Solo en los últimos meses se han realizado más de doce revisiones, con aseguramientos idénticos cada vez: pistolas, fusiles, decenas de celulares, radios, antenas y drogas. Los informes oficiales muestran un patrón: los decomisos aumentan, pero nunca cesa el tráfico prohibido, y el autogobierno y el lujo continúan siendo privilegio de internos de alto perfil.
Corrupción y colusión institucional
La Comisión Nacional de Derechos Humanos, así como investigaciones judiciales y cambios de directores, han documentado que la corrupción es endémica. Informes internos identifican a mandos medios, custodios, encargados de módulos y vigilancia como operadores de esta red que permite la introducción de objetos prohibidos.
Pese a relevos constantes, la mayoría militares en la dirección y “investigaciones” cada vez más ruidosas, nada cambia en la práctica: las armas y los teléfonos siguen apareciendo semana tras semana en los operativos, y las condiciones del penal admiten zonas ciegas para el ocultamiento y circulación libre de armamento y drogas.
Festejar lo indefendible
Las autoridades se ufanan y presumen resultados cada vez que decomisan lo que debió ser imposible de ingresar, y piden aplausos a la sociedad por arrestar objetos que ellos mismos toleraron en un penal donde los internos tienen acceso a tecnología, internet, lujos, drogas y armas—todo documentado por operativos que solo revelan complicidad, no eficacia. Esto no puede ser más que un insulto a la inteligencia y la dignidad, pues pedir reconocimiento por limpiar lo que ellos mismos ensucian perpetúa el descrédito y la desconfianza social.
Severidad e irreverencia
El eterno regreso de armas, drogas y tecnología es una muestra brutal de que el sistema penitenciario está capturado por una cadena de corrupción que no se romperá con aplausos ni simulacros, sino con responsabilidad penal efectiva, expulsión de cómplices, y reconstrucción institucional—no mientras los responsables sigan vanagloriándose de su propio fracaso y pidiendo reconocimiento por lo que no merecen.
Con informacion: RIO DOCE/

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