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domingo, 22 de febrero de 2026

LOS «MUERTOS NO HABLAN»: AL «MENCHO le ESCOGIERON el FINAL ANUNCIADO y YA es HOMBRE MUERTO»…cayó rey, no el reino y se abrió la convocatoria para otro aspirante al mismo final.

Prefirió tumba mexicana a celda gringa: Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, terminó la madrugada estrellado contra el plomo en la sierra de Tapalpa, Jalisco, tal y como se habia vaticinado: sin extradición, sin juicio y sin foto oficial detrás de un número de preso en Estados Unidos.

El final del “nuevo rey”

El hombre que The Wall Street Journal vendió como el “nuevo rey de la cocaína” en Estados Unidos, gracias a su alianza con “Los Chapitos” y el uso de sus rutas, cayó en un operativo federal en el sur de Jalisco, en zona serrana, sin parte oficial detallado, sin conferencia triunfal, sin héroes uniformados posando sobre el cadáver. 

Fuentes federales sólo filtraron lo indispensable: hubo despliegue, hubo enfrentamiento y el jefe del CJNG fue abatido en Tapalpa,donde siempre se supo que estaba y punto. Nada de capturas quirúrgicas, nada de extradición millonaria, nada de circo judicial en una corte de Texas.

Para la DEA, su cabeza valía 10 millones de dólares; para sus enemigos, valía la paz momentánea; para el gobierno mexicano, valía un operativo hermético que hoy huele más a ejecución de Estado que a novela de “inteligencia” que podria desbaratar al mismo estado que lo engendró y lo dejo ser, hacer y deshacer.

El campesino de Aguililla que dejó la primaria para cuidar mariguana, que pasó por cárceles gringas y luego se recicló en policía rural antes de convertirse en señor de la cocaína, eligió –o le eligieron– la ruta corta: tumba en México, en vez de cadena perpetua viendo llover tras una ventana blindada en Colorado.

Del rey de la cocaína al incendio del país

El ascenso del CJNG no fue sólo a punta de cuernos de chivo: fue a punta de negocios diversificados, desde el tráfico de cocaína sudamericana hacia EU hasta el huachicol y las metanfetaminas, apalancado por el pacto de conveniencia con los hijos de El Chapo. El Mencho terminó por superar al viejo Cártel de Sinaloa fracturado entre “Chapitos” y “Mayitos”, hasta convertirse en el socio incómodo que movía polvo blanco y cristal mientras los otros inundaban de fentanilo el mercado estadounidense.

No era sólo un capo, era un consorcio criminal con sucursales en media República y tentáculos en varios continentes, mientras en México se discutía si el presidente en turno debía llamarlo “Don” en la mañanera. El hombre que construyó hasta su propio hospital en Jalisco para no morirse en manos de doctores del IMSS terminó mueriéndose en manos de soldados, rodeado de balas y helicópteros, sin alcanzarle la infraestructura privada para salvarle la vida.

El país en llamas por el cadáver del jefe

La reacción fue automática y perfectamente predecible: narcobloqueos, quema de autos y camiones, ponchallantas, miedo en las carreteras y código rojo en Jalisco. En Tapalpa, Autlán, Puerto Vallarta, la zona metropolitana de Guadalajara y carreteras clave, ardieron vehículos atravesados como barricadas de guerra tercermundista mientras el gobernador activaba mesas de seguridad y pedía “calma” a una población encerrada entre balas y humo.

El “efecto cucaracha” brincó de inmediato a Michoacán, Guanajuato y brinco hasta por Tamaulipas, donde también se reportaron autos incendiados, ataques a comercios, farmacias y tiendas de conveniencia, como si la franquicia del terror tuviera manual corporativo para días de operativo federal. Al norte, Reynosa y municipios vecinos amanecieron con bloqueos, quema de vehículos, despojos y miedo en cada crucero, mientras autoridades locales apenas se animaban a admitir que algo pasaba pero sin atreverse a decir por quién.

Operativo silencioso, infierno ruidoso

Mientras el Gobierno federal jugaba a la estatua de sal y se negaba a confirmar con todas sus letras la muerte del capo, el país entero entendia el mensaje a punta de fuego cruzado. La versión oficial se cocina a fuego lento en algún escritorio, pero la versión real ya fue incendiada sobre autopistas, gasolineras y avenidas metropolitanas, con ciudadanos tirados al piso y rezándole a cualquier santo para no aparecer en un video viral.

Tapalpa se convirtió en la escena del crimen de lujo; las carreteras, en avisos neon del CJNG recordando que, aunque el jefe ya se enfrió, la empresa sigue operando en modo revancha. Entre tanto, gobernadores y voceros repiten el guion de siempre: “se activó el código rojo, la población debe mantenerse en casa y no difundir rumores”, como si lo que ardía en todas las redes fueran cuentos de campamento y no camionetas envueltas en llamas.

Encierro en USA o entierro en México

En los pasillos de trascendido ya se había escrito el final probable: a El Mencho le esperaba una celda en Estados Unidos o una tumba en México. No hubo extradición, no hubo video esposado bajando de un helicóptero rumbo a una prisión de máxima seguridad gringa; hubo abatimiento en la sierra, hermetismo oficial y un país entero usado de escenografía en la despedida violenta del capo.

Su nombre irá a parar al “panteón de los orgullos suicidas” del crimen organizado: esos que prefirieron morir en su tierra que envejecer viendo barrotes ajenos, aunque para conseguirlo tuvieron que arrastrar a millones de mexicanos a otra jornada de terror entre incendios, bloqueos y balas perdidas. Mientras tanto, el trono que dejó vacío ya está en disputa: porque en México, cada vez que un rey de la cocaína cae, no se acaba el reino, sólo se abre la convocatoria para el siguiente aspirante al mismo final.

Con información: ELNORTE/ MEDIOS

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