El senador morenista Gerardo Fernández Noroña vuelve a exhibirse como el epítome del cinismo y la arrogancia que hoy corroe a buena parte del poder público mexicano. Presumiendo su capacidad para subirse a un avión privado —y, encima, quejándose de que era “muy pequeño”, como si la austeridad fuera para los demás pero no para él—, confirma que su discurso de “proximidad con el pueblo” es puro cuento cuando se trata de comodidad y privilegios.
Contextualización de sus declaraciones
Fernández Noroña intentó justificar el lujo de sus últimos vuelos bajo el disfraz del “asunto práctico”, como si para un legislador estuviera permitido torcer la narrativa de la austeridad republicana cuando el capricho lo dicta. Ese típico doble discurso donde, por un lado, se jura estar del lado de la gente y, por otro, se abrazan los mismos excesos que criticó durante años, revela la verdadera cara del senador: la de un político distante y perfectamente integrado al club de privilegios que tanto ha denunciado.
Actitud de provocador y lacra social
Alardea con una provocación frívola: “y pues que venga el diluvio. No voy a hacer caso a nadie, voy a decir todo lo que hago, por qué lo hago, a dónde voy”, dejó claro —sin rubor— que le importa poco la opinión pública y menos la congruencia o la ética mínima exigible a quien debe representar, no servirse del pueblo. Su retórica vociferante, lejos de elevar el nivel del debate, muestra un desprecio por la rendición de cuentas y una burla hacia la inteligencia colectiva: Fernández Noroña se convierte en símbolo de esa clase política que predica con la boca llena de pueblo pero viaja —aunque incómodo— sobre las alas de un privilegio que a los ciudadanos les es negado.
Severidad y combate directo
Este tipo de actitudes no solo erosiona la confianza en la representación popular, sino que escupe en la cara de quienes sí luchan por la coherencia entre principios y hechos. Convertir la prepotencia y la incongruencia en bandera, y presumir que nadie le va a “decir qué hacer”, muestra a Fernández Noroña más como una “lacra social” que como un legislador; un personaje que se alimenta de pleitos y escándalos porque, al parecer, el trabajo verdadero —ese de construir país y dignificar el servicio público— le queda grande.
En suma: Fernández Noroña es hoy un ejemplo rotundo de lo que no debe ser un servidor público. Su desprecio arrogante por la ética y su inflamado ego lo colocan lejos del pueblo que dice representar, pero demasiado cerca del estiércol político que tanto daño ha causado a México.
Con informacion: ELNORTE/

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