Cuando creíamos que el espectáculo del poder no podía ser más grotesco, llega el sainete de Ginebra, donde la casa se peleó consigo misma y las miserias de la élite morenista quedaron al desnudo. Selene Ávila, diputada y periodista, se atrevió a lo impensable: contradecir el orden feudal de su bancada, y por ello terminó recibiendo un castigo digno del siglo pasado —ser borrada del mapa, excluida de una delegación como si fuera un estorbo incómodo, no una legisladora electa.
Ricardo Monreal y Pedro Haces,ese que fue detenido en 1998 en la CDMX por «rata armada» ,ahora parte de los autoproclamados estrategas del músculo guinda, reaccionaron como lo hacen los pequeños emperadores: con prepotencia, berrinche y una dosis peligrosa de soberbia institucional.
Lo suyo ya no es política, es drama cortesano. Hablan de paridad, de transformación y de igualdad, pero se resquebrajan ante la rebeldía de una mujer que se niega a ser florero.
Ávila viajó a Ginebra con sus propios medios, sin pedir favores ni viáticos, algo impresentable en un ecosistema donde el mérito personal se castiga. Y cuando quiso ejercer lo que le corresponde —representar una comisión de salud—, el aparato le cerró la puerta. “No estás registrada”, le dijeron, como si la pertenencia al grupo dependiera de la docilidad y no del trabajo. A eso llaman “coordinación política”.
El incidente desnuda la crisis emocional de un partido que perdió el rumbo moral en la cúpula. Monreal, atrapado entre sus propias ambiciones y el desgaste de su liderazgo, no tolera la disidencia ni dentro de su sombra. Haces, su segundo en el libreto, confunde la lealtad con la sumisión y el liderazgo con el manotazo. Ambos se comportan como patrones de hacienda en un movimiento que, en teoría, nació para sacar a México del viejo régimen.
Selene Ávila no solo denunció la violencia política en razón de género; desnudó la hipocresía de quienes se llenan la boca con discursos feministas mientras practican la exclusión más primitiva. Porque no hay otro nombre para ello: usar el poder institucional para marginar a una mujer por desafiar al jefe es violencia política, con todo y el barniz ideológico que quieran ponerle.
El mensaje es claro: en Morena, quien no se arrodilla, estorba. Pero la moraleja es más amarga: ni Monreal ni Haces pueden gobernarse a sí mismos. Sus reacciones, más viscerales que racionales, evidencian una clase política incapaz de gestionar su ego. Si el movimiento pretende sobrevivir a sus propios caudillos, tendrá que empezar por lo básico: enseñarles inteligencia emocional a los que se dicen líderes.
Mientras tanto, la diputada seguirá siendo un recordatorio incómodo. El florero se rebeló, y lo hizo ante el espejo más cruel: el de un partido que dejó de transformarse y comenzó a devorarse.
Con informacion: ELNORTE/

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