Sinaloa está ardiendo en silencio. Con mil 703 denuncias hasta el tercer trimestre de 2025, el estado rompió su propio récord infame: más secuestros, más desapariciones, más miedo, más impunidad. Ni siquiera terminó el año y ya supera todo 2024, que había cerrado con 1,646 casos. Un incremento del 3 por ciento, y lo que falta. Pero las proyecciones no mienten: 2025 será el peor año de la historia reciente, con más de 2,277 privaciones ilegales de la libertad previstas
Una guerra intestina y sangrienta
La violencia no viene de fuera. Es una guerra doméstica, una bestia criada en casa: dos bandos del Cártel de Sinaloa despedazándose entre sí desde aquel 25 de julio de 2024, cuando Ismael “El Mayo” Zambada fue secuestrado por Joaquín Guzmán y ambos terminaron entregados a las autoridades de Estados Unido.
Ese mismo día, mataron a Melesio Cuén. La Fiscalía General de la República sigue sin esclarecer nada. En México, los asesinatos de alto perfil son como los hospitales públicos: se anuncian, pero no funcionan.
Secuestros como moneda de guerra
El secuestro ya no es excepción: es rutina. En 2025 se denuncian 6.4 casos diarios, más que los homicidios, que rondan 5.2 al día [1]. La estadística duele: el 70 por ciento de las personas privadas de la libertad sigue desaparecida, el 7 por ciento aparece muerta y solo el 23 por ciento regresa con vida. ¿Y el Estado? Ocupado en ruedas de prensa y discursos vacíos. Las madres buscadoras, las verdaderas autoridades del subsuelo sinaloense, siguen cavando con las manos donde el gobierno no quiere mirar.
Culiacán, el epicentro del infierno
Culiacán concentra el 47 por ciento de los casos; Mazatlán, el 23; y Navolato, el 8. Son cifras, sí, pero detrás hay rostros. Historias de obreros, estudiantes, mujeres, niños, todos tragados por el mismo pozo negro. La llamada “capital mundial del narco” demuestra que la violencia no se reparte: se centraliza. El poder —político, criminal o económico— siempre se atrinchera en el mismo mapa.
El Estado ausente
Hay una verdad incómoda: el Estado no ha sido rebasado, simplemente desertó. Mientras los cárteles operan con disciplina militar, las instituciones padecen anemia moral. Las desapariciones se multiplican en un paisaje donde la justicia es tan ilusoria como la paz prometida cada sexenio.
Sinaloa no arde por accidente. Arde porque el país entero decidió normalizar el fuego. Y mientras las cifras escalan y las familias entierran esperanzas, los despachos de gobierno seguirán iluminados, climatizados, y repletos de funcionarios convencidos de que una conferencia basta para detener una bala.
Con informacion: NOROESTE/

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