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lunes, 6 de octubre de 2025

EL «RASTRO INQUIETANTE del PLOMO»: «NARCOS del CJNG y MICHOACAN PELEAN TERRITORIOS CALIENTES con MUNICION de FABRICAS que ABASTECEN al EJERCITO de EE.UU»…las balas del “enemigo” resultan provienen del arsenal del “aliado”.


En los campos de limón que perfuman el aire caliente de El Guayabo, ese minúsculo punto en el mapa de Tierra Caliente, Michoacán, el verano no trajo lluvias, sino metralla. A mediados de julio, entre los surcos y los cerros, tronaron combates dignos de zona de guerra: el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG)contra los Caballeros Templarios, brazo armado de los Cárteles Unidos, se dieron con todo, dejando el suelo tapizado de casquillos. Pero lo que vino después congeló la sangre: los cartuchos vacíos contaban una historia mucho más grande, y sobre todo, más incómoda.

Las balas made in USA

Entre las vainas se distinguían calibres 5.56 mm y .50 BMG, es decir, material de uso militar: rifles de asalto, ametralladoras, rifles de francotirador. Y en el borde metálico de muchos casquillos con pequeñas letras marcaban el origen: “LC”, flanqueadas por números como “19”, “22” o “23”. Esas siglas no son casuales: pertenecen a la Lake City Army Ammunition Plant, la fábrica de municiones más grande de Estados Unidos, orgullosamente instalada en Independence, Misuri y el numero corresponde al ańode manufactura de la municion.

Lake City, creada en 1941, ha estado al servicio del Ejército estadounidense por más de ocho décadas. Hoy la opera Winchester, pero bajo el ojo vigilante de la Joint Munitions Command, el brazo logístico del Pentágono. Su línea de producción es monstruosa: más de 1,600 millones de cartuchos por año, destinados tanto al ejército como al consumidor civil estadounidense. Y claro, una parte de esa avalancha metálica termina en el mercado ilegal mexicano, cortesía del tráfico hormiga que ningún muro ni discurso ha logrado frenar.

Cuando las guerras se conectan

Traducido al castellano brutal: las balas que fabrica el gobierno de Estados Unidos para sus soldados tambien están matando campesinos y niños mexicanos. Las que se disparan “en defensa de la libertad” en Irak o Afganistán acaban estrellándose contra las paredes de adobe de Tierra Caliente. El hallazgo de los casquillos en El Guayabo no deja margen para teorías conspirativas: la evidencia está en el suelo, caliente, tangible, y con código de fábrica.

Mientras tanto, en Washington,las autoridades posan ante cámaras al declarar al CJNG y a los Cárteles Unidos como “organizaciones terroristas extranjeras”, con el pecho inflado y las manos limpias. Pero esa narrativa colapsa en cuanto uno sigue el rastro del plomo: si los carteles son el enemigo, ¿por qué las balas del “enemigo” provienen del arsenal del “aliado”?

El agujero negro del tráfico

Cada año, unas 200,000 armas —sí, doscientas mil— cruzan la frontera de sur a norte, muchas compradas “legalmente” en armerías de Texas, Arizona o Missouri. Basta con un prestanombresque no tenga antecedentes para surtir de rifles, pistolas y munición a quien pague bien. 

Y el control es casi una broma: en Estados Unidos hay 78,000 tiendas de armas y apenas 800 inspectores del ATF (Buró de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos) para vigilarlas. Es decir, un inspector por cada 97 armerías.

Parte de esas balas viaja escondida en compartimientos, tanques de gasolina o incluso dentro de llantas. Otras van con rumbo perfectamente trazado y pagado: redes criminales que compran al mayoreo, mueven en convoy y reparten entre células en Michoacán, Guerrero o Zacatecas. Y aunque las cifras ofenden, la respuesta oficial suele ser la misma: declaraciones diplomáticas, comisiones binacionales, y el trafico sigue.

El Guayabo, el laboratorio del infierno

En El Guayabo, los casquillos de Lake City quedaron como cicatrices metálicas entre casas acribilladas y techos arrancados por drones cargados con explosivos caseros. Los pobladores, curtidos por años de fuego cruzado, ya ni se inmutan al oír helicópteros: “ya sabemos que si vienen, no vienen por nosotros”, dice uno. Para ellos, ese detalle técnico de las siglas LC no es un hallazgo periodístico: es la prueba viva de que esta guerra no es entre cárteles, sino entre mundos.

Porque mientras en Washington discuten sobre “seguridad hemisférica”, en Michoacán la gente entierra a los suyos con balas fabricadas en el mismo país que promete ayudar a detener la violencia.

Y así, los limoneros de Tierra Caliente florecen regados con sangre y munición norteamericana, convertidos en testigos de una hipocresía monumental: la guerra contra el narco sigue exportando muerte… con código de barras Made in USA.

Con informacion: INFORMAORIENTE/ THE INTERCEPT/

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