En Huauchinango, Puebla, una niña de 10 años dio positivo a fentanilo después de comer tamales en la vía pública, y otros seis menores terminaron en el hospital con síntomas de intoxicación. No fue en una rave, no fue en un antro fresón: fue en la calle, en el alimento más común, barato y supuestamente seguro. Mientras la Secretaría de Salud se hace bolas con el término “intoxicación alimentaria”, el dato incómodo es otro: el fentanilo ya está tan metido en la cadena de valor del crimen organizado que puede terminar en la panza de un niño que sólo tenía hambre.
Cuando el mercado gringo se satura, el cliente eres tú
Mientras en Estados Unidos batalla para frenar las sobredosis, acá la narrativa oficial sigue en modo “nosotros no consumimos, sólo somos ruta”. Pero los reportes y crónicas sobre jóvenes que ya se “atontan” con pastillas de origen dudoso y polvo barato muestran otra cosa: el fentanilo empezó como mercancía de exportación y ahora se queda como droga de consumo interno, en colonias jodidas y barrios donde el Estado sólo existe en la boleta electoral.
Ese es el riesgo que hay que gritar: cuando la droga ya no puede cruzarse tan fácil, o cuando el mercado gringo se regula, el excedente no se quema “por ética”, se redistribuye en casa. Se empaca en pastillas vendidas como ansiolíticos pirata, se corta la coca con fentanilo para “rinda más” y se mete en alimentos o bebidas como herramienta de control, extorsión o simple salvajismo criminal.
Si ya tocó a la Guardia, ya tocó al sistema
Los reportes tambien hablan sobre el fallecimiento de un elemento de la Guardia Nacional por el consumo de Fentanilo en Tamaulipas.
Del niño intoxicado al barrio enganchado
Hoy la cara del desastre es una niña intoxicada en Puebla; mañana será el chavo de la esquina que ya no se conforma con mota porque encontró algo “más barato y más fuerte”. Y pasado mañana será la estadística que el gobierno maquillará como “consumo problemático” mientras le pide a Washington que respete nuestra soberanía,esa que perdimos internamente cuando el narco colonizó toda la geografía.
El riesgo de fondo es éste: cuando el fentanilo deja de ser un problema de frontera y se convierte en ingrediente de la canasta básica del crimen, el país entra a otra liga de devastación social. Ya no hablamos sólo de balas y fosas; hablamos de generaciones enteras envenenadas con la misma lógica con la que se vende una garnacha: rápido, barato y sin factura.
Con información:ELUNIVERSAL/

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