En Sinaloa ya ni sorprende que maten a un adolescente de 15 años en plena calle; sorprende, si acaso, que todavía haya madres con fuerza para plantarse frente a las cámaras y decir “¿dónde estaban cuando mataron a mi hijo?”. Total, es un muerto más en la contabilidad sangrienta e incontenible : de septiembre de 2024 a febrero de 2026 van más de 2 mil 833 asesinados en la llamada “ola de violencia” como cita Noroeste, pero el sistema lo despacha como si fueran fallas contables, no vidas reventadas.
“¿A quién le duele?”
La mamá de Ricardo Mizael, el estudiante que salió a comprar un biberón para alimentar a unos gatitos y terminó acribillado, acusa abandono absoluto: ni el gobernador se ha dignado a dar la cara, ni las autoridades federales se han parado a mirarla a los ojos.
La ruleta rusa tiene dos tiradores
Pero en grave situación de violencia que prevalece en Sinaloa, la ruleta rusa tiene dos tiradores: si no te mata el crimen, te mata el Ejército que se supone vino a salvarte. A Fernando Alan Cháidez y a su novia no los alcanzó una bala perdida, los alcanzó un pelotón que decidió que un Mazda blanco en la hora equivocada era suficiente “sospecha” para vaciar los cargadores, manual de uso de la fuerza y derechos humanos incluidos en letra chiquita.
La pregunta incómoda es ésta: si con miles de cuerpos en el suelo no pasa nada, ¿qué esperan para reaccionar, el asesinato transmitido en cadena nacional a la hora de la comida? Porque hoy es Ricardo Mizael, ayer fue otro adolescente repartidor, mañana será cualquier otro nombre que durará 24 horas en la nota roja y luego se perderá debajo de la siguiente cifra “oficial”.
Normalizar la barbarie
Decir “es un caso más” parece brutal, pero es exactamente como lo trata el aparato de gobierno: archivo abierto, carpeta iniciada, conferencia sin preguntas incómodas y a lo que sigue. En Culiacán ya se volvió rutina caminar con miedo, mirar al suelo cuando pasan camionetas polarizadas y aprender a no preguntar demasiado por los balazos de anoche.proceso+4
La madre de Ricardo los descoloca justo por eso: no se calla, no agradece el “apoyo moral y espiritual”, no se deja usar de fondo para discursos de empatía barata. Les recuerda que el niño al que mataron no era un número de expediente, era el que rescataba gatitos y jugaba básquet, y que mientras ellos reparten culpas, ella tiene que aprender a vivir con un funeral donde debería haber tarea, uniforme y entrenamiento.
¿A quién le importa de verdad?
A la clase política distraída en los escandalos de su secta parece importarle solo que la narrativa no se le descomponga: que la “estrategia” siga sonando seria aunque la gente la esten matando a ritmo de récord histórico. A las familias les importa sobrevivir, que los hijos regresen de la farmacia, de la escuela, del trabajo; no ser la siguiente foto con veladoras y globos blancos en la marcha del domingo.
Así que sí, para el expediente estatal Ricardo Mizael es un caso más dentro de los más de 2,833 asesinatos que se acumulan en esta temporada de cacería sinaloense. Pero mientras la madre siga preguntando “¿dónde estaban cuando mataron a mi hijo?”, la verdadera pregunta va dirigida a todos los demás: ¿en qué momento nos convencieron de que vivir contando muertos es algo normal?
Con información: NOROESTE/

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