El “humanismo mexicano” terminó siendo una vecindad venida a menos: la casa transformadora, la de la honestida_ valiente, la esperanza de Mexico, se está cayendo a pedazos y los mismo que la construyeron con tabiques de muy baja calidad moral,ahora se acusan entre ellos.
Lo de Marx Arriaga es la escena perfecta: el ideólogo estrella de los libros de texto “revolucionarios”, el gurú que convirtió la SEP en mañanera impresa, sale del edificio escoltado por policías mientras se autoproclama mártir y reta a que lo esposen, como si lo estuvieran sacando de Palacio Nacional en 1913 y no de una oficina con elevador descompuesto y pastel de cumpleaños.
El tipo recomendado por una tipa que arrastra sus propios escándalos y que llenó los libros de faltas de ortografía, fechas históricas erróneas, planetas en desorden y propaganda marxista disfrazada de “nueva escuela mexicana”, ahora acusa al propio gobierno de privatizador y traidor, como si no fuera parte del mismo club que tronó la instalación eléctrica de la educación pública a punta de ocurrencias ideológicas.
La escena en la SEP es puro realismo mágico burocrático: cuatro policías aburridos, un funcionario que solo quiere terminar el trámite, la chava de la fruta, la del pastel, el poli chateando y el despedido actuando como si fuera Mandela rumbo a Robben Island, mientras nadie en el elevador se inmuta porque, bueno, es viernes y hay que regresar al escritorio.
Ahí está el símbolo: el arquitecto de los libros “transformadores” mendigando hueso, amenazando con “traer a la Fuerza Armada para sacarlo” y exigiendo saber quién firmó su caída, mientras el régimen que lo encumbró hace como que pone orden en una casa que se construyó con ladrillos de lealtad ciega, varilla de fanatismo y aplanado de resentimiento, y ahora se sorprenden de que el edificio truene por su propio peso.
En el fondo, la carcajada no es solo contra Marx Arriaga, sino contra todo un sistema que confundió educación con catecismo político, mérito con obediencia y servicio público con teatro de victimismo; hoy, los mismos que aplaudieron la obra están sentados en primera fila viendo cómo se les desmorona el escenario encima.
Con informacion: LATINUS/

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