Nadie llora tanto una tormenta como un cártel cuando ve cómo se le van 6.6 toneladas de coca al fondo del Pacífico… aunque esta vez, antes de hundirse en billetes mojados, el cargamento hizo escala forzosa con la Marina salvadoreña.
El buque fantasma de 165 millones
Un supply vessel de 54 metros, el FMS EAGLE, bandera de Tanzania,Africa —clásico disfraz de “empresa seria”— terminó fichado como la piñata narca más grande en la historia de El Salvador: 330 bultos, 6.6 toneladas de cocaína, unos 165 millones de dólares al mayoreo negro.
La Marina lo paró a 380 millas náuticas al suroeste del país, es decir, en plena «buquepista» del Pacífico, donde los barcos van más cargados de polvo que de mercancía declarada.
A bordo cayeron diez presuntos narcos: cuatro colombianos, tres nicas, dos panameños y un ecuatoriano; un casting multinacional de la logística del crimen global.
La coca, bien guardadita en tanques de lastre, solo salió a la luz cuando entraron los buzos de la Marina a desarmar el truco hidráulico de los ingenieros del narco.
¿Rumbo a Acapulco, Manzanillo o costa michoacana?
Por la zona de intercepción y el tipo de barco, no estamos hablando de carga para consumo local salvadoreño, sino de un tramo intermedio en la vieja ruta Colombia–Pacífico mexicano.
A esa altura del mar, con un buque de apoyo multipropósito, los destinos lógicos están en tres coordenadas del infierno turístico:
- Algún muelle discreto a la sombra de Acapulco, donde el glamur convive con bodegas improvisadas y camionetas sin placas.
- Manzanillo, campeón de los contenedores y de los “errores de sistema” en patios aduanales.
- O alguna franja discretísima de la costa michoacana, donde desembarcar en pangas de madrugada es tan normal como la pesca ribereña… pero mucho más rentable.
El patrón clásico:
- Salida desde Sudamérica,
- entrega en mar abierto frente a Centroamérica,
- avance a la altura de El Salvador,
- y luego ascenso hacia la costa mexicana para partir el pastel: una parte se queda, otra cruza a Estados Unidos, otra se recicla en triangulaciones más finas.
Las hectáreas que se fueron por la borda
Pongamos el golpe en términos que sí duelen al CFO del cártel:
Una tonelada de cocaína suele requerir muchas hectáreas de cultivo de hoja de coca, desde la siembra hasta los laboratorios de clorhidrato.
Con 6.6 toneladas decomisadas, estamos hablando de decenas de hectáreas trabajadas durante meses: campesinos, raspachines, cocineros, seguridad, insumos químicos, coimas locales, transporte interno, bodegas, lanzamientos y trasbordos, todo para que el producto final acabe exhibido frente a cámaras militares.
Es decir: la mitad de una serranía cocalera puesta al servicio de un solo embarque, que terminó convertida en evidencia numerada.
Y no solo es la coca: detrás vienen los créditos criminales, los adelantos a comunidades, los sobornos ya pagados a funcionarios intermedios, el combustible de los barcos, las comunicaciones, la protección armada, todo perdido en un solo decomiso.
La cadena de producción criminal
Para llegar a esos 330 bultos, el proceso no es cualquier cosa:
- Primero, la hoja: sembradíos escondidos en laderas remotas, con campesinos atados por deuda o por miedo.
- Luego, la pasta base: cocinas clandestinas llenas de gasolina, cemento, ácidos y solventes; química rural al servicio del negocio global.
- Después, el refinamiento a clorhidrato de cocaína, ya en laboratorios más especializados, donde la mercancía empieza a cotizarse en otra liga.
- Más tarde, el empaquetado: ladrillos uniformes, marcados con logos, iniciales o “marcas” del grupo responsable, listos para navegar.
- Al final, la logística marítima: lanchas rápidas, barcos pesqueros como fachada, y ahora un buque de apoyo de 54 metros con bandera africana, tanques de lastre usados como bóveda y una tripulación multinacional.
Todo ese esfuerzo empresarial criminal, toda esa inversión en infraestructura y corrupción, se traduce en una escena simple: buzos militares entrando a los tanques, sacando bultos empapados de mar, mientras en algún búnker continental alguien hace la aritmética del desastre financiero.
El Pacífico como contabilidad del narco
Las autoridades salvadoreñas ya venían reportando decomisos fuertes: 2.8 toneladas de cocaína en lo que va del año, valoradas en unos 70 millones de dólares, y más de 25 toneladas de droga asegurada en 2025, mayormente coca, tasadas en unos 618 millones.
Pero esta incautación sola se lleva la medalla histórica del país, se planta con 6.6 toneladas y 165 millones, y manda un mensaje contable clarito: el mar también es un auditor implacable.
A falta de acta de defunción oficial del cargamento, podemos resumir así:
- Si el barco iba hacia Acapulco, Manzanillo o la costa michoacana, hoy esos puertos duermen un poco más tranquilos, aunque sea por un embarque menos.
- Si era solo un tramo de una logística mayor, en este momento hay llamadas encriptadas, gritos contenidos y amenazas internas intentando explicar cómo se les evaporó medio año de trabajo en una sola parada marítima.
Al final, todo ese esfuerzo criminal —hectáreas sembradas, químicos movidos, sobornos pagados, barcos equipados, rutas negociadas— terminó donde menos le gusta al narco: convertido en cifras oficiales, fotos de bultos alineados y un presidente presumiendo la “incautación más grande de su historia” ante el mundo.
Con informacion: PROCESO/ MEDIOS/

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