En Peribán, Michoacán, los guardianes del orden decidieron hacer justicia como en los viejos corridos: sin jueces, ni pruebas, ni ley, pero con muchos tablazos. Un video de más de 14 minutos muestra a un grupo de militares practicando su propio método de “interrogatorio operativo”: golpes en la cabeza, amenazas de muerte, y el clásico discurso de guerra santa —»Somos la muerte, somos la v…»— que más parece mantra de sicarios con paga oficial que de soldados de la República.
La escena ocurre dentro de un local de tragamonedas, esos pequeños templos de la informalidad donde se mezclan el ocio, las cuotas criminales y la vista gorda institucional. Allí, los uniformados con síndrome de gatilleros de Cartel conviertieron las máquinas que toleran en Tamaulipas y el pais, en pared de castigo y los puños en dogma. No hay inteligencia militar, solo el ritual del miedo: golpes, humillación y gritos como sustituto de la estrategia.
Si viviéramos en un estado de derecho —un concepto hoy tan mítico como Tenochtitlan—, los protagonistas del video enfrentarían un inventario completo de delitos: tortura (artículo 24 de la Ley Federal para Prevenir y Sancionar la Tortura), abuso de autoridad, lesiones dolosas, privación ilegal de la libertad, amenazas y, para rematar, violaciones al fuero militar y al Código Penal Federal.
En un país funcional, eso equivaldría a sanciones de prisión, destitución, inhabilitación y procesos ante la Corte Interamericana. Pero aquí, la sanción habitual es el silencio administrativo y la promesa de una investigación que nunca llega.
El video no solo exhibe una golpiza; muestra una filosofía: la de los soldados que se miran al espejo del enemigo y se reconocen. Combaten al crimen adoptando sus métodos, sus modismos y su placer por el castigo.
En la región aguacatera, donde el ejercito históricamente ha sido mas problema que solución ,mandar es más cuestión de quién grita más fuerte que de quién obedece la ley, el uniforme se ha fundido con la impunidad.
Ni la Sedena ni la Guardia Nacional han aclarado el suceso, como no han aclarado muchos otros,tal vez por pena y tal vez convenga no saberlo: en el Michoacán donde todo mundo dice servir a la patria, ya nadie recuerda a cuál,lo dice la evidencia.
Con información: ELNORTE/

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