Marx Arriaga decidió atrincherarse en la SEP como si fuera el último bastión revolucionario de la burocracia ilustrada. Dos días encerrado en su oficina, transmitiendo en vivo su resistencia, mientras del otro lado de la puerta los burócratas de confianza de Raquel Buenrostro,bajo el segundo piso de Claudia Sheinbaum, sudan tinta intentando encontrar en el Diario Oficial el argumento legal para correrlo sin mancharse las manos.
El académico —que aún firma como Director General de Materiales Educativos, aunque el gobierno ya lo haya borrado a lápiz— acusa que la flamante Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno tendrá que hacer “malabares” para justificar su despido. Traducción libre: están improvisando un acto de magia legal para transformarle su plaza en cargo de libre designación y así darle las gracias “por sus servicios a la patria editorial”.
Mientras tanto, Arriaga grita desde su trinchera digital: “¡A ver si le cumplen el caprichito a estos!” y asegura que en la SEP “están pariendo chayotes”, porque el anexo que legaliza todo el movimiento tendría fecha vencida. O sea, que el pastel institucional se les quemó en el horno del DOF.
El drama no se queda ahí. Mostrando oficios y papeles con aire de revelación, Arriaga denuncia que lo obligaron a podar las guías docentes por motivos económicos: de seis tomos a un panfleto de 106 páginas. Según él, el recorte implica borrar episodios de Ayotzinapa, de la Guerra Sucia y hasta nombres de mujeres que ya habían sido incorporadas “con perspectiva de historia digna”. “Aquí de lo que se trata es de dinerito”, sentenció, en tono de telenovela educativa.
Ironías de la vida: Marx Arriaga, defensor de las causas del régimen, ahora probando el amargo sabor del burocratismo que él mismo ayudó a cebar. Si la realidad ofrece novelas, esta sería “El funcionario que desafió al sistema… que él mismo redactó”.
La miseria moral del funcionario y la torpeza del poder
El episodio reciente protagonizado por Marx Arriaga y la Secretaría de Educación Pública no es sino una parábola de la decadencia institucional contemporánea bajo el llamado gobierno del segundo piso. En él se cruzan dos figuras igualmente extraviadas: el burócrata que confunde fe con lealtad ciega, y el gobierno que exige obediencia pero es incapaz de sostener la dignidad que predica.
Arriaga encarna la figura del funcionario que quiso ser místico de la administración: un devoto del discurso oficial que termina creyéndose mártir cuando el poder —que todo lo usa y nada respeta— le da la espalda. Su defensa del cargo no nace de la convicción moral, sino del apego al privilegio que alguna vez confundió con mérito. Hay en su alegato la vanidad del doctrinario que descubre tarde que el dogma también devora a sus profetas.
Del otro lado, el gobierno actúa con la tosquedad propia del poder que ha perdido todo recato. Pretende resolver su contradicción moral con un trámite administrativo, como si la legalidad fuera un bisturí capaz de extirpar la vergüenza. En su prisa por controlar hasta el gesto, exhibe su verdadera enfermedad: el desprecio por la inteligencia de quienes lo sirven y la indiferencia hacia el sentido ético del Estado.
Así, funcionario y gobierno se confunden en una sola sombra: la del régimen que produce fieles sin criterio y luego los sacrifica para lavarse la conciencia. Ambos son rostros de una misma ruina moral, esa en la que la obediencia suple al pensamiento y la burocracia sustituye al ideal.
Con informacion: ELNORTE/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: