Resulta que la 4T decidió hacer lo que mejor sabe: pelearse consigo misma. La revolución moral se volvió una pelea de gallos entre los discípulos del mesías tropical, ese que prometió retirarse en un monte del olvido para descansar y dejarnos descansar,pero sigue dictando los mandamientos desde La Chingada,su rancho en palenquevisión. La secta obradorista está ahora en modo demolición: todos quieren quedarse con el testamento del patriarca y nadie quiere admitir que el “legado” viene con factura de corrucpion,ligas con el narco y moho político.
La chispa que incendió la pradera fue el libro Ni venganza ni perdón de Julio Scherer Ibarra. Entre página y página, Scherer mete cuchillo fino al gabinete del sexenio divino: Bartlett, Gertz, Adán Augusto, Jesus Ramírez Cuevas… un Quién es quién del desastre institucional que alude a los muertos para exhibir a los vivos de la pudrición Morenista de Americo Villarreal en Tamaulipas. Y por si fuera poco, todavía tiene la elegancia de decir que todo lo cuenta “con cariño”. En México llamar “cariñoso” a tu ajuste de cuentas ya es una tradición literaria.
Como buen tragicómico, Scherer logra lo que pocos: hacer que los puristas de la 4T griten “¡traición!” mientras los reformistas saborean la sangre. Y es que el obradorismo parece esas religiones donde el profeta se ausenta cinco minutos y los apóstoles fundan tres iglesias distintas. Los evangelios según Marcelo, Adán y Claudia, próximos en edición ilustrada por SEDENA.
Y por si faltaba drama, Marx Arriaga—el comunista cruzado de los nuevos y garrafales libros de texto—decidió cerrar su arco narrativo quemando el templo. Despedido de la SEP, se despidió con el grito revolucionario del siglo XXI: “¡Que no quede piedra sobre piedra!” Hay villanos de película con más autocontrol. Mientras tanto, Layda Sansores hace stand-up en Campeche y los Monreal organizan su propio “reality” familiar: Hermanos en armas (y en pleito).
Conclusión breve: nadie le ha hecho más trabajo sucio a la oposición que los morenistas mismos. El oficialismo se convirtió en su propio enemigo, su propio guion y su propia tragedia. Si la 4T fuera una ópera, estaríamos en el acto final: los coristas se matan entre sí y el telón cae sobre el eco de un canto gregoriano: “Ni venganza, ni perdón… nomás odio puro.”
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/JUAN IGNACIO ZAVALA

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