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miércoles, 11 de febrero de 2026

UNA «MISION HUMANITARIA FALLIDA»:»ERROR de PILOTOS de la MARINA EXPERTOS en DESPLOMES PROVOCÓ la TRAGEDIA de GALVESTON»…la tripulación decidió desafiar la física, la neblina y los protocolos.


Lo que debía ser una misión heroica terminó como una postal del desastre burocrático con alas. Un avión de la Armada de México, que partió de Mérida para salvar la vida de un niño con quemaduras graves, acabó estrellado en el mar frente a Galveston, Texas, porque su tripulación decidió que desafiar la física, la neblina y los protocolos era buena idea. El resultado: seis muertos, dos sobrevivientes, y otro capítulo del manual de cómo las Fuerzas Armadas vuelan con más fe que instrumentos.

El reporte preliminar de la NTSB, la autoridad estadounidense que investiga estos siniestros, parece escrito con resignación: confusión con las torres de control, fallas de comunicación, altitudes incorrectas, y una dosis peligrosa de exceso de confianza. En resumidas cuentas, los pilotos de la Marina volaban bajo —no solo en altitud— y confundieron un “acérquense” con un “aterricen si quieren”.

La tragedia ocurrió el 22 de diciembre de 2025, cuando el Beechcraft Super King Air 350, matrícula ANX-1209, operaba con la Fundación Michou y Mau, una organización civil que suele hacer lo que el Estado no: salvar niños quemados. Pero esta vez ni el milagro aguantó tanta incompetencia.

El avión intentó aterrizar pese a una neblina que no dejaba ver ni la punta del ala. Aun así, la tripulación creyó que podía vencer la meteorología. Bajaron más de la cuenta —deberían haber mantenido al menos tres veces más altura— y, sin visibilidad ni guía clara, terminaron por impactar contra el mar. Federico, el niño que debía recibir tratamiento, murió junto con su madre, un médico y cuatro marinos.

El accidente se suma a una lista ya preocupante: más de diez percances aéreos militares en el sexenio del primer piso la 4T, con 46 muertos en total. La “disciplina” que presume el Gobierno parece evaporarse dentro de las cabinas. La pregunta que queda flotando —como los restos de aquel avión— es si alguien aprenderá algo o si, como siempre, bastará con un minuto de silencio y un comunicado patriótico.

El incidente del accidente a detalle: 

El pasado 22 de diciembre, un avión Beechcraft Super King Air 350 de la Armada de México, con matrícula ANX-1209, despegó de Mérida, Yucatán, para trasladar a un niño con quemaduras graves hacia Texas.

La aeronave, que operaba en coordinación con la Fundación Michou y Mau, organización que apoya a niños con quemaduras severas, transportaba a ocho personas cuando, en la fase final de aproximación al Aeropuerto Internacional Scholes en Galveston, se tomaron malas decisiones aeronáuticas y el avión estrelló en el mar.

Federico, el niño que iba a ser atendido, fue uno de los fallecidos, además de un doctor y cuatro elementos de la Armada. La madre del menor y una enfermera fueron rescatadas con vida.

El reporte de NTSB (por sus siglas en inglés) señala que el día del accidente en Galveston, una densa niebla cubría la costa, reduciendo la visibilidad a niveles donde, por reglamento, no estaba permitido intentar un aterrizaje. A pesar de que la pista no era visible para los pilotos, la tripulación decidió continuar con la maniobra, ignorando que la seguridad del vuelo estaba seriamente comprometida.

Desde el primer momento hubo malentendidos sobre cómo debía el avión aproximarse a la pista. Al principio, el controlador de tráfico aéreo les dio instrucciones para usar un sistema de aterrizaje basado en señales de radio (conocido como ILS). Sin embargo, apenas nueve segundos después, les cambió la orden y les pidió que usaran un sistema guiado por GPS.

Los pilotos nunca confirmaron que habían escuchado o entendido el cambio de plan, creando un vacío de información muy peligroso: el controlador asumió que los pilotos ya estaban usando el GPS para descender, pero ellos nunca aseguraron tener esa instrucción lista en sus equipos de navegación.

En las grabaciones se detectó que los pilotos estaban confundidos: cuando el controlador les pedía volar a una altura segura, ellos respondían con datos incoherentes, como si no entendieran las órdenes dadas.

En el momento de mayor tensión, los pilotos informaron que estaban «autorizados para aterrizar» cuando, en realidad, solo tenían permiso para acercarse a la zona, una confusión de palabras que resultó fatal en medio de la ceguera provocada por la intensa neblina.

La prisa por llegar pudo haber nublado el juicio de los pilotos. En lugar de realizar un descenso suave y controlado, el avión bajó de forma brusca y errática. Según los radares, el King Air volaba a una altura de apenas 275 pies (unos 80 metros) cuando, por seguridad, debería haber estado a más del triple de esa altura para evitar un impacto. Sin terreno visible y volando demasiado bajo, el avión golpeó el agua.

La omisión de protocolos básicos de aviación provocó errores que, según el reporte oficial, pudieron haberse prevenido y así impedir la tragedia del niño, que en lugar de salvar su vida. la perdió.

Con informacion: ELNORTE/

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