En el país de las buenas noticias, los muertos aprendieron a desaparecer por amor a la estadística.
La fiesta del 42%
En Palacio el estratega Omar García Harfuch nos vendio el milagro: “bajaron 42 por ciento los homicidios dolosos, estamos en el nivel más bajo desde 2016, éxito de la Estrategia Nacional de Seguridad”.
Menos homicidios, más levantones
En paralelo a la épica del 42% menos homicidios, Tamaulipas se consolida como segundo lugar nacional en “levantones” y las desapariciones pegan un brinco de 213 por ciento. Es el país donde desaparecer equivale a morir, pero sin el estorbo de tener que contarte como muerto.
La ecuación es absurda: bajan los homicidios en los informes, suben las fosas, suben las familias buscando, suben los cuerpos acumulados en servicios forenses y fosas comunes. “¿Menos homicidios y más desapariciones y fosas clandestinas?” no es una pregunta retórica, es el resumen técnico del truco.
El truco contable del cadáver
Aquí está la puntilla: cuando aparecen en fosas, esos cuerpos ya no entran en la categoría de “homicidios del día”. Son muertos sin fecha útil para la estadística, cadáveres desfasados que permiten sostener la fantasía de que hoy se mata menos, aunque estés desenterrando ayer, antier y todo el sexenio.
A eso súmale a los “abatidos”: Nuevo León admite, sin sonrojarse, que no los registra como muertos, aunque estén muertos, porque los tuvo que matar la autoridad. El resultado es monstruoso: si te desaparecen, no eres homicidio; si te ejecuta el Estado, tampoco; si te encuentran tarde, eres problema administrativo, no cifra de violencia letal.
El país que barre muertos
Las “geografías de la crueldad” describen un México donde el mapa real es de fosas, desplazados, niños con armas “aligeradas” y jóvenes reciclables para el sicariato, mientras la lámina oficial jura que todo va para abajo. La impunidad es el pegamento del teatro: se persigue al gatillero barato, se protege al cerebro caro, se administra el escándalo y cada mes se estrena un nuevo gráfico optimista.
Estados pelean por no quedarse con los cuerpos, no por hacer justicia, sino por no manchar su numerito de incidencia delictiva. El cadáver se volvió mercancía estadística: ver quién se lo carga en la cuenta o quién lo barre debajo de la alfombra numérica.
Dos Méxicos y una mentira
Hoy coexisten dos países: el que se cuenta en la conferencia, con homicidios a la baja y delitos de alto impacto “controlados”, y el que se excava con palas, donde la violencia crónica no se reduce, solo se ramifica. En uno, la seguridad es una gráfica; en el otro, la gente mide el riesgo por fosas, levantones y balaceras.
En sintesis:
Unas cuantas frases son el truco central del “éxito” oficial:
- Si te desaparecen, vulgo te levantan, no eres homicidio, eres carpeta de persona no localizada.
- Si te hallan dias o meses después en una fosa, ya no entras como “muerto del dia”, así que no ensucias la cifra del periodo que se presumen y vas al apartado de «fosas clandestinas’.
- Si te mata la autoridad y te etiqueta como “abatido”, te borran de la estadística de homicidios dolosos, como si estuvieras muerto pero sin derecho a contabilidad.
En síntesis: la “buena noticia” de menos homicidios se fabrica dejando fuera tres bolsotas de muertos —desaparecidos en el pais donde desaparecer equivale a morir, fosas clandestinas tardías y abatidos por el Estado—, porque la verdadera masacre está escondida detrás del maquillaje estadístico.
Cuando un Estado necesita esconder a sus muertos para sostener su relato, lo que cayó no fue la violencia, fue la poca credibilidad que le quedaba. La “buena noticia” es que bajan los homicidios; la mala, la verdadera, es que ya ni siquiera hace falta matarte a la vista pública para sacarte de la estadística: con desaparecerte alcanza.

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