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viernes, 22 de mayo de 2026

«QUE NO se VAYA IMPUNE como HERNÁN CORTÉS: PRESIDENTA de MEMORIA HISTORICA SELECTIVA NO TIENE MEMORIA JUDICIAL»… recuerda con nitidez para atacar al adversario y “olvida” lo que incomoda al propio bando.


Hay crímenes que envejecen… pero no prescriben en la conciencia. Y hay discursos que, aunque suenen modernos en Palacio Nacional, huelen a archivo cerrado, a carpetazo diplomático y a esa vieja costumbre de medir la justicia con cronómetro político.

La tesis presidencial —esa de que “¿qué sentido tiene juzgar algo de hace 30 años?”— es peligrosa no por ingenua, sino por útil. Porque si el tiempo borra responsabilidades, entonces abrimos la puerta para que todos los “ayeres incómodos” se reciclen como anécdotas. Y bajo esa lógica, más de uno debería dormir tranquilo… incluidos los que hoy reparten lecciones desde el templete.

Pero aquí viene el detalle que no se dice en voz alta: el derecho penal internacional —ese que incomoda a los Estados cuando deja de ser decorativo— no funciona con relojes políticos. 

Los crímenes graves, especialmente aquellos que implican ejecuciones extrajudiciales, uso indebido de fuerza militar contra civiles o actos que podrían encuadrar como crímenes de lesa humanidad, no se diluyen con el calendario. No caducan como leche en el refrigerador del poder.

El derribo de las avionetas en 1996 no fue un accidente meteorológico ni una travesura geopolítica. Fue una decisión operativa en cadena de mando. Y en esas cadenas, los eslabones más altos no son simbólicos: son responsables. La doctrina de “responsabilidad de mando” —que tanto se invoca selectivamente en América Latina— establece que quien ordena, permite o no impide, también responde.

Entonces no, no se trata de si el señor tiene 94 años o si el expediente acumula polvo. Se trata de si hubo una decisión deliberada que terminó en la muerte de civiles. Y si la hubo, el tiempo no es absolución: es evidencia de impunidad prolongada.

Ahora bien, el argumento de la “injerencia extranjera” suena atractivo… hasta que recordamos que el mismo criterio se usa —con entusiasmo— cuando conviene políticamente. Porque cuando se trata de juzgar a adversarios ideológicos, la memoria histórica se vuelve quirúrgica; pero cuando el señalado pertenece al club correcto, entonces aparecen la amnesia selectiva y los discursos sobre soberanía.

Curioso: para algunos episodios, 30 años son demasiados; para otros, 30 años son apenas el inicio de la indignación. Depende de quién esté en el banquillo… o de qué lado del espectro ideológico se encuentre.

Y aquí es donde el título cobra sentido. Porque la historia latinoamericana está llena de figuras que hicieron —o permitieron— atrocidades y terminaron convertidas en estatuas, nombres de avenidas o capítulos incómodos en libros de texto. Hernán Cortés no fue juzgado por su tiempo; fue absorbido por la narrativa del poder. Y ese es el verdadero riesgo: no que se juzgue tarde, sino que nunca se juzgue.

Porque cuando el mensaje es que el tiempo absuelve, lo que realmente se está diciendo es otra cosa: que basta resistir lo suficiente para que la justicia se canse.

Y no. La justicia no debería cansarse.

Si hay evidencia, si hay cadena de mando, si hay víctimas, entonces hay caso. Aquí, en Miami o en cualquier tribunal que todavía crea que la ley no es un accesorio ideológico.

Lo demás —la edad, el calendario, la conveniencia diplomática— es ruido.

Y el ruido, históricamente, ha sido el mejor aliado de la impunidad.

Con informacion: ELNORTE/

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