Más allá del mensajero, el mensaje es brutal: hay un señalamiento directo de colusión Estado–narco, de uso político de grupos criminales, de una guerra de drogas interminable y de un país atravesado por huachicol, muertos y desaparecidos durante la gestión de Andres Manuel Lopez Obrador y que aun continua.
Más allá de si quien lo dice tiene autoridad moral o credibilidad, el contenido apunta a algo que trasciende al sexenio en turno: la fusión progresiva entre estructuras estatales y estructuras criminales, y la normalización de esa simbiosis.
El justo medio implica reconocer que ningún bando tiene monopolio de la mentira ni de la verdad; los gobiernos maquillan, y los opositores explotan políticamente el dolor. Pero el hecho duro permanece: hay decenas de miles de familias buscando restos donde el Estado no llega o llega tarde.
En el justo medio, lo relevante no es comprarle la narrativa completa a ningún actor: ni gobierno ni televisora son árbitros imparciales; ambos usan la palabra “pueblo” como escudo y arma según convenga. La tarea es someter a contraste datos, tendencias y hechos más allá de la pose y la retórica.
Lo que sí queda en pie
Si despojamos el discurso de su envoltura propagandística, quedan varios mensajes que deberían preocupar a cualquiera, sin importar simpatías políticas:
- La colusión Estado–crimen no es excepción, sino estructura.
- La guerra contra las drogas se recicla y rebautiza, pero no se resuelve.
- El saqueo de recursos públicos (como el combustible) es sistémico, no marginal.
- Las víctimas y desaparecidos siguen siendo moneda de cambio simbólica, no prioridad real.
El justo medio no es repartirse culpas “parejo” por equidistancia cómoda, sino sostener esto: aunque el mensajero sea hipócrita, el señalamiento obliga a revisar al poder con la misma dureza, hoy y mañana, gobierne quien gobierne.
Con informacion: TVAZTECA/

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