Primero ocurre el escándalo: una jueza penal en funciones que, sin rubor, también funge como cuadro activo de Morena. Después viene la reacción pública —predecible— sobre la imparcialidad judicial hecha trizas. Y entonces, casi en sincronía quirúrgica, llegan las “decisiones responsables”: renuncia al Poder Judicial y expulsión del partido. Todo en cuestión de horas. Qué eficiencia cuando hay presión.
La narrativa oficial: pureza por decreto
Ponce Caro dice que se va para “salvaguardar la confianza ciudadana”. Morena dice que la quita porque su cargo judicial es “incompatible” con la militancia. Ambos discursos suenan impecables… si uno ignora que la incompatibilidad no nació el domingo a las 21:00 horas. Ya existía desde el momento en que decidió jugar en ambos bandos: juzgadora y operadora partidista.
El pequeño detalle que incomoda
No estamos ante un tecnicismo administrativo, sino ante un conflicto de interés de manual. Una jueza penal —con poder directo sobre libertades y procesos— alineada orgánicamente a un partido político, justo cuando el país atraviesa una reforma judicial que presume independencia. La contradicción no es menor; es estructural.
Morena: primero lo permite, luego lo “corrige”
El partido no detectó la incompatibilidad cuando la nombraron secretaria de sección. La detectó cuando se volvió escándalo. Y entonces actúa con firmeza ejemplar… pero reactiva, no preventiva. Es decir: no corrige por principios, corrige por costo político.
La renuncia: ¿acto de conciencia o salida obligada?
La carta habla de “responsabilidad pública”, pero el contexto grita otra cosa: presión mediática, cuestionamiento institucional y riesgo de invalidar decisiones judiciales bajo sospecha de parcialidad. No es que “ya se estén entendiendo”; es que ya no podían sostener lo indefendible.
El mensaje de fondo
El caso expone algo más profundo que una doble militancia mal calculada:
- La permeabilidad entre estructuras partidistas y el aparato judicial.
- La fragilidad del discurso de imparcialidad en plena reforma judicial.
- La tendencia a corregir sólo cuando el escándalo es inocultable.
Aquí no hubo conversión ética repentina. Hubo evidencia, ruido público y una reacción de contención. En otras palabras: sí, “ya se van entendiendo”… pero a base de presión, no de convicción.
Con informacion:ELNORTE/

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