En Palacio Nacional no solo gobiernan: también rediseñan el tablero… y se quedan con todas las piezas. Claudia Sheinbaum ha dejado claro que lo suyo no es administrar equilibrios, sino desmontarlos. La nueva intentona de meterle mano al Poder Judicial —colada junto con ajustes electorales por la vía rápida— no es un detalle técnico: es otro ladrillo en la construcción de un modelo donde el control se centraliza y el federalismo se vuelve decoración constitucional.
En menos de dos años, el famoso Plan C no solo reconfiguró los contrapesos: los dejó en estado vegetativo. El golpe al Judicial fue quirúrgico y profundo: ahora desde el filtro hasta la permanencia de jueces pasa por mecanismos alineados al poder político. Resultado: los tres poderes orbitan una sola cabina de mando. Turbulencias incluidas.
Desde la narrativa oficial, esto se vende como eficiencia: menos “estorbos” regulatorios, más capacidad de acción. En la práctica, es una jugada de alto riesgo: si ya no hay árbitros ni supervisores, tampoco hay pretextos. El gobierno quedó solo frente a sus resultados… o a su falta de ellos. La captura del Judicial fue la joya de la corona en esta fantasía de autonomía ejecutiva.
El problema es que la pulsión centralizadora no se detiene en los tribunales. Estados y municipios han pasado de ser interlocutores a convertirse en subordinados administrativos. Aquí no se negocia: se instruye. Y si hay dudas, se maquillan de “coordinación”. La reforma judicial lo exhibe con claridad: los gobiernos estatales se enteran al mismo tiempo que cualquier ciudadano de lo que tendrán que acatar. Federalismo por WhatsApp, pues.
La evidencia empírica no falta. En reuniones con alcaldes —enero de 2025 y marzo de 2026— el mensaje fue simple: parte de sus presupuestos se reasigna a programas federales definidos desde el centro. Seguridad, pueblos indígenas… da igual el rubro, la lógica es la misma: el dinero local también se decide en Palacio. Derecho al pataleo, inexistente.
En procuración de justicia, el argumento es tentador: coordinar fiscalías ante su evidente ineficacia. El diagnóstico puede ser correcto; el método, no tanto. Porque lo que no aparece por ningún lado es un debate nacional serio sobre cómo rediseñar ese sistema. Se impone la solución sin discutir el problema de fondo: la simulación de autonomías capturadas por gobernadores.
El centralismo también tropieza cuando sale de la burbuja chilanga. El episodio del calendario escolar recortado por el Mundial fue un retrato perfecto: una decisión cocinada en escritorio, presentada como hecho consumado y retirada tras el rechazo nacional. Ni siquiera con todas las autoridades educativas en la mesa resistieron la tentación de imponer. El resultado: un sainete que exhibe desconexión territorial.
Y es que el problema no es solo jurídico, sino cultural: una mezcla de autosuficiencia política y chilangocentrismo que asume que el país funciona como la Ciudad de México. Spoiler: no. Morena lo comprobó en Chihuahua, donde su intento de montar narrativa desde la capital terminó en mitin desangelado y lectura equivocada del contexto local. No es lo mismo Coyoacán que la frontera norte, aunque en Palacio parezcan convencidos de que sí.
Mientras tanto, al interior del oficialismo, la autocrítica cotiza como traición. Cuestionar decisiones abre la puerta —dicen— a legitimar a la oposición. Resultado: un ecosistema donde la presidenta decide cada vez más cosas, por ley y por práctica, y donde su propio gabinete se reduce a ejecutores. El margen de deliberación se achica al ritmo que crece la concentración.
Lo paradójico es que este modelo recuerda, con ironía histórica, a la vieja presidencia priista… pero sin uno de sus componentes clave: la función arbitral entre grupos, regiones y facciones. Aquel presidencialismo, con todos sus excesos, operaba como balanza interna. El actual apuesta por la verticalidad sin amortiguadores.
Y ahí está el riesgo mayor: la centralización no solo concentra poder, también concentra responsabilidad. Sin contrapesos, sin negociación territorial y sin válvulas internas, cualquier falla escala directo al despacho presidencial. La camisa de fuerza que hoy garantiza control mañana puede convertirse en el principal obstáculo para gobernar.
Porque al final, el tablero sin frenos ni límites no es un signo de fortaleza institucional, sino de fragilidad diferida. Hoy lo controla Sheinbaum. Mañana, alguien más. Y para entonces, el federalismo podría ser apenas una nota al pie en una Constitución cada vez más ornamental.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/SALVADOR CAMARENA

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