En política, el poder rara vez se limita a gobernar: también se imprime. Literalmente. El anuncio —todavía envuelto en el lenguaje burocrático de la “planificación” y la “debida diligencia”— de un posible billete de 250 dólares con la cara de Donald Trump no es un simple capricho numismático; es una declaración de época.
El Departamento del Tesoro no suele adelantarse a leyes “estancadas” por entusiasmo cívico. Cuando lo hace, es porque el impulso viene de arriba. Y arriba, en este caso, no solo está la Casa Blanca, sino un estilo de ejercer el poder que entiende los símbolos como territorio político. Trump no busca únicamente gobernar Estados Unidos: busca habitarlo, marcarlo, firmarlo.
La propuesta del congresista Joe Wilson, que rompería con la norma histórica de no colocar a personas vivas en el dinero estadounidense, no es menor. Es, en términos institucionales, una anomalía. En términos políticos, una confesión: el trumpismo no se conforma con la alternancia democrática, aspira a la permanencia simbólica.
El detalle del diseño lo confirma todo. No solo sería el rostro de Trump —ya omnipresente en pancartas oficiales— sino también su firma. Es decir, no basta con aparecer en el billete: hay que rubricarlo. Convertir la moneda en una extensión del branding personal. El dinero como «merchandising» de Estado.
Más revelador aún es el contexto interno. La presión reportada sobre la Oficina de Grabado e Impresión, la reasignación de funcionarios que se resistieron y la aceleración de procesos que normalmente toman años, dibujan un patrón conocido: cuando la institucionalidad estorba, se rodea; cuando se resiste, se reemplaza.
El argumento conmemorativo —los 250 años de la independencia— funciona como coartada patriótica, pero difícilmente disimula la operación de fondo. Porque la pregunta no es si Estados Unidos merece celebrar su historia, sino quién tiene derecho a apropiarse de ella en tiempo real.
Si el billete llega a circular, no será solo una nueva denominación. Será un mensaje: el poder ya no se limita a ejercer funciones, ahora también se imprime en la iconografía nacional mientras el titular sigue en funciones. Un gesto que, en cualquier otra latitud, se leería sin ambigüedades como culto al líder.
En Estados Unidos, por ahora, se le llama “legislación en proceso”.
Con informacion: LANCASTERONLINE/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: