La 4T nació vendiéndose como una cruzada moral, casi como si la política mexicana necesitara un santo y no un presidente. Y ahí apareció López Obrador: descalzo, austero, humilde, envuelto en una narrativa de sacrificio que parecía más campaña de canonización que proyecto de gobierno. La ecuación era simple: él era la decencia encarnada, y todo lo que tocaba quedaba automáticamente bendecido. No hacía falta demostrar resultados; bastaba con la pureza declarada.
Pero esa supuesta regeneración nunca fue un ejercicio contemplativo ni una reforma ética abstracta. Desde el principio tuvo un objetivo muy terrenal: el poder. Ganarlo, ejercerlo y conservarlo. Y para eso, la moral dejó de ser un valor y se convirtió en un filtro político: los buenos eran los propios; los malos, todos los demás. Críticos, periodistas, opositores: automáticamente clasificados en el catálogo de lo inmoral, lo corrupto o lo mezquino. La ética dejó de ser principio para convertirse en arma.
Luego vino la mutación inevitable: del hombre al movimiento, del movimiento al partido, y del partido al aparato estatal. Morena se expandió ocupando cargos mientras desmantelaba contrapesos incómodos. El servicio público dejó de ser servicio y pasó a ser obediencia; las capacidades se sustituyeron por lealtades, y el derecho quedó reducido a discurso ornamental. El famoso “elefante reumático” no desapareció: simplemente cambió de jinete.
Para justificarlo todo, la 4T se envolvió en el viejo guion nacionalista: Independencia, Reforma, Revolución… y ahora, la supuesta cuarta etapa histórica encabezada por el líder redentor. Un relato épico donde México, por fin, alcanzaría su destino manifiesto. El problema es que entre tanta narrativa grandilocuente, la realidad siguió su curso: desigualdad persistente, redes de poder intactas y prácticas que, lejos de erradicarse, encontraron nuevas formas de sobrevivir.
Con el paso del tiempo, la “honestidad valiente” empezó a sonar más a eslogan que a diagnóstico. Cada falla, cada error, cada escándalo, se intentó cubrir con el mismo argumento: la superioridad moral del proyecto. Pero la realidad —esa que no se somete a conferencias mañaneras— comenzó a filtrarse por todos lados. Señalamientos, investigaciones, indicios de corrupción que dibujan un patrón incómodo: bajo el discurso de pureza se gestó un sistema tan complejo como opaco.
Hoy, el mito fundacional está agrietado. La autoridad moral que sostenía a la 4T ya no alcanza para explicar —mucho menos para justificar— lo que ocurrió en los hechos. Y aquí está el problema de fondo: cuando construyes todo un régimen sobre la supuesta virtud de una persona, no de instituciones, el derrumbe no es parcial, es estructural.
Por eso, la salida no puede ser simplemente cambiar nombres en las boletas o reciclar discursos de regeneración. El daño no es superficial ni administrativo; es político, institucional y cultural. Pensar que basta con castigar a algunos responsables o reemplazar figuras es repetir el mismo error que permitió este ciclo.
Si algo queda claro es que México no necesita otro redentor con complejo de prócer. Si de verdad se quiere hablar de una “Quinta Transformación”, esta no puede nacer de la fe en un individuo ni del reparto maniqueo entre puros e impuros. Tendría que construirse —por fin— desde instituciones que funcionen, reglas que se respeten y ciudadanos que no tengan que creer en milagros para exigir resultados.
Porque si la lección de la 4T es que la moral proclamada no sustituye a la rendición de cuentas, entonces el verdadero acto de transformación sería dejar de comprar discursos y empezar a exigir evidencia. Y eso, en la historia política mexicana, sí sería revolucionario.
Con informacion: RAMON COSSIO/DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/

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