El plan era muy siglo XXI: módulos metálicos decorados con flores y ajolotes, con taza automatizada, agua, jabón, secador, papel y hasta cambiador de pañales, todo gratis por ahora y rumbo al Mundial 2026. Pero la realidad chilanga es otra: para entrar al “baño inteligente” todavía necesitas que un guardia de seguridad te lo abra a mano, te dé tutorial y casi te desee suerte en tu misión.
Durante estas primeras semanas, en vez de un sistema automático impecable con la Tarjeta de Movilidad Integrada, hay un señor de chaleco que hace de cerrajero, recepcionista, instructor y testigo ocular de tus apuros fisiológicos. Los turistas del futuro, recibidos por la tecnología del primer mundo… operada con lógica de baño de central camionera.
Nueve minutos para hacer lo tuyo
El baño viene con cronómetro: tienes nueve minutos para entrar, hacer lo que tengas que hacer y salir antes de que suene la alerta que te recuerda que aquí la modernidad también es ansiosa. Después de cada uso, la taza se limpia sola, y cada cinco usuarios el sistema hace una sanitización más profunda, como si fuera car wash para excusados.
Está pensado para estar abierto hasta la medianoche, pero por ahora opera con horarios limitados, porque ni la modernidad se salva de la jornada recortada y la curva de aprendizaje burocrática. Entre tanto, muchos se quedan viendo desde afuera, otros se apenan y unos cuantos valientes entran “por curiosidad”, como si no fuera un baño sino una atracción interactiva del Papalote Museo del Niño.
Ajolotes, Mundial y la estética del parche
Los módulos se distinguen desde la calle: caja metálica adornada con flores y ajolotes, la marca oficial de “CDMX cool” que el Gobierno decidió pegarle a todo lo que se mueva, incluido el baño donde vas a sufrir colitis mundialista. Están en Zona Rosa, Monumento a la Revolución, estación Sevilla, Biblioteca de México y Jardín del Arte en Sullivan, con la promesa de llegar a 26 puntos antes de que acabe el año, porque nada dice “infraestructura para el Mundial” como un WC con branding.
La narrativa oficial habla de “alternativa digna, limpia y segura” para turistas y habitantes, mientras a unas cuadras siguen existiendo los baños públicos de siempre: insalubres, viejos y cobrando por echarle agua al tanque como servicio premium. Es la ciudad de los contrastes: afuera, ajolotes pintados; adentro, la eterna duda de si de verdad va a haber papel la tercera semana de operación.
Baño inteligente, mantenimiento a ver si alcanza
La gran pregunta no es si la taza se limpia sola, sino cuánto tarda en llegar el primer baño grafiteado, sin agua y con el botón de emergencia convertido en adorno. El plan oficial es que una empresa privada revisará periódicamente los módulos, repondrá papel y jabón y verificará la limpieza, la versión higiénica del “ya casi queda” de obra pública.
También hay botón de emergencia conectado a la Secretaría de Seguridad Ciudadana, pensado para fallas o ayuda si alguien se queda atrapado cuando ya no haya guardias. En el país donde el 911 tarda en llegar a balaceras, ahora habrá quien marque porque se quedó encerrado en el baño inteligente de los ajolotes: prioridad nacional.
Ciudadanía entre la curiosidad y el escepticismo
La gente que se ha animado a entrar lo hace por morbo, porque lo vio en redes o en las noticias, no porque la ciudad por fin resolvió el drama histórico de encontrar un sanitario decente en vía pública. Varios coinciden: buena idea, pero a ver cuánto dura y si no se cae a pedazos a la primera semana, como tantas “soluciones” de modernización exprés.
Una usuaria le dijo al diario que le parece una buena idea, pero que “como todo, las cosas pueden fallar”, resumen perfecto de la fe del mexicano en cualquier cosa que provenga del Gobierno capitalino. Otro vecino celebra que “nada que ver estos baños con los que ponen cuando hay carreras”, lo cual también es cierto: aquí, por lo menos, la humillación viene con flores y ajolotes.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/SARA GONZALEZ

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