Primero hay que decirlo sin rodeos: Tamaulipas amaneció herido por la pendejez balística de fin de año. Tres personas —incluida una menor— recibieron el saludo de la nueva vuelta al sol no con abrazos ni promesas, sino con proyectiles. Balas que nacieron del júbilo y de esa tradición tercermundista de creer que el nuevo año va ser agradecido si lo reciben a plomazos.
Tres incidente:
«El primer incidente fue reportado a las 22:51 horas desde el ejido Cerrito Nuevo, en el municipio de Güémez, donde un joven de 23 años fue herido por un proyectil de arma de fuego en una pierna. Familiares informaron que el lesionado fue trasladado en un vehículo particular hacia Ciudad Victoria para recibir atención médica.
Posteriormente, a las 00:12 horas, se reportó otro caso en Ciudad Victoria, en el cruce de Institución Literaria y Lealtad, en la colonia Emilio Caballero, a contra esquina de una plaza pública. En ese punto, un joven fue alcanzado por una bala perdida mientras se encontraba en la cochera de su domicilio. Paramédicos fueron solicitados para su atención y traslado a un hospital.
El tercer hecho ocurrió en Reynosa, donde a las 00:40 horas el Hospital Civil reportó el ingreso de una menor de 11 años, identificada como Naomi Carime “N”, quien presentó una herida por impacto de bala perdida en el pecho. La niña fue ingresada al área de observación y su estado de salud es monitoreado por personal médico. Trabajo Social notificó a las autoridades correspondientes y se estableció contacto con la madre de la menor.»….HoyTamaulipas.
Desde el punto de vista técnico, el fenómeno es sencillo de explicar y más sencillo de evitar —si hubiera seso, claro está—.

Una bala 9 mm, al ser disparada verticalmente, asciende a velocidades cercanas a los 400 metros por segundo. Tarde o temprano, la gravedad —esa dictadura que no admite sobornos ni brindis— se la cobra: el proyectil pierde impulso, se detiene un instante en el aire y cae de vuelta a tierra con una velocidad terminal suficiente para perforar cráneo, tórax o cualquier ilusión inocente de estar a salvo en tu propia calle o incluso en el interior de tu casa, dependiendo del techo que te cubre.
Es una ecuación exacta: ignorancia más pólvora igual tragedia. No hay “balas perdidas”, solo dueños que pierden el juicio. El aire no es un campo de tiro, y el cielo no es una diana que conceda indulgencias. Pero cada año, el ritual se repite: gente convencida de que el universo celebra sus disparos, cuando en realidad solo toma nota de su estupidez terminal.
Uno puede explicarlo desde la física, desde la ética o desde el sentido común —si quedara alguno—: en ausencia de fricción suficiente, todo cuerpo regresa. Y todo acto imbécil también. Quizá algún día, cuando entendamos que el disparo al aire es el epitafio de la sensatez, el año nuevo llegue sin víctimas, y el cielo deje de ser el cementerio de quienes solo querían ver fuegos artificiales y no funerales.
Con informacion: HoyTamaulipas/

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