A unos cuantos pasos de la Secretaría de Seguridad del Estado de Nuevo León —sí, ese edificio donde se supone que habita la autoridad— apareció enterrado un hombre al que habían “desaparecido” desde octubre pasado. No lo escondieron en un cerro, ni en un rancho remoto: lo tenían sepultado en lo que alguna vez fue un local del Penny Riel, ese centro comercial que hoy parece más un cementerio urbano que un punto de venta.
El muerto, según la Fiscalía, sería Herminio Rodríguez Coronado, de 49 años. Lo secuestraron, lo mataron y lo sepultaron tan cerca de los uniformados que cualquiera juraría que se trataba de una broma macabra sobre la eficacia institucional. La prueba genética confirmará lo que a simple vista ya es un grito bajo tierra.
Las investigaciones señalan que Herminio tenía antecedentes por narcomenudeo y, al momento de su desaparición, trabajaba para una célula criminal. O sea, un engrane menor en la maquinaria del narco local. Su familia denunció su ausencia días después, entre miedo y resignación, mientras el Estado, en modo automático, activaba su protocolo de oficina: emitir un reporte y poner sellos en documentos.
Cuando los agentes finalmente se asomaron al Penny Riel —ese sitio que ahora es mezcla de vecindario y ruina comercial—, los vecinos, educados por años de silencio, respondieron con un coro ensayado:“Aquí no pasa nada, oficial”. Y sin embargo, bajo un piso de tierra y basura, ahí estaba el secreto que todos fingían no oler.
Ayer por la mañana los binomios caninos marcaron el sitio exacto. Los peritos cavaron y emergerió el cuerpo, como si la tierra ya se hubiera cansado de sostener tanta impunidad tan cerca de los guardianes del orden.
A 90 metros de donde duermen los policías, alguien fue asesinado, ocultado y olvidado por meses. En Nuevo León, lo imposible no es desaparecer a un hombre: lo imposible es que nadie, en toda esa cuadra, haya visto nada.
Con informacion: ELNORTE/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: