Cuba no tiene internet: tiene un corral digital con un Estado puerco de carnicero mirando cada clic, cada nota de voz y cada chisme en WhatsApp como si fuera expediente de la Seguridad del Estado. No es torpeza tecnológica: es una política deliberada de control, diseñada para que el miedo sea el sistema operativo del país.
El panóptico de un régimen acomplejado
Según Prisoners Defenders, el régimen montó un panóptico orwelliano versión de bajo costo tropical: todo se vigila, nada se garantiza, y la ley sólo aparece para castigar, no para proteger. La expansión de internet en Cuba no trajo libertades, sólo puso esteroides al viejo modelo de vigilancia que antes se hacía con teléfono pinchado y carta abierta. Ahora, con el monopolio estatal de telecomunicaciones y un marco jurídico ambiguo, convierten el espacio digital en una extensión directa de la policía política. El objetivo no es seguridad, es controlar el debate público y amputar de raíz cualquier disidencia.
Clic, castigo, autocensura
El informe se basa en 200 testimonios y el dato es brutamente claro: el 98.5% de quienes denunciaron dice haber sido sancionado, amenazado o sufrir represalias por lo que escribe o dice en lo digital. No es “puede pasar”, es “te va a pasar”. El 60% fue citado, el 61% interrogado y el 55% detenido, es decir, un post puede terminar en patrulla, calabozo y expediente. En el 88% de los casos, en interrogatorios los confrontan con sus publicaciones y mensajes de WhatsApp, Telegram o Signal, como si el chat privado fuera una declaración ministerial permanente. El 76.5% escuchó referencias constantes a sus conversaciones privadas y un 20% fue reprendido por audios personales obtenidos sin orden judicial, sin notificación y sin ningún mecanismo de tutela.

No es “te vigilo si eres peligroso”: te vigilo para que dejes de hablar. Más de la mitad (55.5%) terminó modificando su comportamiento digital: borrar mensajes, abandonar grupos, cerrar cuentas, refugiarse en seudónimos. La autocensura no es un efecto colateral: es el producto estrella del sistema.
Spyware, cuentas saqueadas y apagones a la carta
La dictadura exhibida de puerco completo no se conforma con mirar: también entra, hurga, roba y manipula. Casi la mitad (49.5%) detectó sesiones abiertas desde lugares desconocidos, 46.5% sufrió cambios de contraseña y el 37% vio cómo se enviaban mensajes desde sus propias cuentas sin consentimiento. Prisoners Defendersseñala que esos patrones son compatibles con prácticas de spyware: software instalado a escondidas para espiar dispositivos, vaciar información y entregarla al Estado como si fuera botín.
El 65.5% fue obligado a desbloquear el teléfono, entregar contraseñas o mostrar redes sociales durante detenciones o interrogatorios, sin orden judicial, sin límites, sin pudor. Sólo el 5% dice no haber sufrido anomalías en su conexión; el resto vive en un internet intervenido: cortes personalizados de datos (52%), bloqueos selectivos de servicios y páginas (63%), censura de redes como Facebook, X o YouTube (44.5%) y bloqueo de medios independientes u organismos internacionales (36.5%). Incluso el 22.5% no pudo usar VPN, justo la herramienta para esquivar la censura y proteger la privacidad.
Por si quedaba duda de la intención política: más del 70% de los cortes y anomalías coincide con protestas, y 73% se concentran en fechas simbólicas como el 11 de julio, el Día del Trabajo o el Día de los Derechos Humanos. Casi la mitad vincula las interferencias con publicaciones críticas, un 34% con juicios políticos y un 27% con eventos oficiales del régimen.
De la pantalla a la puerta de tu casa
El salto del mundo digital al físico es directo: el 84.5% de los declarantes notó vigilancia presencial después de actividad en redes. Hablamos de agentes frente a las casas, patrullas estacionadas, motos y autos siguiéndolos, visitas de “advertencia” y hasta cámaras instaladas en la puerta del domicilio. El mensaje es simple: lo que escribes en tu celular se paga en la puerta de tu casa.
La represión no se queda en el individuo: el 88% reporta represalias contra familiares o personas cercanas, desde citaciones y amenazas hasta detenciones, pérdida de empleo o problemas en escuelas y universidades. La dictadura castiga en paquete: tú opinas, tu familia paga. El control, además, cruza fronteras: cubanos en el exterior siguen bajo presión a través de sus familias dentro de la isla o se enfrentan a represalias cuando intentan volver como simples turistas.
El silencio como política de Estado
Los pocos que dicen no haber sufrido represalias son, paradójicamente, quienes declaran niveles más altos de miedo y optan por autocensura total en llamadas, WhatsApp y redes. El promedio de temor es de 3.01 sobre 5, y no hay un solo canal percibido como realmente seguro. No es un sistema que se “les fue de las manos”: es un diseño frío para moldear comportamiento ciudadano a través del miedo.
Desde el punto de vista jurídico, el informe sostiene que este modelo viola de forma sistemática la libertad de expresión, la privacidad, la libertad de asociación, la participación política, la vida familiar y el acceso a la información, todos protegidos por el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y los estándares interamericanos. No responde a necesidades legítimas de seguridad, responde a la pulsión autoritaria de un aparato que sólo sabe existir si aplasta el pluralismo.
Un país convertido en expediente
Prisoners Defenders concluye que la vigilancia digital en Cuba no es un problema técnico, es el corazón del sistema político: un mecanismo de control social que convierte mensajes, interacciones e incluso el silencio en material de expediente policial. En un país donde la conexión es frágil, cara y limitada, la gran victoria del régimen no es meter a todos a la cárcel, sino lograr que todos se adelanten al castigo y se callen. Ese control invisible se cuela en la casa, la familia y el pensamiento, erosionando, como dice el informe, “las bases mismas de una sociedad libre”.
Dicho sin maquillaje: la dictadura cubana convirtió el derecho a comunicarse en una trampa, el teléfono en delator y el miedo en política pública. Internet no llegó a liberar a los cubanos; llegó a darle a un Estado puerco un panóptico perfecto para sostener, a golpes digitales y físicos, un poder que ya sólo se mantiene por la fuerza.
Con informacion: PROCESO/ PRISONERS DEFENDER/

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