En Culiacán ya no patrullan: desfilan con lanzacohetes al hombro y rifles antidrones como si el centro fuera Faluya y no una ciudad llena de civiles a los que recien acaban de matar “por error”.
A tan solo unos días de que un estudiante desarmado cayera bajo fuego militar en un operativo “confuso”, la postal es la de tropas con lanzacohetes antitanque y inhibidores de drones en avenidas y colonias.
El discurso oficial sigue hablando de “reforzamiento de la seguridad”, pero los hechos muestran combates, sobrevuelos, filtros, vehículos monstruo asegurados y células criminales disputando la capital del narco moreno-culichi.
Cuando la estrategia de seguridad que se suponía iba ser de inteligencia necesita artillería portátil y desechable para moverse dentro de una ciudad, la línea entre operativo de seguridad y teatro de operaciones se volvió humo hace rato.
El M72 LAW en una ciudad viva
El M72 LAW es un lanzacohetes antitanque desechable de 66 mm, diseñado para perforar blindaje y posiciones fortificadas, con un alcance efectivo de unos 200‑250 metros.
Sus versiones modernas pueden penetrar entre aproximadamente 150 y 450 mm de acero, abrir boquetes en muros de concreto y derribar vehículos blindados ligeros, es decir, están pensadas para destruir cosas grandes y duras, no para “disuadir” en un crucero cualquiera.
En entorno urbano, un disparo bien colocado puede reventar la fachada de una casa, colapsar habitaciones y generar metralla y onda expansiva letales para cualquiera que esté cerca, aunque no sea objetivo.
El cohete necesita al menos unos 10 metros para armarse y se lanza con un brutal chorro de gases a alta temperatura hacia atrás, lo que implica que cualquier persona, vehículo o pared detrás del tirador corre riesgo de quemaduras graves o lesiones por sobrepresión si no se despeja la zona.[
Traducido: cada LAW desplegado en una calle, rodeado de tráfico y casas, es una promesa de daño colateral masivo si alguien decide apretar el gatillo en medio del caos.
El rifle antidrones: inhibir el cielo, ensordecer la calle
El “fusil antidrones” que cargan los soldados es parte de una familia de sistemas que detectan aeronaves no tripuladas y las neutralizan interfiriendo sus comunicaciones o su GPS para obligarlas a regresar, caer o aterrizar en una zona controlada.

Son equipos portátiles, pensados para operar a línea de vista sobre distancias cortas o medias, que emiten potentes haces de radiofrecuencia dirigidos al dron para romper el enlace con el operador,aunque el narco ya encontró la forma de eludirlos con tecnología de fibra óptica.
En una ciudad saturada de señales —telefonía, WiFi, radios— estos sistemas introducen ruido adicional en el espectro; bien usados, se calibran para afectar solo al dron, pero un manejo torpe o improvisado puede generar interferencias accidentales en comunicaciones cercanas.
Con información: ELNORTE/

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