La presión está aumentando en México para que el gobierno comience a usar el término «terrorismo» cuando se refiere a los ataques hiperviolentos llevados a cabo por los cárteles de la droga. La medida va en contra de los deseos de la presidenta del país, Claudia Sheinbaum, quien ha afirmado repetidamente que la violencia del cártel no es terrorismo.
El pronunciamiento mas reciente se dio luego que un grupo de pistoleros del cártel de Santa Rosa de Lima (CSRLO) irrumpieron en un campo de fútbol, matando a 11 víctimas e hiriendo a otras 12 en un ataque en el que dispararon indiscriminadamente a la multitud.
Poco después del ataque, el Diputado Carlos Bautista, de Michoacán, ligado a Carlos Manzo y el denominado movimiento del sombrero,hizo varios comentarios públicos y publicó en las redes sociales que el ataque fue la definición de terrorismo.

Claudia Sheinbaum habla de “violencia”, de “grupos delincuenciales”, de “herencia neoliberal”, pero nunca pronuncia la palabra prohibida: terrorismo. Como si el término tuviera poderes mágicos, como si nombrar el fenómeno hiciera colapsar la narrativa de un Estado que —según ella— “recuperó la paz”. Pero el país real no lee boletines de prensa: lo vive a balazos, incendios y bombazos esporádicos.
Lo que Sheinbaum se niega a aceptar no es semántico, es político. Si reconoce el terrorismo, reconoce que en México hay zonas donde el Estado ha perdido el monopolio de la violencia, que los cárteles no solo trafican drogas sino dominan poblaciones mediante el miedo, y que su propio gobierno —como los anteriores— ha pactado la cobardía institucional por conveniencia electoral.
Nombrar el terror sería admitir que la “transformación” también produce víctimas que no caben en la retórica de los balazos selectivos. Por eso la presidenta prefiere jugar al eufemismo: mientras el fuego arrasa municipios enteros, ella habla de “estrategias sociales” y “coordinación con gobernadores”. El mismo libreto de siempre, ahora con tono doctoral y sonrisa de laboratorio.
Llamar terrorista al terror no es militarizar el lenguaje, es devolverle sentido a la realidad. Pero Sheinbaum, fiel al manual de continuidad, prefiere cuidar la marca antes que al país. En su gobierno, la semántica pesa más que los muertos, y el silencio se volvió política pública.
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