Nos venden a Claudia Sheinbaum como presidenta “humanista”, pero el humanismo oficial suele acabar en slogan y no en política pública. El país no necesita otra catequesis de valores, sino una jefa de Estado capaz de ponerle freno a la maquinaria de daño que ya heredó y que está alimentando.
Sheinbaum juega a la continuidad con rostro científico: datos, gráficos, discurso técnico… pero el fondo es la misma lógica de poder que ya conocemos. Cuando toca decidir entre víctima y estructura, entre derechos y cálculo electoral, la balanza se inclina donde siempre: hacia el control político, no hacia la persona de carne y hueso.
El “humanismo” que promueve es selectivo: se activa en el spot, en el mensaje al país, en la narrativa de reconciliación, pero se evapora cuando aparecen los casos incómodos, las violencias que interpelan directamente a su gobierno o los abusos cometidos bajo la sombra de la 4T. Ahí la presidenta se vuelve administradora de daños colaterales, no defensora de nadie.
No estamos ante una presidenta atrapada por un grupo de señores tras bambalinas: estamos ante una mandataria que ya entendió el valor de concentrar poder y de usar la épica de “transformación” como escudo ante cualquier crítica. Eso no es humanismo: es un pragmatismo duro, revestido de lenguaje moral para que parezca virtud.
Si en serio creyera en el humanismo que promete, su prioridad sería desmontar la hidra moreno-criminal que gobierna territorios, presupuestos y vidas, aunque eso implicara quebrar pactos incómodos dentro de su propia coalición.
Hasta ahora, lo que vemos es una administración que negocia con esa hidra, la gestiona, la administra en dosis de escándalo, pero no la enfrenta como lo que es: el corazón de la deshumanización en México.
Llamarla “humanista” hoy es un acto de fe, no un diagnóstico. Sus decisiones marcarán si se queda como presidenta de discurso correcto y efectos devastadores, o si rompe el molde y paga el costo real de poner a las personas por encima del proyecto de poder que la sostiene. De momento, el humanismo que esperamos de Claudia sigue siendo eso: una expectativa, no un hecho.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/DAVID ZEPEDA PATTERSON

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