La misma película de siempre desde hace 20 años: un Diputado reprochando que “la seguridad debe dar resultados, no miedo”… y el país entero viviendo en un eterno reten militar, sitiado, humillado y con 673 días de guerra que nadie se atreve a llamar por su nombre.
Sinaloa: retenes que dan más miedo que resultados
Mario Zamora se planta en la Comisión Permanente como si fuera la conciencia incómoda del sistema y exige que el gobierno federal explique qué demonios están haciendo con los retenes en Sinaloa. Quiere números, criterios de inteligencia, costos, decomisos, detenciones; quiere algo más que el clásico “estamos trabajando” recitado detrás de una mesa con soldados de fondo.
Porque ya es grotesco que el propio gobierno de Sinaloa haya admitido desde 2023 denuncias por extorsiones y malos tratos en los retenes, prometiera garantizar el libre tránsito… y tres años después las mismas familias sigan paradas a media carretera, revisadas, humilladas y con miedo de que el próximo reten sea su última parada.
La seguridad, dice Zamora, no se mide por el número de retenes, sino por la confianza y los resultados, pero en la realidad el mapa parece un tablero de guerra: más soldados, más puntos de revisión, más discursos… y más violencia.
El remate es casi irónico: hasta los “madrinas” de los operativos —auxiliares a los que nadie les preguntó si querían ser autoridad sin placa— tienen que ser transparentados, regularizados y explicados ante la ciudadanía. Es el Estado reconociendo, con toda la dignidad perdida, que hay gente ejerciendo poder armado sin rostro, sin nombre y sin responsabilidad pública… pero eso sí, todo bajo el sello de “estrategia de seguridad”.
La ciudad sitiada: inteligencia prometida, fuerza bruta entregada
El otro espejo está en esa “ciudad sitiada y no protegida donde te bajan del camión”, esa crónica feroz que describe la estrategia que se suponía de inteligencia y terminó siendo otra vez pura fuerza bruta. El guion es calcado: los uniformes aparecen como si fuera una película de acción de bajo presupuesto, bloquean calles, revisan a todos, hacen demostraciones de músculo, pero la gente sigue atrapada entre balaceras, levantones y un terror que no cabe en las estadísticas oficiales.
La militarización que iba a ser la solución se volvió el decorado permanente; el Estado presume operaciones y despliegues, mientras la ciudadanía describe su día a día como si viviera en zona de guerra sin la protección mínima que promete cualquier Constitución decente.
No hay inteligencia, hay patrullas; no hay desarticulación real de grupos, hay fotos de convoyes; no hay paz, hay silencio obligado. Y cuando organismos como Amnistía Internacional ponen cifras concretas —homicidios disparados, feminicidios triplicados, desaparecidos multiplicados, más de diez mil soldados desplegados en un solo estado— la narrativa oficial se derrumba sola.
673 días de una guerra que el gobierno finge que no existe
La tercera pieza es el parte de guerra que nadie quiere leer: 673 días de enfrentamiento entre bandos, una guerra interminable que la propaganda rebautiza como “estrategia de seguridad” para que suene menos brutal en conferencia de prensa. Dos años de muertos, desplazados y miedo acumulado, mientras el diseño institucional aplaude sus propios informes y los gobernantes se cuelgan medallas por operaciones que ni siquiera controlan el territorio de forma sostenible.
En ese contexto, la exigencia de Zamora de transparentar retenes parece casi un acto de mínima decencia: si van a seguir militarizando la vida cotidiana, al menos que tengan el valor de decir cuántas armas sacaron de circulación y cuántos civiles destruyeron en el proceso. Porque la numeralia es demoledora: más tropas, más supuestas “acciones contundentes”, más discursos sobre que “la seguridad debe dar resultados y no miedo”, y sin embargo el miedo es lo único que sí tiene cifras, rostros y memoria en cada familia que ya perdió a alguien en esta guerra sin acta oficial.
La realidad lastimosa no coincide con el cuento militar: la ciudad sigue sitiada, el campo sigue controlado por bandos armados, los retenes siguen siendo estaciones de incertidumbre, y la población sigue haciendo la misma pregunta que atraviesa esas crónicas de Tamaulipas y Sinaloa: ¿cuánto tiempo más, señora estrategia? Hasta ahora, la única respuesta clara es que el músculo no alcanza, la inteligencia no llega y la transparencia apenas está empezando a decir en voz alta que la “seguridad” ha sido, durante años, otro nombre para la guerra contra la ciudadanía.
Con información: NOROESTE/

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