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sábado, 18 de julio de 2026

“DESMENUCE de ANÁLISIS de CÍRCULO MAGENTA exhibe NARCOESTADO ENERGÉTICO y GENERAL que MONETIZABA la INTELIGENCIA NACIONAL… una bola de bandidos unidos con el mismo propósito.”


La historia que presenta tan solo un fragmento de la mesa de análisis de Código Magenta, con los periodistas Ramón Alberto Garza y Rodrigo Carbajal, es básicamente el manual de usuario del narco‑Estado energético mexicano contado en tiempo real: el testigo estrella, el general incómodo, el diputado que lava y golpea y la exesposa que les revienta la burbuja de impunidad a todos.

El “Alto” que se agachó para salvarse

Luis Rivera, alias El Alto, no es un operador del huachicol: es el fósil viviente del saqueo energético binacional, reciclado ahora como testigo colaborador VIP de Estados Unidos contra la familia Jensen de Utah.

Durante décadas brincó de cartel en cartel —Golfo, Zetas, CJNG— con la misma flexibilidad con la que sus pipas cruzaban la frontera, mientras Pemex hacía como que no veía y las aduanas de Tamaulipas se convertían en garitas premium para el contrabando fiscal.

Rivera aparece en inteligencia militar filtrada, amarrado con altos funcionarios de aduanas de la 4T y con un senador morenista de Tamaulipas, como si el huachicol fuera otro programa social pero en versión premium para la clase política.

En el organigrama informal, lo colocan “abajo” del General Audomaro Martínez,ex-jefe de la Inteligencia Nacional, pero “arriba” de Sergio Carmona y Ricardo Peralta: el capo más antiguo del huachicol fiscal, el tipo que nunca salió en la foto, pero siempre firmó el cheque.

Audomaro, el general de los chalecos y las sombras

Mientras medio país discutía la austeridad republicana, otro pedazo del Estado se dedicaba a meterle contratos inflados de chalecos antibalas a la Sedena, en tiempos de Luis Cresencio Sandoval, vía negocios atribuidos a Audomaro Martínez Zapata, el hombre que debía cuidar la inteligencia nacional, no monetizarla.

La nota de El País que cita Magenta sobre la trama de equipo militar irregular no huele a periodismo espontáneo, sino a mensaje interno: la Sedena de hoy, con Ricardo Trevilla al frente, está colgando en la plaza pública a los militares “no gratos” del sexenio de López Obrador para decir: eso fue otro régimen, otra mafia, otro pacto.

El cuadro es grotesco: el jefe del Centro Nacional de Inteligencia aparece ligado a un operador de huachicol, a un diputado lavador y a propiedades tipo hotel St. Regis, como si el espionaje mexicano hubiera sido sólo un brazo contable del crimen organizado.

La “inteligencia” terminaba siendo una aseguradora: garantía de que el negocio cruzara la frontera, regresara lavado y pagara campañas, sin que nadie en Palacio admitiera que el huachicol fiscal era política de Estado disfrazada de corrupción aislada.

El diputado golpeador y prestanombre de lujo

La exesposa de Adalberto Vega no sólo rompe el silencio sobre violencia de género; le dinamita la coartada moral a un diputado federal del Verde que resultó ser comisionado de SCT en Nuevo León, repartidor de contratos federales a las empresas de Sergio Carmona y lavador profesional del rey del huachicol.

En su relato desfilan invitados VIP al domicilio conyugal: el güero Marvic, Arnoldo Ramírez Salinas —heredero del emporio Carmona— y toda una fauna del contrabando de combustible que convierte la casa de Vega en sucursal de facturero energético criminal.

La mujer no se queda en chismes domésticos: lo acusa de enriquecimiento ilícito ligado al huachicol fiscal, de operar dineros para campañas como la de Rubén Rocha Moya, y de fungir como mano derecha y prestanombre del general Audomaro, con propiedades en destinos turísticos de lujo y un pedazo del St. Regis como souvenir del sexenio.

Cuando uno revisa la aeronave XB‑PND y los registros de vuelo, el personaje aparece manejando el dinero del titular del Centro Nacional de Inteligencia del gobierno de López Obrador, como si la línea entre “seguridad nacional” y “blanqueo transnacional” fuera sólo un tecnicismo legal.

La esposa que “pone el dedo” y quiebra el relato oficial

La narrativa oficial siempre fue: hay corrupción, sí, pero son casos aislados, funcionarios que se desviaron, nada que ver con el proyecto histórico de la 4T.

Luego aparece una exesposa, cansada de golpes y ostentación, que describe la cadena: Carmona, Rivera, Audomaro, Vega, campañas estatales, contratos federales, inmobiliaria de lujo, y de paso la utilización del Centro Nacional de Inteligencia como brazo al servicio del narco–huachicol.

“La esposa le puso el dedo” ,podria ser casi misógino: pero el problema no fue el dedo de ella, sino el brazo entero del Estado metido hasta el hombro en el negocio criminal.

Paradójicamente, el dedo de ella hace lo que nunca hicieron las fiscalías, las contralorías ni las comisiones anticorrupción: conectar al diputado “ambientalista”, al general “patriota” y al empresario del huachicol en una misma trama de poder, violencia y dinero.

El viejo lobo criminal y el dedo más rápido del noreste

En el otro contexto que se menciona, Luis Rivera reaparece como CI‑1, informante confidencial, viejo lobo que domina el mapa del crimen energético del noreste con un dedo más rápido que cualquier fiscalía local: delata redes, carteles, rutas, siempre y cuando eso le compre inmunidad.

Su papel ya no es sólo el del operador, sino el del arquitecto que diseñó un modelo de saqueo binacional: robo en México, disfraz en Texas, retorno como producto “legal” con la bendición de documentos aduanales y el blindaje político de la clase gobernante.

El problema para el gobierno de Trump, para Claudia Sheinbaum y para cualquier administración que intente posarse sobre este pantano, es que Rivera no sólo habla de criminales: habla de funcionarios concretos, aduanas específicas, campañas financiadas, generales con propiedades de lujo y diputados que golpean mujeres mientras firman contratos públicos.

Cuando ese expediente se termine de abrir en tribunales estadounidenses, el relato de “son dos planos distintos: gobierno y crimen” se va a desmoronar, porque el expediente judicial ya pinta un solo plano: una élite política tratando al Estado como una franquicia del huachicol fiscal.

Con información: CODIGO MAGENTA/

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