En Tecate no hubo confusión ni “hecho aislado”: hubo mensaje. Un comando armado decidió, ayer en plena tarde y a la vista de todos, que una familia que iba a una graduación no iba a llegar completa. María de Jesús Quijada, regidora de Morena, sobrevivió por centímetros; su esposo, Jesús Pereida Ruiz, no tuvo esa suerte. Así de simple: en ciertas zonas del país, la agenda pública la redactan hombres armados
El ataque ocurrió a las 17:17 horas, sobre la calle Coyuca, en el fraccionamiento Hacienda. No fue un asalto improvisado ni un arrebato: fue una intercepción directa. La pareja fue cazada en tránsito, como si alguien hubiera decidido que ese trayecto era el último. Dos disparos en el cráneo para ella. Ejecución en el lugar para él. El resto es logística: ambulancia, frontera, helicóptero, hospital en Estados Unidos. La diferencia entre vivir y morir, hoy, puede medirse en minutos y en geografía.
El contraste es brutal. Mientras Tecate arde en impunidad, la regidora termina atendida en el Sharp Memorial, del otro lado, donde sí hay condiciones para salvarla. En México, en cambio, ni siquiera hay condiciones para detener a los responsables. Porque, como ya es costumbre, los agresores huyeron sin problema, quemaron el vehículo con bombas molotov —otro sello de impunidad— y desaparecieron. No hay detenidos. No hay nombres. No hay Estado.
La confusión inicial sobre la supuesta muerte de Quijada —difundida por su propia familia— no es un error: es síntoma. En territorios donde el crimen manda, la información también se protege como se puede, incluso mintiendo para sobrevivir. La verdad se administra con miedo.
Y el contexto político no es menor. Quijada no es una figura marginal: forma parte del Cabildo de Tecate, llegó con la planilla del alcalde morenista Román Cota Muñoz y fue directora del DIF en la administración anterior. Su esposo también tenía trayectoria en seguridad municipal y aspiraciones políticas dentro de Morena. Ambos estaban vinculados a un grupo con miras a la contienda por la gubernatura de Baja California en 2027.
Es decir: no se trata solo de violencia, sino de poder. De quién compite, quién estorba y quién puede ser eliminado en el camino. El crimen organizado no solo trafica drogas: regula territorios, influye en procesos políticos y, cuando lo considera necesario, decide quién vive y quién muere. A plena luz del día. Sin consecuencias.
Cuantos asesinatos y la mayoría sin resolver
Llevan 43,120 homicidios en 651 días; si nada cambia, este sexenio podría cerrar cerca de los 150 mil asesinatos y, aun así, el gobierno encontrará su mejor defensa en el espejo: compararse con el desastre que heredó, que a su vez ya habia heredado ciertos de miles mas.
Los números: muertos y días
- Tu tablero marca 651 días transcurridos en el sexenio y 43,120 homicidios acumulados.
- Eso da un promedio de 66 asesinatos diarios, muy por debajo de los 86.9 con los que arrancó la administración en septiembre de 2024, según cifras oficiales.
- Aun con la “caída” del 48% en homicidios que presume el gobierno, hablamos de un país donde siguen matando a decenas de personas cada día.
Un ejemplo simple: si ayer Tecate puso dos cuerpos en la estadística, el sistema solo ve un par de dígitos que alimentan ese promedio nacional de violencia letal.

El pronóstico al final del sexenio
- Un sexenio son 6 años, unos 2,190 días.
- Si el promedio actual de 66 homicidios diarios se mantuviera, poco probable, terminarían alrededor de 144,540 asesinatos en el periodo 2024‑2030.
- Si la curva oficial de reducción siguiera bajando y cerraran en un promedio de 50 homicidios diarios, aun así rebasarían los 100 mil muertos en seis años.
La narrativa será aritmética política: no se trata de dejar de matar, se trata de matar “menos” que el sexenio anterior y cantar victoria sobre una montaña de cadáveres comparada con otra más alta.
El espejo: única victoria posible
El único lugar donde este gobierno sale “mejor librado” es frente al espejo, cuando se compara con la masacre heredada de López Obrador, Peña y compañía, y se declara menos sangriento por porcentaje.
En las calles, el crimen organizado sigue decidiendo quién vive y quién muere; en las conferencias, el gobierno decide cómo acomodar los números sin contar las miles de desapariciones y asi contar la historia de que “vamos bien”.
Mientras la estadística se mueve de 86.9 a 66, a 50 homicidios diarios, la pregunta de fondo no cambia: ¿cuántos muertos se necesitan para que el Estado deje de medirse contra sí mismo y empiece a medirse contra la impunidad que gobierna el país ?



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