Desde hace semanas, México anda rasgándose las vestiduras porque Estados Unidos capturó al Mayo Zambada y —oh sacrilegio— pudo haber “violado nuestra soberanía”. El debate se ha vuelto casi patriótico: el avión, el FBI, Ken Salazar, el drama diplomático. Todo muy digno de mesa de análisis. Pero mientras nos entretenemos en ese teatro, evitamos una pregunta mucho más incómoda: ¿de qué soberanía estamos hablando exactamente?
Porque seamos serios: el Mayo no cayó del cielo en un avión gringo. Vivió durante décadas en territorio mexicano, respirando la misma impunidad que cualquier político bien conectado. Si eso no es una violación a la soberanía, entonces el concepto ya lo hicimos pedazos nosotros solitos.
La soberanía no es un discurso, es control real del territorio. Y ese control hace tiempo que empezó a resquebrajarse. No es nuevo, pero tampoco se puede maquillar: distintos gobiernos fueron cediendo terreno, y en el sexenio de López Obrador la renuncia se volvió política pública disfrazada de estrategia.
Hoy el crimen organizado no sólo trafica drogas: gobierna. Decide quién abre un negocio, quién paga cuota, quién puede vivir en su casa y quién tiene que largarse. Cobra impuestos —porque eso es la extorsión—, infiltra policías, condiciona elecciones y administra el miedo como si fuera un servicio público. En muchas regiones, el Estado es un actor decorativo.
Y entonces aparece el caso del Mayo, no como explicación, sino como evidencia brutal. Un hombre señalado durante años como jefe del Cártel de Sinaloa, sobreviviendo a gobiernos de todos los colores, sin que nadie lo tocara. No es un misterio: es un síntoma.
La pregunta no es por qué lo atraparon los estadounidenses. La pregunta es por qué México nunca lo hizo. ¿Incompetencia? ¿Complicidad? ¿Ambas? ¿Cuántas redes de protección fueron necesarias para que uno de los criminales más buscados del mundo viviera tranquilamente sin conocer una celda mexicana?
Y hay otra cosa que huele mal: tras la captura, el gobierno prefirió voltear hacia Washington con reclamos indignados y, de paso, cerrar filas con Rubén Rocha Moya. No se trata de linchar a nadie sin pruebas, pero tampoco de blindar políticamente a quien esté bajo sospecha. En una democracia, la lealtad no es hacia los funcionarios, es hacia la verdad.
Sheinbaum heredó este desastre, sí. Pero ahora le toca algo más que administrar la narrativa o tensar la relación con Estados Unidos. Gobernar implica recuperar el control donde el Estado dejó de existir.
Porque la soberanía no se pierde cuando un agente extranjero cruza la frontera. Se pierde cuando la gente vive con miedo. Cuando un comerciante paga derecho de piso como si fuera un impuesto oficial. Cuando una familia huye de su casa. Cuando una madre excava buscando a su hijo. Cuando un capo deja de temerle al Estado.
Y eso ya pasó.
Así que sí, podemos seguir discutiendo si Estados Unidos violó nuestra soberanía con la captura del Mayo. Pero mientras tanto, la pregunta realmente incómoda seguirá intacta: ¿cuándo piensa el Estado mexicano recuperar la soberanía que ya le arrebató el crimen organizado?
Con informacion: ELUNIVERSAL+/MA ELENA MORERA/

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