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viernes, 17 de julio de 2026

«DESARME EXITOSO del PUEBLO: INFORME EXCITADO RESALTA 260 MIL ARTEFACTOS RETIRADOS en FORMA VOLUNTARIA»…5 mil en Sinaloa.


Mientras el país contabiliza homicidios como si fueran cifras de productividad y los grupos criminales pasean su poder de fuego con absoluta impunidad, el gobierno celebra —con bombo y platillo— el rotundo éxito del programa de desarme voluntario. Más de 260 mil artefactos retirados. Cinco mil en Sinaloa. Aplausos.

La escena es casi poética: el ciudadano común entrega su vieja pistola heredada o ese rifle oxidado que jamás disparó, a cambio de una compensación simbólica y la tranquilidad de “contribuir a la paz”. Mientras tanto, del otro lado de la ecuación, los arsenales del crimen organizado siguen intactos, modernizados y, en muchos casos, mejor equipados que las propias fuerzas de seguridad que también se las venden.

Pero claro, alguien tenía que ceder. Y qué mejor que el eslabón más débil.

La narrativa oficial insiste en que cada arma retirada es una victoria. Y sí, lo es… pero contra quién exactamente. Porque las estadísticas de violencia no parecen haberse enterado del logro: siguen creciendo con una disciplina admirable. Los grupos criminales, por su parte, no han reportado pérdidas significativas en su inventario bélico. Curioso.

En Sinaloa —epicentro histórico de la narcoviolencia— la cifra de cinco mil artefactos retirados suena casi entrañable. Un gesto cívico, casi doméstico, frente a estructuras criminales que operan con logística militar, rutas internacionales y capacidad de fuego que difícilmente cabe en un programa de canje voluntario.

El mensaje implícito parece ser este: si no podemos desarmar al crimen, al menos desarmemos al ciudadano. Algo es algo.

Y así, entre ceremonias, módulos de entrega y discursos optimistas, se construye una ilusión de control. Una donde el problema no es quién dispara, sino quién todavía podría hacerlo. Una donde la paz se mide por armas recolectadas en plazas públicas, no por balas que dejan de escucharse en las calles.

Al final, el país sigue ardiendo. Pero eso sí: cada vez con menos ciudadanos armados para defenderse… y con los mismos de siempre perfectamente equipados y ahí la eficiencia no funciona.

Con informacion: NOROESTE/

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