México llevaba décadas persiguiendo a un fantasma que, con disciplina casi burocrática, siempre supo dónde no estar. Ismael Zambada García, “El Mayo”, 76 años, no es tanto un rostro como una omisión: el país apenas puede dibujarlo, literalmente. Su cara más reciente no proviene de una captura heroica ni de un operativo impecable, sino de un boceto judicial en Nueva York. Un retrato a lápiz para un hombre que movió toneladas de droga con la nitidez de una cadena logística corporativa y la opacidad de un expediente clasificado.
El contraste es grotesco. Mientras Joaquín “El Chapo” Guzmán convirtió el narco en espectáculo —túneles cinematográficos, entrevistas con celebridades, fugas de catálogo—, El Mayo eligió el método más eficaz en México: desaparecer a plena luz del día. Sin aspavientos, sin biografías autorizadas, sin selfies. Solo negocios. Negocios que, según la fiscalía estadounidense, incluyeron envíos masivos de cocaína, heroína y fentanilo, una red de transporte digna de multinacional y, por supuesto, el lubricante esencial del sistema: sobornos “de millones de dólares al año” a policías, militares y políticos. Es decir, el verdadero sistema nervioso del Estado.
Porque conviene decirlo sin eufemismos: el cártel de Sinaloa no fue solo una organización criminal, fue una alianza público-privada no registrada. Funcionarios y policias que cobraban, militares que protegían, políticos que miraban hacia otro lado —o hacia sus cuentas—.
La acusación estadounidense lo dice con sequedad quirúrgica: la corrupción “en todos los niveles” no era un accidente, era el modelo operativo. La pregunta incómoda no es si ocurrió, sino quiénes cobraron y siguen cobrando. Y esa, convenientemente, sigue tachada en los documentos.
El mito del capo autosuficiente se desmorona rápido. Ningún imperio criminal de esa escala sobrevive décadas sin complicidades institucionales. El Mayo no era invisible por talento sobrenatural, sino por diseño sistémico. Mientras el discurso oficial hablaba de “golpes al narco”, el negocio seguía fluyendo con puntualidad casi aduanera. Trenes, túneles, vuelos nocturnos: innovación logística financiada por sangre y facilitada por credenciales oficiales.
Luego está el episodio que parece escrito por un guionista con resaca: su llegada a Estados Unidos. ¿Secuestro? ¿Entrega pactada? ¿Operación encubierta? El propio Zambada dice que fue engañado para acudir a una reunión donde supuestamente estaría el entonces gobernador de Sinaloa. El gobernador lo niega, Estados Unidos insinúa, México exige pruebas, el FBI presume trofeos en museos. Cada actor ofrece una versión que, curiosamente, nunca termina de cerrar. En cualquier otro país, un caso así detonaría una crisis institucional de alto calibre. En México, apenas suma otro capítulo al archivo de lo inverosímil cotidiano.
Mientras tanto, el costo real se mide en cadáveres. La captura del hombre invisible no trajo paz, sino una guerra interna entre herederos del negocio: Los Chapitos contra Los Mayos. Miles de muertos después, el Estado responde con más soldados, como si el problema fuera de volumen y no de estructura. Catorce mil militares desplegados no desmantelan una red que lleva décadas incrustada en las propias instituciones que deberían combatirla.
Y ahí está el punto que incomoda: la caída de un capo no es la caída del sistema que lo produjo. El propio Mayo lo dijo sin pretensión filosófica: siempre hay reemplazos. Porque el narco en México no es una anomalía, es una industria. Y como toda industria, tiene cadena de suministro, protección regulatoria de facto y renovación de personal.
La condena a cadena perpetua en Estados Unidos cierra una biografía criminal, pero deja intacta la arquitectura que la hizo posible. En México no hay grandes juicios que diseccionen redes completas, que documenten quién ordenó, quién cobró, quién facilitó. No hay relato penal integral, solo fragmentos, capturas aisladas y silencios estratégicos.
Así que el país se queda con un dibujo: un anciano de barba blanca en uniforme de presidiario. Un boceto limpio para una historia sucia. Y detrás del papel, fuera de cuadro, siguen operando los mismos engranajes: políticos que niegan, militares que ejecutan órdenes selectivas, policías que cobran doble. El Mayo, al final, no era el misterio. El misterio es por qué todo esto sigue funcionando exactamente como debe.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/SILVIA BLANCO

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: