En la primera escena en CDMX, alguien llama a una madre. La voz, disciplinada, ensayada, casi burocrática: “se sentía un poquito mal”. Traducción castrense: el cuerpo ya no responde, pero el protocolo sí. Horas después, el “poquito mal” viaja en bolsa negra. Erick deja de ser nombre y se convierte en expediente. Nadie grita, nadie rompe filas; la disciplina no se cuestiona, se ejecuta. Y cuando la disciplina mata, el silencio se vuelve parte del uniforme.
En la segunda escena, el entrenamiento huele a castigo. Cadetes de la Guardia Nacional enfrentados a una orden que no admite matices: obedecer o cargar con la culpa.
El dilema no es moral, es jerárquico. Aquí no se enseña a pensar, se enseña a aguantar. Y cuando alguien ya no aguanta, el sistema no se detiene: lo absorbe, lo explica, lo diluye. Porque en esta pedagogía del dolor, el error nunca es estructural; siempre es del cuerpo que se rompe.
La tercera escena ocurre lejos de los cuarteles formales, pero con la misma liturgia.La Academia militarizada Doenitz en Ciudad Madero,en Tamaulipas ,con historial de abusos adopta el credo: disciplina primero, vida después.

Dafne tambien se sentía malle dicen a la familia ,cae y el pueblo llora. Las lágrimas no son parte del reglamento, pero brotan igual. Afuera, la comunidad exige justicia; adentro, alguien redacta informes donde todo suena a accidente, a excepción, a caso aislado. Siempre aislado. Siempre conveniente.
Tres espacios distintos —academia, campo de adiestramiento, escuela— y un mismo patrón: la violencia normalizada bajo el disfraz de formación. La “disciplina” como coartada perfecta. Nadie firma la orden de matar, pero todos sostienen el sistema que lo permite y que permite explicar muchas cosas.
El resultado se repite con precisión militar: cuerpos que no regresan, familias que preguntan, instituciones que responden con evasivas.
Porque aquí la verdadera doctrina no es el honor ni el deber. Es la impunidad.
Con información: MEDIOS/REDES




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