En Zacatecas la “estrategia de pacificación” funciona con una precisión casi quirúrgica… si el objetivo fuera normalizar la barbarie. Porque mientras el discurso oficial insiste en mesas, coordinaciones y despliegues militares, en el terreno hay otra autoridad: la que decide quién paga “impuestos” con dinero… y quién los paga con la vida.
El sábado dejó una escena digna de un país en guerra no declarada: diez personas secuestradas, ejecutadas y repartidas como mensaje en Pánuco, Morelos y Saín Alto. No eran anónimos ni daños colaterales. Eran empresarios de la minería y la construcción —sectores donde el crimen organizado no solo infiltra, sino administra—, un ex alcalde, funcionarios municipales, un político y un ganadero. Es decir, perfiles que retratan mejor que cualquier informe oficial quién manda realmente en ciertas regiones: el que cobra, regula y castiga.
Entre los muertos está Ignacio Castrejón Valdez, ex alcalde de Sombrerete y empresario minero. También figuran varios nombres ligados a cadenas productivas que, casualmente, suelen ser “gravadas” por grupos criminales con tarifas más eficientes que las del SAT. La lista la completan servidores públicos y actores locales que, en otro contexto, serían parte del engranaje institucional; en este, apenas piezas sustituibles en un tablero controlado por otros.
¿Responsables? Ninguno detenido, por supuesto. La Fiscalía promete investigaciones, inteligencia y coordinación. Traducción: tiempo. El mismo que se acumula entre masacres mientras los expedientes engordan y la impunidad se mantiene esbelta.
Los cuerpos aparecieron colgados de puentes y abandonados en caminos, porque en Zacatecas la violencia no solo mata: comunica. Es pedagogía criminal en espacio público. Un recordatorio de jurisdicción real para quien todavía crea que el Estado conserva el monopolio de la fuerza.
Y como marca el protocolo de cada tragedia, llegó el refuerzo: más de 400 elementos federales para “coadyuvar” en la seguridad. Un déjà vu con uniforme. Soldados por doquier para custodiar un territorio donde los criminales ya definieron reglas, tarifas y castigos. La pregunta no es cuántos efectivos llegan, sino a quién responden los hechos.
Porque mientras la narrativa oficial habla de coordinación, en Zacatecas la soberanía se disputa cadáver a cadáver.
CON INFORMACION: ELNORTE

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