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miércoles, 1 de julio de 2026

«CRECEN REFUERZOS y CRECE VIOLENCIA: LEVANTÓN, ASESINATO y DESPOJO NO CEDEN en SINALOA»…la realidad no coopera y, si esa era la idea, vamos muy bien.


Sinaloa vive en una especie de déjà vu sangriento: llegan refuerzos, desfilan uniformes, se multiplican los comunicados… y los muertos siguen cayendo con puntualidad burocrática. Junio cerró con 53 asesinatos diarios, exactamente el mismo nivel que mayo. Ni un punto menos, ni un atisbo de mejora. Como si la violencia hubiera decidido respetar su propia línea base, ajena a cualquier despliegue oficial.

El libreto ya es conocido. Ante el repunte, el Estado responde con más botas en la calle, más convoyes, más presencia visible. La apuesta es clara: saturar el territorio de fuerza. 

El problema es que la realidad no está cooperando. Porque mientras los efectivos aumentan, la violencia no cede; se adapta, se redistribuye o simplemente continúa como si nada.

Y no solo son los homicidios. El robo de vehículos también repunta, recordando que la inseguridad no es un fenómeno aislado ni espectacular, sino cotidiano y persistente. No se trata solo de balaceras que acaparan titulares, sino de una erosión constante de la vida diaria.

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Aquí es donde la narrativa oficial empieza a hacer agua. Si más soldados no significan menos violencia, entonces la pregunta incómoda no es cuántos efectivos hacen falta, sino qué estrategia está fallando. Porque insistir en la misma fórmula esperando resultados distintos empieza a parecer más terquedad que política pública.

Sinaloa, mientras tanto, sigue contando muertos con una precisión casi estadística. Y el mensaje implícito es inquietante: la presencia del Estado crece, pero su capacidad de control no necesariamente con ella.

Con información: NOROESTE/

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