Si alguien pensaba que la “austeridad republicana” ya había recortado todo lo recortable, la Presidenta Claudia Sheinbaum acaba de demostrar que todavía hay cintura para meterle tijera al árbitro. Su nueva reforma electoral promete “racionalizar el gasto” del INE y “simplificar la representación”; traducción libre: menos dinero para los que no son Morena y más control del tablero desde Palacio Nacional.
El truco es elegante
Se eliminan los diputados plurinominales —esa odiada especie de políticos que llegaban por lista, no por voto—, pero no para devolverle poder al ciudadano, sino para rediseñar el juego a conveniencia del partido en el poder. Los “100 mejores segundos lugares” serán premiados con curul. ¿Y quién suele quedar en segundo lugar en la mayoría de los distritos? Exacto: los de Morena cuando no ganan el distrito. Democracia, pero con refil.
El resto —otros 100 diputados— se sacará de una “Lista Abierta No Bloqueada”, un nombre tan tecnocrático que casi oculta su simple objetivo: controlar las candidaturas desde los partidos grandes y reducir la posibilidad de que los pequeños sigan respirando. El Verde y el PT ya sienten el golpe: sin pluris, sin lana, sin oxígeno. Pero no te confundas, no es una traición, es una “reestructura estratégica del sistema partidista”, dicen los voceros del oficialismo con sonrisa de PowerPoint.
De paso, el gobierno propone bajarle 25 % al gasto electoral en todos los niveles, incluyendo al INE y a los órganos locales. “Eficiencia”, lo llaman; otros le dicen “ahorcamiento financiero”. Morena, claro, seguirá siendo el alumno consentido del presupuesto.
Y como cereza en el pastel de la democracia barata, el gobierno anuncia que los spots electorales en radio y TV se reducirán “de común acuerdo” con la Cámara de la Industria. Es decir, menos posibilidad de crítica, menos exposición del disenso y más tiempo aire para la versión oficial.
Por si algo faltara, también meterán mano en los sueldos de congresistas y regidores —porque nada dice “reforma democrática” como decidir cuánto puede ganar tu contrapeso político— y prometen impulsar la “democracia participativa”: las consultas populares, ese truco narrativo donde la ciudadanía “decide” lo que el gobierno ya había decidido desde antes.
En resumen: la reforma Sheinbaum no sólo busca adelgazar el gasto electoral, sino también adelgazar la pluralidad. Una cirugía estética a la democracia con el bisturí del oficialismo: menos gasto, menos oposición y, sobre todo, menos ruido. Lo que en Palacio llaman “modernización institucional”, los traductores honestos lo llamarían a secas “control político con ahorro certificado”.
Con información: ELNORTE/

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