Desde el 9 de septiembre de 2024 hasta el 19 de febrero de 2026, Sinaloa ha vivido 529 dias de violencia como si hubiera firmado un contrato de guerra infinita: un frente de sicarios contra otro frente de sicarios combatido por un ejercito de soldados y en medio de todos, un ejército de civiles contados en bolsas negras y fichas de desaparecidos.
Corte de caja de la masacre
- 2,853 homicidios dolosos, 5.4 al día: es como si diario se derribara, a balazos, un pequeño salón de clases lleno.
- 3,321 personas privadas de la libertad, 6.3 al día: una especie de “IMSS del terror” que interna pacientes sin alta médica ni expediente.
- 9,812 vehículos robados, 18.5 diarios: cada jornada se arma una agencia automotriz fantasma abastecida por la delincuencia.
- 3,289 personas detenidas, 6.3 diarias: un puñado de peones capturados en un tablero que siempre repone piezas nuevas.
- 169 personas abatidas: bajas oficiales que el Estado presume como trofeos, aunque el mapa de sangre se siga expandiendo.
529 días de guerra imparable ,son casi año y medio sobreviviendo a dos facciones rivales del Cártel de Sinaloa criminal y políticamente organizada, pues ni como soslayar que convirtieron al estado en campo de tiro casi enseguida que que el gobernador de Morena, Ruben Rocha Moya ,le pidiera un paro a Chapitos para someter a su ex-aliado y antagónico, Melesio Cuen,un «jabón patrocinado por el Mayo Zambada» que terminó ejecutado y su compa llevado al gabacho, los «Chapitos» terminaron encubiertos por el gobierno, hasta que una cosa llevó a otra con la muerte trabajando 24/7/365 en la entidad donde desparecer equivale a morir.
Dos bandos, una sola banda
La narrativa oficial dice que son “dos grupos antagónicos”; en la práctica es la misma empresa criminal peleándo por instinto primitivo, el instinto de venganza, mas que la lucha por la matriz y sucursales de una franquicia de comida rápida que incendia sus propias cocinas para redefinir quién se queda con la caja registradora.
Desde aquel 9 de septiembre de 2024, cada ráfaga entre Mayos y Chapitos es un comunicado de negocios, un acta de asamblea accionaria escrita en plomo; los votos son cuerpos y las actas, fosas.
El saldo es tan absurdo que ya supera el de varias guerras formales: casi 3,000 asesinados (2,853) y 3,321 levantados que no le hace justicia ala cifra real de mas de 5,000 en tan sólo el primer año de conflicto, municipios enteros aprendiendo a distinguir por oído qué calibre está tronando ese día.
Y mientras tanto, el gobierno federal despliega operativos, Guardia Nacional, Ejército, conferencias de prensa, como si arrojara curitas a un amputado y después hiciera un informe celebrando “la reducción de la hemorragia”.
Escenografía de la barbarie
Lo que pasa en Sinaloa ya no es una “crisis” sino una rutina: balaceras que paran clases, carreteras vacías como domingo de apocalipsis, rancherías convertidas en trincheras donde el sonido ambiente es el helicóptero militar mezclado con el corrido del día.
Los grafitis de cada facción funcionan como mapas del infierno:logotipos pintados en bardas, puertas y banquetas para marcar quién cobra piso, quién manda secuestrar, quién autoriza incendiar una tienda o desaparecer a un vecino.
En este escenario, cada familia es un pequeño Estado fallido que diseña su propia política de contención: horarios para salir, rutas “más seguras”, contactos de emergencia, chats donde se reportan balaceras en tiempo real como si fueran reportes de clima.
Las tiendas cierran temprano, los negocios tiemblan con cada rumor de bloqueo, y el empleo se evapora entre extorsiones, cobros de piso y miedo: la economía local es rehén de una guerra accionaria donde los únicos accionistas protegidos están del lado de las armas.
Sol Natalia y el parte de guerra cotidiano
En medio de esa contabilidad macabra aparece Sol Natalia, 15 años, quemada en un ataque a un dispensario y finalmente muerta, convertida en una línea más del informe diario que reporta siete homicidios en un solo jueves.
No cayó en un enfrentamiento como objetivo militar; su cuerpo fue tratado como daño colateral de una disputa que usa dispensarios, canchas y calles como blancos de práctica y que transforma la adolescencia en material desechable, tanto que su muerte no cuenta en estadísticas oficiales.
Cada día se publica un parte de guerra disfrazado de nota de sucesos: “X asesinatos, X desaparecidos, X vehículos robados”, como si el diario fuera un marcador y no un acta de defunción colectiva.
El lenguaje se vuelve anestesia: “abatidos”, “privaciones de la libertad”, “hechos violentos”, eufemismos que barnizan lo que en realidad es una carnicería administrada.
Siempre se puede estar peor
La violencia es un río que ya desbordó todas las compuertas del Estado; las autoridades sólo colocan costales de declaraciones mientras los muertos siguen flotando corriente abajo, etiquetados con siglas distintas pero hundidos por la misma piedra.
¿Cuánto tiempo más va a vivir de pretextos el estratega Omar García Harfuch, vendiendo números como si fueran paz y no simples cortes de caja de la carnicería?.
Harfuch presume miles de detenidos por delitos de alto impacto y una supuesta baja nacional de homicidios, mientras en Sinaloa la guerra interna deja casi 3,600 asesinatos, peor numero de desaparecidos y casi 10 mil vehículos robados en el mismo periodo.
La narrativa «Harfuchiana» es un truco de magia estadística en medio de una pregunta brutalmente simple: si después de miles de detenidos, conferencias y despliegues “focalizados” Sinaloa sigue contando cadáveres y desaparecidos a ritmo industrial, ¿cuántas grafiquitas mañaneras más piensa vendernos Harfuch como victoria antes de admitir que su estrategia no impacta donde debería, en la vida diaria de los que no traen escolta?
Hoy, el corte de caja de la barbarie es claro: dos bandos de la misma banda ajustando cuentas, un ejército formal escoltando la escena, y al centro, miles de sinaloenses de bien reducidos a estadísticas de daños colaterales, esperando el próximo informe que confirme que, sí, efectivamente, todavía se puede estar peor.
Con información: NOROESTE/

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