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sábado, 28 de febrero de 2026

LE «PIDIÓ PERAS al OLMO»: «MADRE AFLIGIDA le PIDE AYUDA a SHEINBAUM para su HIJA BALEADA en la CABEZA en FUEGO CRUZADO en CULIACAN»…ahi donde si no te mata el narco,lo hace el ejercito por «horror».

La escena es brutal: una madre haciendo fila para un mitin presidencial porque su hija, una jovencita estudiosa de 16 años, ya no puede hacer fila en ningún lado; está postrada, sin parte del cráneo, conectada a sondas, respirando a crédito en un país donde la Presidenta indolente presume “recuperar la paz” con cifras de menos sangre que equivalen a ahorro de formol que en 2025 dejó montaña de 32 mil cadaveres en todo el pais.

El discurso y la cama de hospital

Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum recita desde el templete que los homicidios bajaron, que la estrategia funciona, que hay “avances significativos” y miles de generadores de violencia detenidos, una adolescente de Culiacán lleva casi nueve meses atrapada en una cama, con media vida apagada por una bala que no iba dirigida a ella. 

Salió exenta de la prepa, por inteligente, y acabó exiliada de su propio cuerpo porque se atrevió a ir por tortillas en la ciudad que el gobierno insiste en describir con gráficas de “reducción de homicidio doloso”.[

La estadística celebra sin evidencias, salvo el choro mañanero un 25% menos homicidios, 45% de reducción en víctimas diarias que se reflejan en los 40 desaparecidos al dia de los que nadie habla.

Los porcentajes se aplauden en conferencias y giras oficiales, pero ni una de esas cifras devuelve el fragmento de cráneo que le volaron a la muchacha ni endereza la mitad de su cuerpo paralizado. La paz en grafiquitas no sirve para sostenerle la cabeza a una hija que ya no puede sostenerse sola.

Las cifras de la victoria contra las cifras de la barbarie

La presidencia habla de decomisos, toneladas de droga asegurada, miles de armas incautadas, operativos coordinados, “cambio total” respecto a la vieja guerra contra el narco, como si hubiéramos cruzado un umbral histórico. 

Pero afuera, la realidad le responde con una niña de 16 años sin placa en el cráneo, con traqueotomía, alimentada por sonda, dos infartos cerebrales encima y una madre endeudada que no puede trabajar porque el Estado le dejó la guerra en la sala de su casa.cnnespanol.

La barbarie no se mide en el SESNSP; se mide en litros de miedo y días de hospital. La estrategia presume menos muertos, pero multiplica “víctimas colaterales”, cuerpos jóvenes que se atraviesan en fuegos cruzados, balaceras, “conflictos entre grupos”, como si la semántica aliviara el daño neurológico. 

La victoria oficial cabe en una lámina de Excel; la derrota nacional ocupa todo el cuarto donde una madre cambia pañales, limpia sondas y espera que un funcionario se digne a firmar un dictamen de discapacidad.

La gira de la indiferencia

En Culiacán, la madre se planta frente a la presidenta no para la selfie, sino para entregarle una carta donde suplica lo básico: medicamentos, una enfermera, renta para no quedarse en la calle, atención psicológica para las otras dos niñas que ahora duermen con el sonido fantasma de las balas. Mientras tanto, el aparato de comunicación presidencial sigue administrando el relato triunfal: hay menos homicidios, se atienden las causas, se construye la paz; el país arde, pero el guion no se mueve una coma.

No es un caso aislado: Sinaloa lleva meses llenando el calendario con madres que reclaman, que marchan, que entierran hijos o los buscan entre fosas mientras la narrativa oficial afina sus porcentajes. Se puede recibir a actrices de Hollywood, se puede blindar un templete y exhibir encuestas, pero siempre habrá una madre que llegue sin acreditación de prensa, solo con la factura de la guerra tatuada en el cuerpo de su hija.

Guerra sin nombre, víctimas con rostro

El gobierno jura que no es guerra, que es una estrategia integral, que ahora sí se atacan las causas, omitiendo que fue la Guardia Nacional que recientemente mato al estudiante Alan Fernando en Culiacán o Alexa y Leydi en Badiraguato.

En Culiacán, la semántica se disuelve en segundos cuando una familia se sube al carro para ir por tortillas y termina en fuego cruzado; ahí no hay “atención a las causas”, solo balas que cruzan el parabrisas.

La madre de esta joven no habla de políticas públicas, habla de deudas, de apoyos intermitentes, de promesas de enfermera que nunca llega, de la renta que ya no puede pagar porque la seguridad nacional le secuestró la vida diaria. La famosa “construcción de paz” se traduce en otra mujer que pide anonimato por miedo, que entiende perfecto que en este país no solo da miedo el crimen: también da miedo hablar frente al gobierno que dice estar ganando.cnnespanol.

La impostura del triunfo

Hay algo profundamente obsceno en el contraste: arriba, un micrófono que insisten en calibrar para anunciar descensos porcentuales, planes, mesas de seguridad, comités, programas; abajo, una madre que ruega que al menos no le corten el apoyo de renta mientras espera una placa para la cabeza de su hija. La llamada “reducción de homicidios” se blandía como medalla incluso después de asesinatos que indignaron al país; hoy, esa misma medalla brilla sobre una nación que sigue enterrando adolescentes y mutilando futuros en pleno gobierno que prometió romper con la guerra y terminó administrándola con otro vocabulario.

La realidad no discute con las cifras; las atropella. No le importa si el homicidio doloso bajó 25%, si detuvieron a 37 mil generadores de violencia o si se multiplicaron las preparatorias. La realidad es esa adolescente de 16 años sin parte del cráneo, ese cuarto de hospital donde la “pacificación” se oye como un tubo de oxígeno y una madre agotada que, en vez de gritar “¡Presidenta!”, quisiera poder decir una sola cosa que la estadística jamás contempla: aquí no hay victoria, aquí solo hay barbarie .

Con información: NOROESTE/

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