Tamaulipas no solo amaneció el pasado domingo bajo otra receta controlada: 36 narcobloqueos y ni un solo detenido, ni uno, ni un “esposado decorativo” para la foto oficial. El diagnóstico es claro: la enfermedad no es la inseguridad, sino la impunidad metastásica que el gobierno de Morena del doctor Américo Villarreal dejó crecer como epidemia.
La frontera chica —Camargo, Díaz Ordaz, Miguel Alemán, Reynosa— se convirtió ayer, otra vez, en un laboratorio de guerra. Drones tirando explosivos sobre policías estatales, camiones incendiados bloqueando carreteras, y familias escondidas en sus casas mientras un helicóptero del gobierno hacía de ambulancia improvisada para un agente gravemente herido. Todo eso mientras la “Vocería de Seguridad” publicaba boletines con más calma que un anestesiólogo en turno nocturno.
Que dice EL Norte:
«A media mañana se reportaron los primeros hechos de violencia en Camargo, en la frontera chica., tras registrarse un fuerte despliegue de efectivos de fuerzas de seguridad federales y estatales, luego de que medios locales señalaron que militares repelieron una agresión de sicarios.
Durante el día continuó la oleada de inseguridad, luego de suscitarse ataques contra corporaciones, en inmediaciones del Río San Juan, en la Presa Marte R. Gómez.
Testigos, detallaron que familias de rancheros y trabajadores del agro en los dos lados del afluente fronterizo, y en localidades de Camargo y Miguel Alemán, tuvieron que resguardarse.
Por la tarde, la narcoviolencia se extendió a Díaz Ordaz, donde un camión atravesado en la carretera Ribereña fue incendiado para bloquear la ruta, por lo que conductores se desviaron hacia una brecha conocida como La Lajía-Valadeces.
El domingo fue un catálogo del absurdo.
Treinta y seis eventos violentos reportados oficialmente y cero arrestos: una estadística tan inverosímil que choca de frente con la ley de la probabilidad. En cualquier otra geografía del mundo donde el estado de derecho no sea cotorreo humanista, habría al menos un detenido por error, un borracho confundido, un sospechoso casual. Pero no. En Tamaulipas, bajo Villarreal, ni la física del azar se atreve a contradecir al crimen.
Las escenas hablan por sí solas. Ayer estudiantes encerrados en aulas para protegerse de las balas; maestros comunicando vía WhatsApp que las clases seguirán “cuando esté apto el camino”. Mientras tanto, en Palacio de Gobierno, el autodenominado sanador de Tamaulipas —hoy señalado por sospechas, omisiones y evidencia de vínculos narco incómodos— administra morfina política: calma los síntomas, niega la gangrena que exhiben las imágenes de su brutal putrefacción moral.
Porque si los drones lanzan explosivos y el Estado lanza boletines, el resultado es predecible: el territorio responde a otros mandos. Tamaulipas no está enferma, está colonizada por César Morfín Morfin,alias «Primito», lider de la facción de los «Metros» ligada a estos desmanes en condicion de operador de la franquicia criminal del Cartel de Jalisco que el gobernador de Tamaulipas dolosamente niega.
Aqui lo que duele no es la guerra, sino la normalidad con que el poder la asimila y no solo eso, con vocación de mañosos la provocan, solo hay que mirar las letras chiquitas, de portales chiquitos para desoír la anestesia del medico que tiene todos los recursos del gobierno para engañar a contribuyentes con sus propio dinero.
Con información: ELNORTE/


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