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jueves, 26 de febrero de 2026

«FUE TOPON de SIMULADORES»:»PAR de ENGAÑABOBOS AZUL y GUINDO se LLENAN la BOCA de SURRAZON en ENTREVISTA con AZUCENA»…el fugitivo, amo de las narcomantas es ducho en el pleito.


La periodista de Grupo Formula,Azucena Uresti, abrió la línea y lo que se escuchó no fue un exgobernador: fue el personaje que Francisco García Cabeza de Vaca construyó de sí mismo desde que se asumió como mártir, sheriff texano y perseguido político, todo al mismo tiempo. Del otro lado, el Diputado y Vocero de Morena, Arturo Ávila no encarnó precisamente a la república virtuosa: más bien al vocero indignado que se aferra a la “mayoría parlamentaria” como certificado moral, mientras encadena adjetivos jurídicos como si fueran rosario de oficina de ministerio público.

El show de Cabeza de Vaca

Cabeza entra agradeciendo al “cero votos”, como llaman también al Diputado Avila, por haberlo aludido: arranca en modo stand up de derecho de réplica, no en modo imputado con carpeta abierta. Su guion está bien ensayado:

  • Paso 1: “cuando recibí Tamaulipas era de los tres más inseguros, cuando me fui ya era de los cinco más seguros, lo dice el Secretariado Ejecutivo” – manual clásico del político que se esconde detrás de una estadística aislada para tapar las fosas, los desplazados y la violencia que siguió respirando en la calle.
  • Paso 2: presumir que su gobierno “trabajó con siete agencias de Estados Unidos”, como si el número de acrónimos gringos fuera sinónimo de limpieza y no de dependencia; el exgobernador se vende como el único que sí sabe cómo se combate al crimen organizado… mientras habla desde Estados Unidos, donde se refugia de los expedientes que lo persiguen en México.

Luego vino su acto favorito: el narcocabaret discursivo. Todo lo adorna con “narcopresidente”, “narcogobernadores”, “narcoterroristas”, “morenarcos”, hasta convertir el debate en un corrido tumbado donde él es el héroe incomprendido que entregó listas de capos en Palacio Nacional y descubrió el huachicol fiscal antes que Aduanas, SAT, Hacienda, Guardia Nacional y hasta las agencias de Estados Unidos juntas. El mensaje implícito: si alguien en este país supo todo, hizo todo y denunció todo, fue él… justo el mismo al que hoy le hablan de órdenes de aprehensión, amparos caídos y posible ficha roja.

La jugada más clara de simulación aparece cuando reta a Arturo Ávila a debatir “en Washington o Nueva York” sobre narcoterrorismo, llevándose de paso a Rocha Moya y Américo Villarreal. El exgobernador no quiere un debate: quiere un set gringo como escenografía para su narrativa de perseguido político, con sello de “corte del norte” que legitime lo que en México se le está cayendo. El hombre que dice defender la soberanía presume la colaboración de siete agencias estadounidenses y quiere dirimir la política mexicana en territorio extranjero; la doble nacionalidad no es solo pasaporte, es método de escape y coartada discursiva.

Cuando la plática se acerca al punto incómodo –que en México lo esperan jueces, carpetas y sentencias–, Cabeza se atrinchera en el disfraz de víctima: la Corte del “acordeón”, ministros que “no saben ni qué votaron”, un amparo que “ya estaba ganado” y un caso que se reduce, según él, a la venta de un departamento. Todo es complot, todo es fabricación, todo es AMLO operando desde la Suprema Corte… salvo el detalle de que, si estuviera tan limpio, no estaría calculando su calendario mediático desde el otro lado del río Bravo.

El papel de Arturo Ávila

Del lado guinda, Arturo Ávila entra a cuadro con un discurso correcto en la superficie, pero igual de cargado de pose. Arranca diciendo que podría llamarle “criminal, fascineroso, operador ilícito, transgresor del orden jurídico, infractor de la ley, imputado”, pero que no lo hace porque “esta es una mesa de debate serio”. Lo dice después de recitar el catálogo completo de insultos; la seriedad consiste en lanzar la pedrada y luego ponerse la toga.

Su refugio es la legitimidad numérica: “soy vocero de un grupo parlamentario mayoritario, votado por la mayoría de las y los mexicanos”. Traducido: tengo mayoría en la Cámara, luego entonces tengo la razón. Esa es la coartada favorita del oficialismo Moreno: confundir el número de curules con la calidad de los argumentos, como si la aritmética electoral lavara la biografía de todos los que cobijan.

Cuando le toca responder al reto de Washington, Ávila intenta ponerse el traje de patriota: no va a foros “de ultraderecha a hablar mal de México”, no busca legitimidad fuera porque la tiene dentro, y repite que si Cabeza pisa territorio mexicano lo meten a la cárcel. Tiene razón en el fondo –sí, el exgobernador huye del sistema de justicia al que debería enfrentar–, pero se nota que disfruta más el remate de talk show que la discusión de fondo sobre por qué su propio gobierno federal ha hecho tan poco por transparentar y depurar las acusaciones cruzadas de narcopolítica.

Cuando CDV lo acusa de ser vocero pagado por “narcogobernadores”, Ávila hace lo único jurídicamente sensato: lo reta a presentar una sola prueba y ofrece renunciar a su curul si se acredita el pago. Pero se queda ahí. No va más lejos: no desmonta el expediente gringo que Federico Döring presume (el affidavit de Jocelin Hernández, las maletas de dinero del Chapo Isidro, la presencia de Américo en Sinaloa), no cuestiona la doble vara de su propio partido frente a esos gobernadores, no toca el tema estructural del financiamiento ilícito en campañas. Se defiende a sí mismo, pero esquiva la bala cuando se trata de revisar críticamente a los suyos.

El cierre de Ávila es puro gol de cámara: “Acá nos vemos, pero en la cárcel”. Es la frase que quiere que se quede en el clip viral, aunque detrás haya muy poca disposición a empujar que la Fiscalía General y los jueces hagan su trabajo sin línea, caiga quien caiga, incluidos los que hoy le dan línea a él.

Dos simuladores, distinto guion

En realidad, el “topón” no fue entre el bien y el mal, sino entre dos simulaciones que se necesitan para seguir respirando políticamente.

  • Cabeza de Vaca se vende como héroe anticrimen y perseguido político, pero lleva años orbitando entre carpetas, desafueros y amparos, mientras convierte su exilio voluntario en show de “narcoEstado” morenista.
  • Arturo Ávila se presenta como defensor institucional de la mayoría y víctima de calumnias, pero esquiva cualquier autocrítica sobre el pantano donde navegan varios de sus gobernadores y reduce todo a un pleito personal con un prófugo.

Ambos comparten una obsesión: hablar del crimen organizado como arma retórica, nunca como tema que exija autoinmolación política. CDV lanza “narcogobernadores” como granadas mientras oculta su propio historial; Ávila responde con la palabra “delincuente” envuelta en juridiqués, pero guarda prudente silencio sobre los expedientes incómodos de su casa.​

Azucena intenta que se aterrice en pruebas, documentos, affidavits, resoluciones, pero el formato no da para más: es ring de radio, no audiencia constitucional. Y tanto Cabeza como Ávila lo saben: el objetivo no es aclarar nada, es dejar frases que sobrevivan en redes, reforzar a los ya convencidos y seguir usando el narcotema como arma política, nunca como obligación de rendir cuentas propia.

Ahí está la verdadera irreverencia: no es que se hayan “dicho de todo”, es que entre los dos dijeron lo suficiente para exhibir lo que son, sin darse cuenta,un par de engañabobos en diferente color.

Con información: AZUCENA URESTI/GRUPO FORMULA

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