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miércoles, 25 de febrero de 2026

LAS «DUDAS RAZONABLES»: A «MAS de 72 HORAS de CAPTURA y MUERTE del MENCHO HAY MAS PREGUNTAS que RESPUESTAS»…pretenden que la gente brinde por la caída del monstruo sin siquiera enseñarle la sombra del cadáver,

Nadie que haya visto cómo “cayó” El Mencho está obligado a tragarse la versión oficial sin hacer arcadas. Y dudar, en este país, no solo es sano: es instinto de supervivencia política.

1. El cadáver imaginario

Tres días después del operativo en Tapalpa seguimos en lo mismo: México entero vio los narcobloqueos, los coches ardiendo, las clases suspendidas en al menos diez estados, pero el supuesto cadáver del capo más buscado solo existe en comunicados, no en imágenes.

Al CJNG lo exhibieron durante años como un monstruo omnipresente, capaz de tirar helicópteros con lanzacohetes y de incendiar medio país en cuestión de horas; pero cuando al fin “abaten” a su líder, la escena del crimen se maneja como si fuera expediente de notario: discreto, frío, sin una sola foto filtrada en un ecosistema donde hasta el chofer del MP presume evidencias en WhatsApp.

El gobierno dice: “murió en el traslado aéreo a la Ciudad de México”; la pregunta obligada es: ¿en qué momento exacto murió un hombre que llevaba una década siendo prioridad de seguridad nacional y objetivo binacional con Estados Unidos?.

En cualquier otro caso, las filtraciones habrían salido con lujo de detalles, pero aquí, mágicamente, todo el aparato de chismorreo institucional se disciplina al mismo tiempo que el Ejército, la Fiscalía, el CNI y los gringos.

2. ADN sin contexto y pruebas sin contrapesos

El libreto oficial se sostiene en la palabra mágica: “ADN”. Primer mandamiento del catecismo post-mortem: si dices ADN, la opinión pública se calla, aunque no le enseñes ni el dictamen, ni la cadena de custodia, ni la comparación de perfiles.

¿Qué banco de datos usaron para la confronta?, ¿cuándo y cómo se recabó la muestra de referencia de Nemesio Oseguera Cervantes, si llevaba años moviéndose como fantasma entre clínicas, ranchos y cuarteles de facto?, ¿intervino alguna agencia estadounidense en la verificación, o solo se “coordinó información” a modo de bendición diplomática?.

La narrativa incluye cooperación con Estados Unidos, pero no hay una sola voz oficial de aquel lado dando la cara para refrendar la identidad del muerto, cuando ese hombre estaba en sus listas prioritarias desde hace años.

En un país con historial de “abatidos” que luego reaparecen vivos, pedir que los ciudadanos acepten un acta de defunción verbal sin informes periciales públicos es exigir fe religiosa, no confianza democrática.

3. Heridas, traslado y el guion del héroe sin mácula

Dicen que hubo un enfrentamiento, que murieron varios hombres en el sitio y otros tres, incluido El Mencho, fallecieron en el traslado aéreo a la CDMX; pero no sabemos qué heridas específicas presenta el cuerpo ni cuál fue el trayecto médico exacto de ese paciente de altísimo valor táctico.

No hay parte médico, no hay descripción forense, no hay tiempos de estabilización reportados, no hay bitácora clínica pública, solo la frase cómoda: “resultó herido de gravedad y murió en el traslado”, un texto genérico que funcionaría igual para un capo, un soldado o un espectro.

La narrativa militar se reserva el detalle clave: ¿hubo intento de evacuarlo con vida para interrogarlo o siempre fue un operativo pensado para terminar con él en caliente?.

Si lo querían vivo para inteligencia estratégica, el fracaso médico debería ser escándalo; si siempre lo quisieron muerto, entonces estamos frente a una ejecución política envuelta en lenguaje de “enfrentamiento” y “respuesta al fuego enemigo”.

4. El funeral de fuego como cortina

Mientras el cuerpo no se muestra, lo que sí se exhibe a todo color son las cenizas del país: bloqueos, vehículos calcinados, violencia en al menos 20 estados, suspensión de actividades, miedo escolarizado a escala nacional.

El mensaje práctico es claro: el gobierno muestra músculo con el abatimiento y el CJNG responde incendiando el mapa, de modo que la gente termine pidiendo orden a cualquier costo, aunque el costo sea no preguntar demasiado por los detalles del operativo.

La operación, según Sedena, fue “de inteligencia militar” con Fuerzas Especiales, CNI, Fiscalía, Fuerza Aérea, Guardia Nacional y cooperación con Estados Unidos; una coreografía perfecta que contrasta con la incapacidad crónica de contener, en el día a día, las masacres en territorios donde mandaba el CJNG desde hace años.

La paradoja es brutal: para tumbar al capo sí hay helicópteros, fuerzas elite, coordinación binacional y despliegue inmediato; para rescatar comunidades sitiadas por el mismo grupo, el Estado suele llegar tarde, desarmado o fingiendo demencia institucional.​

5. Silencios oficiales y narrativa blindada

Setenta y dos horas después, persiste algo peor que una mentira: un silencio administrado, una historia contada a cuentagotas, calibrada para que no se abran demasiados flancos de litigio político y jurídico.x+2
La línea discursiva es tan uniforme que parece dictada desde un mismo cuarto: se reconoce la coordinación, se presume el éxito táctico, se exhibe la reacción violenta del narco, pero se evita mostrar la prueba reina: el rostro del muerto, el expediente técnico, los documentos que puedan ser verificados por terceros.

En paralelo, la pregunta que nadie en el gobierno tiene prisa por contestar es: ¿qué sigue con el CJNG?, ¿está fracturado, reacomodándose, pactando, heredando mando?, porque si la estructura sobrevive casi intacta, lo que abatieron no fue un cártel, sino un símbolo útil para la narrativa del “Estado fuerte”.

El vacío de información se llena solo con dos cosas: propaganda oficial y especulación criminal, y en ese choque de relatos la ciudadanía queda reducida al papel de público cautivo, obligado a aplaudir el final del villano sin haber visto el cadáver.

6. Las preguntas que un país serio pondría sobre la mesa

No se trata de creer o no creer, sino de exigir que las dudas se respondan con documentos, no con mañaneras:

  • ¿Dónde están los dictámenes de ADN y qué laboratorios intervinieron, nacionales y extranjeros?
  • ¿Cuál es el parte forense completo sobre las heridas que causaron la muerte y la cronología médica del traslado?
  • ¿Quién tiene bajo custodia el cadáver, cuáles son los requisitos para que la familia —si se atreve— reclame el cuerpo y qué plazos han fijado para disponer de los restos?
  • ¿Qué agencia internacional se hará responsable de certificar que el hombre abatido es el mismo que aparece en las órdenes de captura y listas de objetivos prioritarios?

Un país que se respeta no pide fe; firma, sella y publica. México, en cambio, parece especializarse en funerales sin cuerpo, en operativos sin expediente abierto al escrutinio, en victorias que se consumen en el boletín de prensa y se deshacen en la memoria colectiva.

Dudar de la historia oficial sobre la muerte de El Mencho no es conspiracionismo, es defensa básica frente a un Estado que durante décadas ha firmado comunicados que luego se desmienten solos, y que hoy pretende que la gente brinde por la caída del monstruo sin siquiera enseñarle la sombra del cadáver.

Con información: EMEEQUIS/

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