James Vanderbilt no filmó Nuremberg: El Juicio del Siglo para que el público aplauda el fin del nazismo; la hizo para incomodarlo. Su travesura ética consiste en lograr que, a mitad de la función, empieces a sentir simpatía —sí, simpatía— por Hermann Göring, el arquitecto de la Solución Final, interpretado por un Russell Crowe más encantador que arrepentido.
La premisa es peligrosa, y Vanderbilt lo sabe. “La gente llegará creyendo que Göring es horrible, y luego Russell empezará a conquistarla”, confiesa con una sonrisa de quien disfruta el escándalo moral. El director construye un thriller judicial que huele más a El silencio de los inocentes que a documental de guerra: el criminal ilustrado frente al psiquiatra que intenta descifrarlo (Rami Malek, el otro ganador del Óscar, reencarnando a Douglas Kelley, el médico con curiosidad existencial).
Göring, según Vanderbilt, no solo fue el segundo de Hitler, sino el tipo que aprobó los campos de exterminio donde murieron seis millones de judíos. Y aun así, en pantalla aparece como un hombre culto, educado, buen padre de familia. El filme convierte al monstruo en interlocutor fascinante, mientras reconstruye ese tribunal de 1945-46 donde EE.UU., Francia, el Reino Unido y la URSS inventaron el concepto de “crímenes contra la humanidad”.
Hay un eco escalofriante cuando Göring le dice al psiquiatra que “Hitler nos hizo sentir alemanes de nuevo”. La frase, escrita hace más de una década, resuena de forma obscena en estos tiempos donde los discursos del orgullo nacional vuelven a levantar fronteras.
La película usa material documental verdadero de los campos, esa evidencia imposible de reproducir “a lo Hollywood”. Vanderbilt quería que el espectador experimentara la misma sacudida visual que los jueces de Núremberg al ver, por primera vez, las imágenes del horror industrializado.
Y sin embargo, el juego está ahí: Göring niega saber algo, intenta manipular a su analista, se defiende con brillantez retórica. El resultado no es un relato sobre justicia, sino sobre seducción: cómo el mal se disfraza de inteligencia, cómo el poder habla bien, explica mejor, y casi siempre logra que lo escuchen.
El filme se inspira en El nazi y el psiquiatra de Jack El-Hai, libro que ya anticipaba la conclusión incómoda del verdadero Kelley: los nazis no eran demonios ni locos, sino mediocres con uniforme y autoestima. Lo que luego Hannah Arendt bautizó, con precisión quirúrgica, como “la banalidad del mal”.
Rami Malek, por su parte, parece seguir en rehabilitación emocional tras Bohemian Rhapsody. Dice que elige papeles que preguntan, no que moralizan. Y aquí la pregunta muerde: ¿qué hacemos cuando la injusticia nos parece razonable, o incluso carismática?
Nuremberg: El Juicio del Siglo no ofrece consuelo ni redención. Solo un espejo —uno con el rostro de Russell Crowe— en el que conviene no mirarse demasiado rato.
Con información: ELNORTE/

''rhetoric of national pride is once again erecting borders''
ResponderBorrarWhat are borders for?Are not Mexicans extremely nationalistic?
Hypocrisy in this time is everywhere,a country has every right to defend its borders against anyone it choose's just like Mexico does..