Diez años después, de aquel “Misión cumplida, lo tenemos” suena más a meme que a parteaguas histórico, pero ese 8 de enero de 2016 Enrique Peña Nieto salió a presumir en redes que por fin habían vuelto a agarrar a Joaquín “El Chapo” Guzmán, tercera y última edición del mismo show.
Seis meses antes, el capo estrella del Cártel de Sinaloa se había esfumado por el baño de su celda en El Altiplano, deslizándose por un túnel digno de parque temático del narco: de la regadera al terreno cercano, directo a la leyenda y al ridículo del sistema penitenciario mexicano.
La revancha oficial vino con nombre de ballet ruso: Operación “Cisne Negro”, un despliegue de Fuerzas Especiales de la Marina con vasta ayuda gringa, terminó en Los Mochis, Sinaloa, la última postal de Guzmán Loera en libertad antes de convertirse en trofeo internacional.
Ya lo habían tenido casi en la mira en octubre de 2015, en un rancho de Pueblo Nuevo, Durango, pero el hombre más buscado del país se les volvió a perder, tirándose por una cañada mientras desde el helicóptero lo miraban huir acompañado de dos mujeres y una niña, y decidían no disparar para no cargar con esa masacre.
A principios de 2016 la historia cambió de escenario a una casa en Los Mochis, donde los marinos montaron el operativo nocturno; el resultado: cinco delincuentes muertos, un elemento federal herido y seis detenidos, mientras el objetivo principal volvía a hacer lo que mejor sabía:correr.
El Chapo se metió literalmente por el drenaje junto con su jefe de seguridad, Iván Gastélum, “El Cholo”, emergieron por una alcantarilla y remataron la escena robándose un coche, pero el escape les duró lo que tarda un retén en revisar placas: el vehículo fue ubicado en la carretera Los Mochis–Navojoa y ahí se acabó la persecución.
Esta vez, ni sus túneles multiusos —para fugarse de penales o cruzar droga a Estados Unidos— alcanzaron para mantener en pie el mito del fugitivo infalible, y el narco-ingeniero terminó topándose con el límite de su propia narrativa.
Tras esa captura arrancó el trámite más temido: la extradición a Estados Unidos, que se concretó el 20 de enero de 2017, seguido por un juicio maratónico de noviembre de 2018 a febrero de 2019, donde el capo global terminó reducido a número de expediente en una corte de Nueva York.
En julio de 2019 le cayó la losa final: cadena perpetua dictada por un jurado neoyorquino y traslado al penal de máxima seguridad ADX Florence, en Colorado, una especie de agujero negro carcelario del que no se sale por túnel, por cañada ni por alcantarilla, por más leyenda que traigas a cuestas.
Con informacion: LA OPINION/

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