México no solo exporta aguacates: exporta la capacidad infinita del Estado para convertir el crimen organizado en “emprendimiento agroindustrial”.
Resulta que el llamado oro verde michoacano viaja hasta China con todo y el sello indirecto de José de Jesús Méndez Vargas, El Chango, fundador de La Familia Michoacana. No es una metáfora ni una denuncia de sobremesa: sus huertas aparecen registradas para exportación, con permisos oficiales, extensión, cartilla y la bendición burocrática correspondiente. Porque, al parecer, para vender aguacate al otro lado del planeta basta con cumplir los requisitos sanitarios; los antecedentes por delincuencia organizada son un detalle administrativo menor.
El milagro exportador
La historia es de una eficiencia institucional digna de estudio: un capo detenido en 2011, sentenciado a 45 años y después entregado a Estados Unidos para enfrentar cargos por tráfico de cocaína y metanfetaminas, pudo conservar —o al menos mantener vinculadas a su red— decenas de huertas con acceso al mercado chino. La reinserción social, pero en presentación Hass.
Según la investigación, El Chango y Manuel Fernández Valencia, alias La Puerca, tendrían más de 50 huertas en Uruapan, Tancítaro, Salvador Escalante, Tacámbaro y Ario de Rosales, con alrededor de 500 hectáreas registradas para exportar. Todo legal, todo documentado, todo muy en regla: el crimen organizado quizá no tenga ética, pero aparentemente sí papeles.
Denominación de origen: impunidad
El discurso oficial suele vender al aguacate como símbolo de éxito nacional, una joya agrícola que conquista mesas internacionales y fortalece al campo mexicano. Lo que rara vez entra en el empaque promocional es que ese “éxito” puede convivir con dinero de drogas, control territorial y estructuras criminales recicladas como negocios perfectamente formalizados.
No hay que preocuparse: el fruto llegará inocuo, certificado y probablemente impecable. El problema no está en el aguacate; está en el sistema que parece incapaz —o poco interesado— en preguntar quién se beneficia de él. La trazabilidad sanitaria funciona; la trazabilidad moral, en cambio, se extravió entre una ventanilla de Sader y una lista de Senasica.
Un país de sellos
México ha perfeccionado una peculiar marca de calidad:mientras un productor pequeño batalla con trámites, extorsiones, violencia y costos de certificación, quienes construyeron fortunas criminales pueden diversificar portafolios, registrar predios y convertirse en exportadores globales. De la cocaína al aguacate, de la clandestinidad al comercio exterior: eso sí es movilidad económica.
Tal vez pronto el empaque diga: “Producto mexicano, madurado al sol de Michoacán, cosechado con orgullo y autorizado por la burocracia que nunca vio nada”. Porque en este país, más que combatir al crimen organizado, a veces parece que se le ayuda a internacionalizar la marca.
Con información : ELUNIVERSAL/

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