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lunes, 31 de agosto de 2026

LA “CUENTA” NO INFORMA, EDITA al PAÍS: HARFUCH SÓLO le VA a las BUENAS y EVITA DAR CUENTA de la VIOLENCIA»… prefiere el “CUENTEO” de las cifras.


La omisión de información sobre el más reciente ataque terrorista en Zacatecas revela una dinámica dolosa de desinformación desde la cuenta de Omar García Harfuch en «X», estratega federal de seguridad. El silencio confirma que “sólo le va a las buenas”: presume detenciones y decomisos, pero desaparece de la conversación pública cuando la violencia golpea, los explosivos estallan y el país vuelve a exhibir su fracaso para pacificarse.

La cuenta de Omar García Harfuch no ha sido un archivo de seguridad pública. Es un compendio y recorte de las buenas tomas, con música de coordinación institucional y un letrero al final que dice “falta mucho por hacer”, para que nadie acuse de soberbia al mismo hombre que recientemente acaba de recitar 63 mil 500 detenidos como si fueran una existencias de almacén.

Desde octubre de 2024, cuando asumió la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, @OHarfuch se convirtió en vocería de operativos ajenos y propios, mezclados en un mismo molde. El Ejército catea, la Marina intercepta, la Guardia Nacional asegura, una fiscalía estatal pone el sello y el secretario federal sube el parte con fotos de armas alineadas, kilos sobre una lona y el inevitable “N” —ese apellido genérico que alude a la extensa «familia N» ,con el que el Estado mexicano convierte a un detenido en mercancía narrativa—. 

Pero lo que casi nunca aparece es el reverso: cuántos salieron, cuántos nunca llegaron a sentencia, cuántos reaparecieron en otro operativo, cuántas carpetas se pudrieron, cuántas familias siguen buscando a alguien que las estadísticas ya no quieren contar como homicidio y siguen desparecidos.

El estratega que solo batea las bolas rapidas

“Nomas le va a las buenas” no es un chiste de cantina. Es el método. Harfuch no inventó la policía de boletín —eso es tradición nacional—, pero sí la profesionalizó con disciplina de reloj: cada captura es un episodio, cada decomiso un capítulo, cada laboratorio “inhabilitado” una medalla que se cuelga el Gabinete entero y se exhibe en una sola vitrina personal.

La cifra crece como si tuviera vida propia. En octubre de 2025 eran más de 35 mil detenidos por “delitos de alto impacto”. En diciembre, 38 mil. Luego 40 mil, 43 mil, 54 mil, 56 mil, 59 mil. En agosto de 2026, en la mañanera y en gira internacional, el número ya era más de 63 mil 500, con 32 mil 800 armas y 518 toneladas de droga.

El truco está en que las detenciones que dice existen, no coinciden con la pirotecnia verbal.

Peor aun ,lo que la cifra finge ser: una prueba de pacificación, cuando en realidad es un acumulado bruto de personas puestas a disposición —federales y estatales, con orden y sin ella, líderes y peones, retenidos una noche o dos años— metidas en un saco llamado “alto impacto”. Esa categoría es políticamente prodigiosa: suena a cártel y cabe casi cualquier cosa que el gobierno quiera presumir.

Y cuando alguien pregunta lo obvio —¿dónde están?— el aparato se pone técnico. Un periodista lo encaró en agosto de 2026 por la “puerta giratoria”. Harfuch respondió que la población penitenciaria subió 14 o 15 por ciento, que hoy hay unos 270 mil internos, 35 mil más que al inicio del gobierno, y que el resto se verifica “con cada estado”. 

Es decir: de 63 mil detenidos anunciados, el sistema carcelario apenas puede exhibir un salto de 35 mil cuerpos. El resto se evapora entre fuero común, liberaciones, traslados, procesados que no entran al conteo nítido y esa contabilidad de ingresos y egresos que él mismo describió como casi equilibrada durante meses.

No hace falta ser fiscal para oler el hueco. Si detienes a 2 mil 800 personas al mes y la cárcel no crece a ese ritmo, o estás reciclando sospechosos, o estás inflando el universo de “detenidos”, o estás midiendo actos policiales y vendiéndolos como justicia. Las tres cosas pueden ser ciertas a la vez. Eso no es un detalle menor: es el corazón de la conducta. Se informa lo que suma. Se diluye lo que resta.

El boletín eterno y la realidad que no twittea

Revisar @OHarfuch desde octubre de 2024 es una experiencia monótona, a propósito. Casi no hay espacio para el fracaso. Hay operativos dispersos por el país. Hay “objetivos prioritarios”. Hay un alcalde de Cuautla, otro de Tequila y 85 funcionarios, “sin distinción partidista”. Hay tigres y panteras decomisados, como si el zoológico clandestino de Tamaulipas fuera prueba del Estado de derecho.

Y hay un solo detenido de este reciente operativo oriundo de la población de “Mata del Abra”, que ganaba 200 pesos diarios por alimentar a los animales. No a los otros animales —los que no están detenidos—: los del Cártel del Golfo.

Sinaloa, con su propio subconteo de miles de detenidos y miles de armas decomisadas, publicado con la misma calma con la que se anuncia una obra de drenaje, mientras las cifras de las tres principales violencias avasallan con brutalidad.

Lo que no cabe en esa bitácora es lo que sí cabe en el país.

Mientras el secretario presume una caída maquillada de homicidios dolosos de hasta 51 por ciento —de 86.9 diarios en septiembre de 2024 a 42.5 en julio de 2026, según el SESNSP—, universidades y organizaciones de seguridad advierten ademas de la prostitución de las cifras, que la baja no viaja sola. Suben “otros delitos contra la vida”. Crecen desapariciones. 

Es, en síntesis, un mentiroso compulsivo, con un currículo manchado y una careta de Batman cómico —no de cómics—, que no aguanta una esculcada.

En varias entidades, en el primer semestre de 2026, hubo más personas reportadas como desaparecidas que víctimas de asesinato. El registro de incidencia cambió en 2026. El INEGI y las fiscalías no cuadran. Colima, Morelos y otros focos no firmaron el comunicado de la pacificación nacional y Tamaulipas es segundo lugar de la barbarie.

Harfuch ha llegado a admitir, fuera del feed de victorias, que bajar homicidios no acabó con las desapariciones ni con el narco. Esa frase debería ser el encabezado permanente de su cuenta. No lo es. En X prefiere el recuento de pastillas de fentanilo y laboratorios —2 mil 700 y pico— porque el laboratorio fotografiado es un objeto obediente. El desaparecido no. 

El extorsionado que sigue pagando “piso” tampoco. El comerciante que ya ni denuncia porque el 089 se volvió terapia telefónica, menos. Y Reynosa sobrevive con ciudadanos que perciben la inseguridad en un 86.1%, mientras el gobernador Américo Villarreal abraza al responsable de convertir a los ciudadanos en cajeros automáticos del Cártel del Golfo.

Ahí está la dolosidad comunicativa, si se le quiere llamar por su nombre: no necesariamente inventar un operativo que no ocurrió, sino construir un país paralelo donde el Estado solo entra a los inmuebles, nunca sale derrotado de un territorio. Donde cada cifra es un “avance” y cada crisis local es un “reforzamiento”. Donde el Ejército hace el trabajo sucio, la Marina el espectacular, las policías estatales el de proximidad, y el secretario federal se queda con la narración.

Presumir lo ajeno, ocultar lo propio

Harfuch no detiene solo. Lo dice él mismo, una y otra vez, etiquetando a Sedena, Semar, FGR, GN, CNI y al gobernador de turno. Esa honestidad institucional se vuelve, en su cuenta, una apropiación suave: el “Gabinete de Seguridad” es el sujeto gramatical, pero el rostro que capitaliza el parte es el suyo. 

El estratega federal se presenta como el tablero. Los otros son las piezas. Cuando sale bien, el tablero habla. Cuando sale mal —una masacre, un alcalde levantado, una plaza que se incendia, un penal que sigue mandando extorsiones—, el tablero calla o reparte culpas hacia jueces, fiscalías locales, “falta de coordinación previa” o esa muletilla piadosa de que “la seguridad no admite autocomplacencia”.

Esa muletilla es el seguro de vida del relato. Permite inflar el pecho y, al mismo tiempo, reservarse el descargo. Falta mucho por hacer significa: no me pidan el inventario de lo que no hice.

Por eso la cuenta no publica el tablero completo. No hay hilos sobre esos millares de detenidos, ni cuántas de esas 63 mil 500 personas fueron vinculadas a proceso, cuántas obtuvieron libertad, cuántas reincidieron, cuántas eran el mismo objetivo recapturado con otro alias. 

No hay series temporales de extorsión consumada versus “no consumada” más allá del boletín que convierte llamadas al 089 en victorias preventivas. No hay mapa honesto de las 11 entidades donde la violencia letal no copió la gráfica nacional. No hay explicación pormenorizada de por qué, si el promedio diario de asesinatos se desplomó a la mitad, las familias buscadoras no sienten que el país se haya vuelto dos veces más habitable.

La realidad circundante —la de X, la de las calles, la de los semáforos donde todavía se cobra, la de los pueblos donde el que manda no usa corbata— no cabe porque rompería el producto. El producto es competencia. El producto es “resultados medibles”. El producto es un secretario que habla como parte de guerra y administra como agencia de relaciones públicas.

El número como escudo

Sesenta y tres mil detenidos es una cifra diseñada para terminar conversaciones. Es demasiado grande para el oído y demasiado opaca para la auditoría ciudadana. Quien la escucha en la mañanera sale con la impresión de que el crimen organizado está siendo embodegado. 

Quien revisa el sistema penitenciario encuentra 270 mil internos y un aumento que no sostiene el milagro. Quien mira desapariciones y reclasificaciones encuentra la sospecha de que parte de la violencia no bajó: cambió de nombre.

Eso no convierte automáticamente cada parte policial en mentira. Convierte la comunicación en algo peor que un error: en una selección interesada. 

La conducta dolosa, en este caso, no necesita un sótano lleno de actas falsas. Le basta el monopolio de la agenda. Subir lo que se asegura. Callar lo que se escapa. Celebrar al alcalde detenido y no hacer seguimiento del municipio que al día siguiente sigue operando con la misma plaza. Anunciar 92 traslados a Estados Unidos como prueba de cooperación y alegar soberanía si hablan de lo que ocurre con el sistema putrido en Mexico.

Y tampoco discute lo que eso nos dice sobre la incapacidad del sistema mexicano para procesar a sus propios capos.

Harfuch puede ser ahora un socio eficaz de Estados Unidos como lo fue Genaro García Luna, y un sobreviviente político, después de haber sido un funcionario federal más, con un pasado cuestionado por sus vínculos corruptos que nunca pasó los controles de confianza. 

Pero hoy rompe el tabú lopezobradorista de no contabilizar decomisos.

Puede, al mismo tiempo, haber convertido @OHarfuch en una vitrina donde México solo gana. Las dos cosas no se anulan. La segunda es la que se exhibe, y está a la vista: desde octubre de 2024 la cuenta no informa al país; lo edita.

Un estratega de seguridad que solo publica victorias y deja al ejercito solo cuando comete yerros, no está informando. Está haciendo control de daños preventivo. 

Y un país que acepta 63 mil detenidos como sinónimo de paz, sin preguntar cuántos son ciertos ,cuántos siguen adentro, cuántos volvieron a la calle y cuántos nunca fueron más que un párrafo con foto de fusiles, no está siendo gobernado con inteligencia. Está siendo gobernado con boletín.

Con información: @OHarfuch/

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